viajar sola de mochilera

Andrea Bergareche decidió romper con todo para viajar sola y en 2015, mientras vivía en México compró un vuelo de solo ida a Argentina. Desde ese 12 de febrero emprendió un viaje sola por Sudamérica con su mochila y su material de tatuar a cuestas que la llevaría a recorrer durante siete meses la ruta que une Argentina con Colombia, pasando por Paraguay, Bolivia, Perú y Ecuador.

Lo hizo viajando casi siempre a dedo, en autostop, sola, en más de 200 coches y camiones, alojándose gracias a Couchsurfing, haciendo algunos voluntariados, murales y tatuajes viajeros.

En ese viaje sola, Andrea creció, pintó, tatuó, abrió su blog, viajó con camioneros armados, se internó en selvas de helechos gigantes y se alojó con extraños que dejaron de serlo. Y sobre todo, descubrió que viajar sola no solo te hace crecer, sino que te empodera como persona y como mujer.

Andrea contará su experiencia en la mesa redonda: “Tres grandes viajes por América y Asia”, el sábado 1 de abril en el Auditorio del Instituto Beatriz Galindo (C/ Goya 10, Madrid) en las V Jornadas IATI de Grandes Viajes de Madrid. ¿No puedes acudir al evento? Suscríbete al canal de Youtube de Mochileros TV y podrás ver todas las charlas gratis en diferido →→→ ¡QUIERO SUSCRIBIRME!

Si quieres conocer más sobre su viaje, visita su blog lapiznomada.com, su página de Facebook o Twitter.

viajar sola de mochilera

Nombre, apellidos, profesión -conocida 😉 a qué dedicas el tiempo cuando no viajas- y lugar de nacimiento.

Soy Andrea Bergareche, mitad de Asturias, mitad del País Vasco, norteña de mar y de montañas, de verde, de pasto, de caballos y de vacas. De ese mar Cantábrico a veces tranquilo y a veces enfurecido. Estudié Bellas Artes con especialidad en pintura y gráfica y por el camino hice también un año de periodismo. En México aprendí a tatuar y me abrí al mural. Me gustan los libros y me encantan los fanzines, los diarios y los cuadernillos. Cuando no viajo, me gusta aprovechar para poner en orden las cosas, para disfrutar del mar, para escribir y para leer más, para pintar, para salir a patinar, para disfrutar del tiempo con mis amigos, mi familia o para cosas tan sencillas como plantar, ver crecer y florecer una planta en la ventana.

“Cada vez somos más mujeres en ruta, más mujeres cansadas de los mismos estándares, de toda la basura que nos han ido enseñando”

¿Qué recuerdos tienes de cuando eras pequeñ@ en lo que se refiere a viajar?

De los viajes de mi infancia tengo muchos recuerdos. He tenido la suerte de tener unos padres muy viajeros y desde pequeña he viajado con ellos. Primero en coche a casa de la tía en el sur, a casa de la amiga de mi madre en Francia. También en coche y con tienda de campaña. Nos íbamos cada vez que había un puente con buen tiempo. A veces no era lejos, a otras partes de Asturias, de Galicia, de Cantabria. Mi padre conducía hasta el lugar, buscábamos una buen prado para acampar que no estuviera demasiado expuesto. A veces comíamos en el pueblo, otras cocinábamos en el camping gas.

Cuando cumplí los 12 y mi hermano apenas tenía 7 años, mis padres se compraron una furgoneta. Una Mercedes azul marino. Con ella viajamos por dentro de España y una vez hasta todo un mes por la costa de Marruecos, de donde tengo muchos recuerdos. Será porque perdimos las fotos y mi mente se ha visto obligada a trabajar, pero me acuerdo estar en una de esas largas playas, un día cálido, soleado, el mar plano al frente, las pequeñas olas rompiendo en la orilla. Gente local pasando el día, ningún turista a la redonda.

“El viaje ha desbordado mis límites, ha hecho mejores mis textos, me ha hecho observadora y protagonista de nuevas historias, de nuevos escenarios. Me ha hecho más consciente, más fuerte, me ha dado seguridad y claridad, me ha ascendido a capitán”

Y entonces aún lo veo aparecer en mi memoria. Un señor, de no sé cuantos años, cincuenta, sesenta, setenta y tantos. Calzando un sombrero de paja de ala ancha, un montón de bultos colgados. En su mano, una cuerda y atado a ella, su burro, más cansado que él, caminando a paso lento, hundiendo las pezuñas fatigadas en la arena. En su lomo, un montón de bultos abigarrados, colocados como por un equilibrio mágico. Y la playa y el sol y yo con mi biquini europeo y ese señor y ese burro pasando enfrente de mis ojos como si fuera una imagen sacada de una postal. Y yo tomo la cámara y hago una foto que, aunque nunca he podido recuperar, aún puedo recordar. La línea de horizonte un poco arriba del medio de la foto, la orilla dando otra horizontal y ahí, en medio, como el punto central de la foto, el burro y aquel señor y su sombrero, avanzando hacia el otro lado de la foto.

También nos fuimos un mes entero de mochileros a Túnez. Los cuatro con la mochila a la espalda, yo con 18 años, mi hermano con 13, toda una odisea adolescente. De ese viaje recuerdo también muchas cosas. Recuerdo que yo vivía por entonces con dos amigas en Oviedo, en nuestro piso desordenado, en mi rutina de casa a clase, de clase a la calle y de la calle a casa un día más, preocupada por mis notas, mi apariencia, el año próximo, mis estudios y mi futuro, con un montón de miedos y de tonterías en la cabeza. Y entonces mis padres nos subieron a ese avión y ahí nos bajamos, nos calzamos la mochila y nos enfrentamos a ese otro mundo para mí tan extraño, tan lejano. Recuerdo las furgonetas colectivas, el calor, esperar a que se llenara, los cuatro dentro, mi hermano. Viajar por aquellas carreteras, aquellos paisajes. Una espera en una estación, los hombres y sus turbantes, sus gritos, sus conversaciones. Lo cierto es que a mis padres les debo esa curiosidad por descubrir, por ver otras cosas, por viajar a otras realidades, por expander mi cotidianidad.

¿Qué te ha aportado viajar que no lo hayan hecho otras aficiones o hobbies que tienes?

Yo creo que una de las cosas más importantes que me aporta viajar sola es la posibilidad de expandir mi mirada, mis ideas, mis pensamientos, mi forma de ver el mundo. Cada viaje me expande, cada viaje se retroalimenta y en cada viaje descubro formas nuevas de vivir, de interpretar la vida y eso me hace crecer constantemente a pasos agigantados. Me obliga a salir de mi burbuja, de mi zona de confort, es como una catapulta hacia mi propio crecimiento, a una mirada más amplia, más abierta, más flexible y más humana.

“Siempre he tenido claro que no quería y no tendría un trabajo normal. No solo quiero ser mi propia jefa y trabajar en algo creativo, sino que además ese algo tiene que poder hacerse desde cualquier parte del mundo”

¿Qué ha cambiado en tu yo interior después de este gran viaje?

El viaje me ha hecho paisaje, me ha hecho ser raíz y árbol, agua y arena, río y mar, madera y tierra. Hierro y miel. Me ha hecho crecer, ha desbordado mis límites, expandido mi océano, ahondado en mi estómago, en mi sexo, en mi cabeza y en mi pensamiento. Cada viaje ha fortalecido mis hombros y también mis abrazos, ha hecho mejores mis textos y su vocabulario, me ha hecho observadora y protagonista de nuevas historias, de nuevos escenarios. Me ha hecho más consciente, más fuerte, me ha dado seguridad y claridad, me ha ascendido a capitán.

5 cosas que nunca faltan en tu mochila

Mi diario, lapiceros y bolígrafos, un libro, el pasaporte y la cámara de fotos.

Cada vez más viajeros buscan la forma que más se ajuste a sus habilidades para traviajar y extender la duración del viaje. En caso de haber trabajado en ruta: ¿qué tipo de trabajos has hecho para ganarte la vida? ¿Qué tipo de trabajos recomendarías? ¿En tu filosofía es compatible viajar y trabajar?

Siempre he tenido claro que no quería y no tendría un trabajo normal -no por nada estudié artes-, pero cuanto más me he ido introduciendo en el mundo de los viajes, más clara se ha ido haciendo la idea de que no solo quiero ser mi propia jefa y trabajar en algo creativo, sino que además ese algo tiene que poder hacerse desde cualquier parte del mundo, debe darme capacidad de movimiento, porque si no, al menos por ahora, no tiene sentido. Por eso, he ido trabajando por conseguir tener libertad de locación y a día de hoy puedo decir que lo he conseguido. No tengo una sola fuente de ingresos, sino varias, pero todas me dan la libertad de vivir viajando. El blog ha ido creciendo y no solo ha empezado a generar ingresos, sino que me ha dado visibilidad y marca personal permitiéndome conseguir otro tipo de trabajos creativos con más facilidad. Además del blog, de vez en cuando hago murales e ilustraciones por encargo, también servicios de diseño y además, voy tatuando mientras viajo. Lo mío es viajar sola con mi equipo en la mochila y entre los proyectos, los tatuajes y el blog, viajo, trabajo y vivo.

¿El momento más extremo/peligroso/extraño/paranormal que hayas vivido en tu gran viaje?

Hay varios, uno en el mar caribe colombiano, tan agobiante que no me apetece contarlo. Hay otro que me gusta más, también en Colombia. Viajaba a dedo con Marina, íbamos de Santa Marta a Bogotá, teníamos dos días. De Santa Marta nos costó salir, esperamos mucho bajo el calor y además nos equivocamos de carretera, pero finalmente lo logramos. Un conductor tranquilo que nos invitó a comer unos chorizos. Nos dejó en algún pueblito, en el que nos recogió un camionero con el que viajamos casi 14 horas hasta llegar a las afueras de Bogotá.

He de decir que fue un viaje muy divertido, el camionero tenía mucha personalidad. Era uno de esos Don Juanes colombianos, nada más ni nada menos que de Medellín. Y no, no te confundas, no intentó nada con nosotras ni cerca estuvo, era uno de esos hombres que conquistan con la palabra, con sus historias. Nosotras fuimos bien entretenidas, princesas en el camión. Él un afortunado que viajaba con tres princesas, nosotras dos y el camión -porque sí, el camión se llamaba princesa y lo llevaba escrito con letras rosas en el cristal posterior de la cabina-. Y como princesas nos trató. Fuimos viajando por distintas zonas de Colombia y nos fue contando sus historias. Cenamos en un restaurante muy pintoresco, uno de esos remotos restaurantes para camioneros al costado de la ruta, con un señor fuera del tiempo, dibujado por arrugas, atendiendo.

En uno de los momentos llegamos a la zona paramilitar, ahí el camionero nos contó una de sus historias de amor, de sus romances novelescos. Él y la hermana del jefe de los paras, una historia de amor prohibida y peligrosa. Entonces paramos en una casa a por un oscuro café mientras yo aprovechaba para pasar al baño. Volvimos a subir al camión y avanzamos unos doscientos metros, donde el camionero paró el motor. Nos explicó que debíamos bajarnos del camión y esperar porque tenía una cita con el jefe de los paramilitares, al que le iba a revender una pistola de contrabando gringa. Entonces el coche llegó y un hombre de unos 30 años se bajó. Yo abrí la puerta para bajarme del camión y dejarle paso mientras él se acercaba y se quedaba junto a la puerta esperando. Marina bajó detrás de mí, con el café en la mano y ante la incapacidad de bajar las altas escaleras sin derramar el líquido, le pidió al jefe de los paramilitares con su vocecilla dulce que le sujetara el café por favor para poder bajar el camión. Él intentó no expresar nada pero su cara reflejó sorpresa mientras alzaba la mano para sujetar con amabilidad el vaso de café en lo que Marina terminó de bajar, lo tomó de vuelta y le dio las gracias para dejarlo subir al camión y cerrar la puerta.

¿Eres de las que viajas seguro o sin seguro :)? ¿Has estado enferma en viaje?

Para ser sincera, soy de las que suelo viajar sola de mochilera más sin seguro que con seguro, no lo voy a negar, aunque en algunas ocasiones sí que he llegado a contratar seguros de viajes, sobre todo porque me he visto en situaciones donde podría haber llegado a necesitarlo. No viajo con mucha plata y viajo a países donde por lo general, la sanidad es barata así que muchas veces, he viajado sin seguro y acudido a las farmacias para pequeños problemas o infecciones. Pero por ejemplo, en mi gran viaje por Sudamérica, a sólo un mes de haber salido, tuve dos incidentes en el mismo día. Primero, haciendo dedo, un coche paró y yo me apuré a montarme y con las prisas, cerré la puerta con mi dedo meñique dentro. Además tardé en reaccionar porque no podía creerlo. Me quedé como tonta viendo mi dedo y la puerta cerrada con él dentro. Cuando reaccioné la abrí y me subí. Unos minutos después el dedo empezó a hincharse y palpitar, así que le pedí al conductor a ver si podíamos parar en una gasolinera a por hielo. Paró y además me regaló un ibuprofeno. Me dejó a las afueras de Junín, con mi dedo hinchado, en un tramo en obras y lleno de polvo. Ahí estuve esperando hasta que el próximo coche paró una media hora. En ese tiempo, me froté un par de veces los ojos por el polvo. Resultado, llegué ese día a Humahuaca con el dedo meñique todo hinchado y principio de conjuntivitis. Al día siguiente me levanté con el dedo morado y todo el ojo cerrado e hinchado. Ese día decidí que no podía seguir viajando sin seguro de viajes y contraté uno para todo el viaje.

¿Algunos momentos que recuerdes de felicidad extrema? Esos puntos álgidos de alegría en los que uno se dice a sí mismo: “por momentos así merece la pena seguir en el camino y no volver a la oficina”.

Lo cierto es que momentos así hay muchos, pero recuerdo uno en especial. Uno fue en la cima del Huayna Picchu, yo llevaba viajando sola unos tres meses. Había volado desde México hasta Argentina y desde ahí había ido subiendo a dedo hasta Perú pasando por Paraguay y Bolivia. Había viajado sola, había viajado a dedo, me había alojado con extraños, había hecho Couchsurfing, voluntariado, había hecho amigos, amantes, había tatuado y había llegado hasta Perú, hasta Cuzco. De Cuzco había ido hasta la hidroeléctrica y de ahí había caminado hasta Machu Picchu pueblo, para no pagar el caro tren. De ahí había subido todas las escaleras para llegar a Machu Picchu en lugar de pagar el autobús de 12$ y caminando había llegado también hasta ahí, hasta la cima del Huayna Picchu, a casi 3.000 metros de altura.

Y todo eso, estar ahí, en ese lugar tan mágico, tan poderoso, viendo todo bajo mis pies, el paisaje expanderse a mi alrededor, me emocionó. Estaba ahí, lo había conseguido por mi misma, yo, yo conmigo, yo con mis fuerzas y mis miedos, yo con mi dedo, mi sonrisa, mis piernas y mis sí puedos. Esa sensación de estar ahí en medio, tan arriba y sentir toda esa energía alrededor, es uno de esos deliciosos momentos que recuerdo.

Tres personas anónimas que te hayan marcado en el camino.

Miriam, que me alojó en Tafi del Valle sin conocerme de nada cuando yo llegué de noche después de una jornada de autostop sin éxito y un autobús que me llevó hasta ahí sin tener alojamiento. Me vio sola agarrando la mochila y me preguntó si tenía donde dormir. Me quedé casi una semana en su casa y cuando me fui, me despidió entre lágrimas. Doña Domitila, en México, con sus largas trenzas blancas, sus pendientes huicholes y sus huaraches, meciéndose tranquilamente en esa mecedora de madera con la mirada de quien todo lo ha vivido y todo lo sabe. El pequeño Fran y sus conversaciones sobre literatura, sobre extraterrestres, sobre realidad e irrealidad en los parques de Lima, en sus noches.

¿Qué cosas has aprendido viajando sola?

He aprendido que si puedo, que la “a” final de viajar sola no es un impedimento ni mucho menos. Que cada vez somos más mujeres en ruta, más mujeres cansadas de los mismos estándares, de toda la basura que nos han ido enseñando. Cada vez somos más mujeres pensando por nosotras mismas, descubriendo el mundo y descubriéndonos a nosotras mismas, haciendo piña. He descubierto que puedo, que soy fuerte y valiente, que soy como quiera ser, como me apetezca ser y que los no puedos son solo mentales.

Tu cita viajera preferida y/o libro que recomendarías a un novato viajero.

No es un libro de viajes, al menos no de viajes como tal, pero es un libro que a mí me marcó en la adolescencia y que me hizo plantearme muchas preguntas acerca de cómo concebimos la realidad y acerca de la libertad, del sentido de esta sociedad, del sentido de la vida misma. “El lobo estepario” de Herman Hesse a mí me sacudió, fue todo un viaje en sí mismo, en mi cabeza, un viaje hacia todos esos otros yos, hacia esas otras miradas.

the author

Videoperiodista, documentalista y aventurero. Entre mayo de 2006 y junio de 2007 realizó uno de los grandes viajes de su vida: la ruta panamericana. De esta aventura nace el documental “La costura de América” que narra su viaje en solitario de 45.000 kilómetros, realizado íntegramente por tierra y más de 11 meses desde Prudhoe Bay (Alaska) hasta Bahía Lapataia en Tierra de Fuego (Argentina). Ha trabajado como corresponsal de la Agencia EFE en la India y realizado decenas de reportajes sobre turismo, cultura y sociedad para el canal de televisión español Telecinco. En enero de 2014 estuvo nominado en los Premios Goya con su cortometraje documental "La Alfombra Roja" rodado en un slum de India y que lleva acumuladas más de 130 selecciones en festivales de cine de todo el mundo. Consulta mi perfil en G+: Iosu López

2 comentarios

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  1. francisco basanta Publicado: 29 Marzo, 2017

    exelente me gustaria viajar a chile de mochiler soy de caracas venezuela me quedo avismado de tu viaje y te felicito

  2. Carmen Alonso Publicado: 28 Abril, 2017

    Que pasada Andrea!. En nuestro centro incitamos a los alumnos a convivir con el medio ambiente. Pero lo de esta chica es fascinante! Enhorabuena!

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