San José

Dicen que pasa la vida y a veces no te das ni cuenta. Más de 7 meses en ruta y todavía sigo paseando por las bellas tierras de Centroamérica. Me despedí de la Isla de Ometepe de madrugada. Eran las cinco y media cuando tomé un chicken bus totalmente dormido -apenas había conciliado el sueño 3 horas- y con resaca de la noche anterior entre rones y cartas de póker. Me dirigía de Altagracia a Moyogalpa, primera ciudad importante en toda la isla desde la que parten diariamente varios ferrys hacia San Jorge. Llegamos a tiempo para subirnos al que salía de puerto a las siete en punto. Una hora después de dejar atrás las cónicas siluetas de los volcanes Concepción y Maderas arribábamos al muelle de San Jorge donde cogimos un taxi hacia Rivas por 10 córdobas. Nada más llegar al mercado, desde donde se toman las combis para la frontera de Peñas Blancas, varios tipos comenzaron a asediarnos ofreciéndonos el oro y el moro para ir «muy barato» hasta el límite geográfico de Nicaragua. Consejo para viajeros sin experiencia. Pasa de ellos con educación, dirígete al restaurante más cercano, siéntate en una de sus mesas, pide algo de beber o comer, respira, recapacita, consulta la guía y toma una decisión con calma y sin pesados en el horizonte.

Aprovechamos para tomar una empanada grasienta y tras acordar un precio de 100 córdobas con un taxista, nos dirigimos Paco, Arik, Iván y yo hacia Peñas Blancas. Todas las fronteras tienen varios denominadores en común: Un duty free generalmente lamentable -salvo si uno es alcohólico y quiere comprarse una botella de Flor de Caña de 18 años-, un constante ir y venir de gente cargada de bultos, bolsas y maletas, un conjunto de agentes de aduanas hartos de sellar pasaportes y el negocio de cambistas a la caza de un turista despistado con unos dólares de sobra. Una vez formalizados los trámites de la frontera (creo que había que pagar unos pocos dólares como impuesto de salida), compramos nuestros billetes en la compañía Tica Bus -también opera desde allí mismo Trans Nica– por 7 dólares (3500 colones). Mis compañeros de viaje se dirigían a visitar la costa pacífico costarricense (Manuel Antonio, Corcovado, Jacó…) mientras yo pasaba unos días en casa de mi amiga Adela, que vive en el barrio Desamparados de San José, la capital del país. Hace tres años realicé mi primer viaje en solitario a este hermoso país centroamericano del que guardaba un gran recuerdo. En aquella ocasión tuve la suerte de aproximarme a la experiencia de viajar solo durante una semana y luego compartir otras tres con mi hermano Iker al volante de un todoterreno. Aquello fue el primer granito de arena que me ha llevado con el tiempo a emprender esta gran aventura personal.

Mi estancia en San José se resume en mucho descanso, hacer de secretario en la Clínica Manantial de fisioterapia de mi amiga (cualquier problema físico que tengas si estás en San José no dudes en acercarte), volver a comer riquísima comida casera -¡no sabéis cuánto se echa de menos!-, aprender algunos pasos de cumbia en la academia de baile donde recibía clases Adela, hacerme una revisión de mis recurrentes problemas abdominales en la Clínica Santa Catalina, probar a bailar un poco de salsa en la discoteca El Tobogán y visitar a Doña Ania y Don Guillermo de la familia Ulate que me hospedaron en mi primera visita. Los días de la semana se pasaron volando hasta que recibí la llamada de mis amigos. Ya estaban en San José hospedados en el genial Costa Rica Backpackers que por 10 dólares la noche ofrecía café e internet gratis, piscina, sala de juegos, cocina y un montón de facilidades a pocos metros del centro de la ciudad. Al entrar en Costa Rica se nota que el nivel de vida es mucho mayor que en sus países vecinos, no es de extrañar que por eso muchos nicaragüenses -su país es el segundo más pobre de toda América depsués de Haití- intenten una y otra vez entrar al país en busca de una vida mejor. Antes de continuar viaje hacia la costa caribe, paseamos por el centro histórico admirando el Teatro Nacional, la catedral, el Parque Central, la Iglesia de La Merced…, disfrutamos en casa de Adela de una jugosa barbacoa y fuimos al cine a ver «Babel» , el nuevo film del director mexicano Alejandro González Iñárritu. Entre las anécdotas de San José cabe destacar este espécimen de ser humano con una rasta de más de dos metros que según me dijo no se la había cortado «desde el año 1988». ¡Vaya cerdito!


Volcán Poás

El día anterior a continuar viaje en dirección hacia Panamá Iván y yo decidimos ir a visitar el Parque Nacional Volcán Poás que se encuentra situado sobre la Cordillera Volcánica Central, a unos 37 kilómetros de la ciudad de Alajuela. Los buses de color rojo que viajan al parque se toman desde una estación que se encuentra junto a la Iglesia de La Merced. Conforme el autobús va ascendiendo la cordillera salpicada de cafetales, se aprecian a lo lejos diferentes tipos de hábitats que conviven en el parque como el bosque achaparrado, zonas de escasa vegetación o el bosque nuboso. Tras pagar una entrada nada barata de 7 dólares para acceder, tan sólo hay que caminar desde el párking unos 600 metros para llegar al cráter principal que posee un diámetro de 1.5 Kilómetros y 300 de profundidad. Si mi memoria no falla, es el segundo cráter más grande del mundo.

Normalmente es difícil apreciar la belleza de este volcán debido a la gran cantidad de nubes que lo cubren todos los días del año. Nosotros no tuvimos suerte porque llegamos un poco tarde. Recomiendan estar muy temprano porque hay más posibilidades de verlo y no olvidéis ir bien abrigados porque en la cima hacía un frío que pela. El segundo cráter de este volcán es asiento de la laguna Botos hacia la que uno se puede dirigir andando durante media hora por un sendero bien delimitado. En nuestra visita al Poás conocimos a una señora brasileña que viajaba sola y había venido a la excursión vestida con camiseta y pantalón corto. Yo, muy caballero y previsor, le presté un forro polar extra que llevaba en la mochila. La última noche dormimos todos en el salón de casa de Adela para levantarnos a las 5 de la mañana y tomar un taxi hacia la terminal Caribe de autobuses. En seis horas cambiamos de un clima relativamente fresco en San José al agradable calorcito de la costa en el pueblecito de Puerto Viejo de Talamanca.


Playa Negra

Siempre que llegas a un nuevo lugar hay que seguir el mismo procedimiento que los cientos de ocasiones anteriores. Recoger la maletas del bus, sentarse en un lugar a salvo de pesados comeorejas, echar un vistazo a la guía y hacer el recorrido patrocinado por El Corte Inglés en el que hay que seguir a rajatabla el slogan: «Busque, compare y si encuentra un hostal con el mejor precio, píllelo». En Puerto Viejo de Talamanca resultó ser Cabinas Lika que por 3$ la noche (1500 colones) hizo las funciones de casa temporal. Este pueblito famoso por su ambiente jamaiquino y vendedores ambulantes de droga («Tsss, man, good ganja»), está a orillas del Mar Caribe a unos 30 kilómetros de Cahuita. Aquí la vida pasa a cámara lenta, casi en still pause si uno fuma unos joints de marihuana silvestre. El carácter amable de sus pobladores de origen afrocaribeño, se complementa con los coloridos y mágicos sonidos del reggae y el calipso. La fiesta nunca falta en Puerto Viejo. Por la noche abren algunos restaurantes y bares como el famoso Maritza donde se pueden tomar copas asistiendo a una actuación de reggae en directo ó una jam session en la que si te atreves el escenario es todo tuyo.

Sus playas son más que todo para surfeadores debido al fuerte oleaje según la temporada. Las mejores playas están al sur de Puerto Viejo comenzando en Punta Cocles y siguiendo con Playa Chiquita, Punta Uva y Manzanillo. Aunque la mayor parte de las veces uno se puede bañar sin problemas, hay que estar muy atento al oleaje y las corrientes porque el mar engaña. En Playa Negra nos pegamos un relajante baño que sentó muy bien más aún pensando que estaba en pantalón corto en pleno febrero a más de 30 grados. ¡Esto es vida! Pero la ruta panamericana me reclamaba así que debí tomar de nuevo un autobús rumbo a la frontera entre Costa Rica y Panamá cuya línea se traspasa atravesando un decrépito puente métalico después de Sixaola. Primero hay que obtener el sello de salida en el puesto de migración costarricense -no hay que pagar nada tanto a la entrada como salida del país por tierra-, cruzar el puente sin ser atropellado por un camión o caer al río, sellar el pasaporte en el lado panameño del puesto fronterizo de Guabito.

Normalmente las guías avisan que es necesario presentar un billete de salida del país -sea en bus o avión- aunque nosotros no tuvimos que presentar nada. Una vez solucionados los trámites burocráticos es posible tomar un chicken bus hacia Changuinola o tomar un taxi/pick up por 5 dólares cada uno. Nosotros regateamos como siempre y viajamos cuatro por 15$. Conforme va pasando el tiempo vamos refinando nuestro arte con el regateo, sobre todo Iván, que es un crack en eso de negociar. El pick up nos acercó al embarcadero de la Finca 60 situada en las afueras de Changuinola desde la que Bocas Marine & Tours oferta varias lanchas hacia la ciudad de Bocas (Isla Colón) y desde ésta hacia Almirante. El precio del trayecto es de 5 dólares. En el camino hacia el muelle atravesamos inmensas plantaciones de plataneros que pertenecen a la compañía Chiquita Brands.

BOCAS DEL TORO

El recorrido en lancha entre Changuinola y Bocas del Toro durante algo más de hora y media. La primera parte se navega por un canal formado por el Río Changuinola que antiguamente se usaba para transportar el plátano recolectado en las fincas de la compañía bananera. Este canal desemboca finalmente en el humedal de San-San Pond Sak, hogar de manatíes, monos, iguanas, caimanes y conejos pintados. Durante escasos minutos navegamos a la par de Mar Caribe para finalmente salir a mar abierto rumbo al Archipiélago de Bocas del Toro. En el momento en el que llegas al pueblo de Bocas se siente el paso lento de la vida isleña tan sólo interrumpido por el trajín de taxis acuáticos que surcan de una isla a otra. Aparte de la Isla Colón, componen el archipiélago las Islas Bastimentos, Carenero o Solarte que ofrecen opciones cercanas de hospedaje, restaurantes y diversas actividades. Encontramos alojamiento por 8$ en Bocas del Toro Backpacker. Los nativos de Bocas son una mezcla cultural ecléctica que incluye a los indígenas nativos ngobe-bugle, negros de habla inglesa descendientes de las Antillas, latinos mestizos, asiáticos y una variedad de extranjeros de diferentes nacionalidades con negocios.

Explorando las islas es común escuchar hablar español, guari-guari (lenguaje criollo de Bocas del Toro) y el patois (una mezcla de español, inglés afro-antillano y guari-guari). Desde Bocas se pueden realizar muchos viajes de un día a playas desiertas y arrecifes de coral para hacer snorkel y disfrutar del sol. Nosotros optamos por tomar un tour que comprendía Bahía Delfín, Cayo Coral, Red Frog Beach y Hospital Point. Generalmente suelen cobrar unos 15$ por toda la jornada -se puede conseguir por menos- saliendo a las 9 de la mañana y regresando cerca de las 16 horas. Mucha atención con la agencia que lo contrates porque muchas de ellas no llevan gafas de snorkel suficientes -incluso ni llevan y debes alquilarlas en Cayo Coral-, a veces no paran en Hospital Point y la comida en Cayo Coral es relativamente cara. Después de haber hecho el tour en mi opinión no merece la pena salvo por la estancia en Red Frog Beach y haber visto algunos delfines.

Red Frog Beach

Al regresar de la playa hacia la lancha nos cruzamos en el camino con un ejército de gansos que marchaban a pata firme bien alineados. No me pude resistir a hacer lo que váis a ver a continuación.

Espantagansos

Los días que estuvimos en Bocas aprovechamos para salir un poco de juerga en el Barco Hundido, comer comida casera por 3 dólares, cociné mi receta estrella (Pollo Strogonoff) y despedir a Arik, nuestro compañero de viaje israelí, al que hicimos entregamos de un certificado por haber participado en el curso itinerante de español «Flor de Caña» y haber superado las asignaturas con buena calificación.

Soy consciente de que en mis crónicas pocas veces reflejo mis sentimientos más profundos, mis temores, mis tristezas… Prefiero reservarme todos esos momentos de dificultad y contaros aquellas cosas que alegran mi corazón. Viajar tiene las dos caras de la moneda; momentos buenos y malos. Al final uno ha de recordar los primeros y desechar los segundos en la papelera de reciclaje del cerebro. Recuerdo haber leído hace tiempo un texto de M. Martí i Pol titulado «Els bells camins» que me atrapó y resume en cierta manera el porqué de mi aventura:

Dónde podríamos ir que los años pasaran más lentamente
Pesadamente sometidos a la caducidad del tiempo,
no hay ningún viaje que pueda liberarnos para siempre más de las dudas y temores,
y es bueno saberlo siempre antes de emprenderlo.

Más allá de miedo y entusiasmos,
quizás el regalo del viaje es el espacio
que descubrimos de nosotros mismos
y que tal vez habría quedado a oscuras
sin la luz de aquellas nuevas rutas

Próximo destino: Ciudad de Panamá.


Fotos SAN JOSÉ


Fotos VOLCÁN POÁS


Fotos PUERTO VIEJO DE TALAMANCA


Fotos BOCAS DEL TORO