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Hola mochileros, os escribo desde Lima, capital de Perú, ciudad a la que llegué hace ya unos días y en la que tengo pensado quedarme unas semanas, puede que incluso las navidades, disfrutando de los amigos, conociendo la ciudad y tomándome un merecido descanso, el descanso del guerrero, tras un año y ocho meses caminando, 22 países y 23.500 kilómetros aproximadamente en mis piernas.

La última vez que os escribí fue desde Copacabana, un lindo pueblito junto al lago Titicaca desde donde os narraba mi travesía por Chile y el desierto de Atacama. Bien, el pasado 5 de octubre cruzaba la frontera entre Chile y Bolivia a través del punto fronterizo Chungará-Tambo Quemado, situado en la cordillera de los Andes a más de 4.800 metros de altitud sobre el nivel del mar, y me adentraba en el altiplano boliviano.

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DE CHILE A LA PAZ

Por delante, 300 kilómetros hasta la ciudad de La Paz que resolví en seis días a buen ritmo.Recuerdo el mal tiempo que hacía, caminaba con la sensación de estar adentrándome en la boca del lobo. En el altiplano, a partir del mes de diciembre y hasta febrero se da el llamado invierno altiplánico, sin embargo, se estaba adelantando y ya por estas fechas hacía mal tiempo. Nubes de evolución diurna que, mientras amanecía despejado, hacían que con el paso de las horas el cielo se fuera cubriendo de nubes y a mediodía rompiera a llover con la intensidad y el peligro característico de la montaña, acompañado de rayos y granizo. Varios días, incluso una noche, tuve que correr a refugiarme en casas de los pastores de llamas y alpacas.

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Los primeros 200 kilómetros apenas tienen poblaciones. Casas de adobe, mujeres con los niños colgados de la espalda con una tela de colores, dientes de oro, charki, caldos de res y cordero, el parque natural del volcán Sajama van quedando atrás… Cosapa, Curahuara y Calteca hasta Patacamaya. Y la altitud va dejando de ser un problema mientras mi organismo se va adaptando progresivamente a caminar a más de 4000 m.s.n.m. Sin embargo, me cuesta cantar mientras camino, o inflar mi esterilla con la máxima presión cada noche al acabar el día para dormir. De ahí, los últimos 100 kilómetros por una carretera más confluida hasta llegar a la capital.

POR FIN LA PAZ

Recuerdo la sensación al llegar a La Paz. Una enorme cascada de casas, como ríos de ladrillos cayendo por las laderas de las montañas hacia el valle donde se asienta la ciudad, y la emoción de haber llegado hasta allá caminando, con la sola ayuda de mis pies. Bajé desde el Alto hasta el centro de la ciudad donde había quedado con unos amigos, y me quedé seis días en la ciudad descansando, trabajando, haciendo algo de turismo con el que conocí, entre otras cosas, las ruinas de Tihuanaco, y preparando el itinerario que tenía por delante.

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Abandoné La Paz dirección a Patamanta entre el tráfico, pero al día siguiente ya cerca de Huatajata el jaleo disminuye y mis ojos posaban la vista por primera vez en el mítico lago Titicaca. Estaba ilusionado, contento, de estar allí y ver el lago navegable a mayor altitud del planeta. Lo fui rodeando, y tuve la suerte de conocer a Paulino, un indio aymara fabricante de las famosas balsas kon-tiki hechas de pergamino y totora con las que los indios cruzaron el océano hace cientos de años llegando a las islas del Pacífico.

Al día siguiente crucé el estrecho de Tiquina que une como dos hermanos los lagos menor y el mayor del Titicaca rumbo a la población de Copacabana que alcancé ya de noche en mitad de una tormenta y corriendo para no ser alcanzado por un rayo. Es la
última población “grande” antes de entrar en Perú y, tras descansar un día, crucé la frontera con el que ya es mi país número 22 a través del punto Kasani-Yunguyo.

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CRUCE DE FRONTERA

Las fronteras es mejor cruzarlas a primera hora de la mañana, así tiene uno todo el día para alejarse de ellas y adentrarse en el nuevo país, y así hice también esta vez. Si bien al pasar de Chile a Bolivia pude percibir un cambio, no fue así al pasar de Bolivia a Perú, países prácticamente iguales en la zona de la sierra. Poblaciones indígenas donde las mujeres visten con poleras, sombrero y la manta a la espalda para cargar peso o a su hijo, paisaje de montaña, caldos de cordero, queso de res… y un cielo nublado amenazante con lluvia y rayos que hacía que no supiera qué camino coger. Tenía dos opciones, bien ir hacia Cuzco, o bajar a Arequipa y la costa.

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Una vez en Puno, ya en Perú, resolví ir perdiendo altura rumbo a Arequipa para evitar estas tormentas de montaña. Sin embargo, todavía hay que ascender hasta los 4530 metros de altitud de nuevo en el camino, a la altura de Lagunillas y el Crucero Alto. Atraviesas el parque nacional de Salinas Aguada Blanca, la pampa blanca, y vas bordeando el volcán Misti hasta llegar a la bella ciudad de Arequipa. Construida con sillares blancos de la ceniza del Misti, la catedral de la plaza de Armas, el monasterio de Santa Catalina y la multitud de iglesias que siembran la arquitectura del centro hacen
que la ciudad cobre un atractivo especial.

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PACÍFICO

El pasado 5 de noviembre alcancé de nuevo la costa del océano Pacífico. El último lugar en el que lo vi fue en Arica, al norte de Chile, antes de acometer el asalto a los Andes para pasar a Bolivia. Desde Camaná fui ascendiendo hacia el norte junto a la costa pasando por las poblaciones de Atico, Chala, Yauca hasta Nazca. Pude ver algunas de las líneas de la cultura Nazca desde un mirador que hay junto a la panamericana, y aproximándome desde los cerros colindantes.

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Proseguí por Ica y Pisco atravesando el desierto hasta llegar a Lima el 28 de noviembre, capital de Perú a la que tenía muchas ganas de llegar. Desde entonces estoy disfrutando de la ciudad, visitando la plaza de Armas, el cerro de San Cristóbal, mirador desde el que se divisa la ciudad, la plaza de San Martín, el barrio de Barranco, el puerto del
Callao y las casas de colores de Chucuito. Probablemente me quede en esta ciudad a pasar las navidades. Las últimas las pasé en Bangladesh, país musulmán donde apenas se celebran, con la diferencia de que en el hemisferio sur ahora hace calor, van a ser las primeras navidades en mi vida en verano.

Os mando un abrazo, y os deseo felices fiestas.

Nacho Dean