Me escribe mi amigo Paco por e-mail: «Estaba yo trabajando sosegadamente a las nueve de la mañana, cerca de la archiconocida montaña de la capital catalana llamada Tibidabo -que es la unión de dos palabras latinas tibi-dabo, te daré, tomadas del Evangelio de San Mateo- cuando el olor a café recién hecho me atrajo a la mesa del comedor comunal junto con mis compañeros y los diarios del día. Ojeando las páginas del diario El País sin mucho interés entre las noticias de masacres, políticos mediocres, policías ladrones y demás, agarré con cierta curiosidad el apartado especial de los sabados El Viajero. Al mirar la portada aparecen dos personas en el Salar de Uyuni en Bolivia, contando que viajar no es ni caro ni difícil, y una ligera corriente de sabores y anhelos empiezan a erizarme el bello hasta que llegan de forma devastadora a mi cerebro provocando un estallido de recuerdos e imágenes de las experiencias, tan gratas, vividas en un pasado reciente que parecían, ahora, estar ya muy lejos de mí. Después de ese instante vuelvo a coger el café, aún caliente, y con la mirada perdida en mis recuerdos, pensando que sería de toda la gente conocida en el viaje (de los isleños de Utila, de los anfitriones de Ometepe, de la niña Kuna que se maravilló con el champu…), veo sin salir de mi asombro a mi compañero de viaje Superiosulopez, entrevistado por su vivencia en las Américas, que para mí es el reflejo de muchos otros viajeros que no quieren dejar de soñar. Palmada en el hombro, salgo de mi mundo, vuelvo al presente:

– Paco, ¡¡a trabajar nene!!, me reclama mi compañero.

Sorbo en un instante el resto de café que queda en la taza. Ya repasaré los recuerdos más tarde. Todo vuelve a empezar.

Y es cierto que cada vez que uno echa la vista atrás, aquellas aventuras vividas se sienten en el corazón como experiencias únicas e irrepetibles. Uno de esos instantes precisamente fue la excursión de un día que compartí junto a Iván y Maurizio en Bolivia. Desde que esta carretera se convirtiese en una atracción turística allá por el año 2001 han fallecido -según tengo conocimiento- al menos 9 turistas. La mayoría de ellos se despeñaron por imprudencia así como no atender los consejos y recomendaciones de los guías. En el centro de La Paz existen diversas agencias que ofrecen la excursión de un día en bicicleta de montaña para recorrer la carretera de la muerte desde La Cumbre (4700 metros) hasta la localidad de Coroico (1200 metros). Son un total de 64 kilómetros de recorrido en los que se puede disfrutar de paisajes espectaculares, vegetación frondosa y sentir climas muy distintos debido a la diferencia de altitud que separa uno y otro punto. Elegí hacer el tour con la agencia El Solario que pertenece al mismo hostal en el que me alojo. No recuerdo exactamente el precio pero ronda entre 35 y 45 dólares incluyendo desayuno, almuerzo, comida y equipamiento. Según el tipo de bicicleta que se elige el precio es mayor o menor.

DEL CIELO AL PARAÍSO

El traslado desde La Paz hasta el punto denominado La Cumbre se realiza en una furgoneta sobre la que se llevan las mountain bikes. Si uno ya se ha aclimatado a los 3900 metros de altitud a los que se encuentra la capital boliviana, la significativa diferencia de altitud no se nota excesivamente cuando se llega a lo alto de este puerto de montaña. La carretera de la muerte serpentea a lo largo de un tramo de la cordillera de los Andes mientras cubre un desnivel de 3600 metros hasta llegar a los valles subtropicales de las Yungas, donde se encuentran las poblaciones de Yolosa (1200 mts) y Coroico (1500 mts). Lo cierto es que, cuando uno recorre su trazado, se cerciora de que no es necesaria la ayuda sobrenatural para explicar la peligrosidad de esta vía que une el altiplano boliviano con la zona subtropical boliviana. Según sea la época del año uno puede partir de La Cumbre -punto de inicio de la excursión- rodeado de nieve o con ausencia de ella. De todas formas, la vista desde este enclave es todo un espectáculo.

La Cumbre. 4700 mts

La primera duda que me asalta mientras inicio el descenso es el porqué del trágico nombre que alguien otorgó en su día a esta vía de comunicación. En 1995, el Inter-American Development Bank otorgó a esta carretera el título de The world’s most dangerous road (la carretera más peligrosa del mundo) debido a la alta tasa de accidentes y muertes que se producen regularmente cada mes. En la zona la ruta es conocida entre los locales como la carretera de las Yungas. Algunos extienden la leyenda que en sus curvas y desfiladeros habitan espíritus que pugnan entre ellos para distraer al conductor y atraerlo al fatal abismo. Mientras ascendemos por el puerto con suerte se pueden divisar rebaños de llamas a lo lejos. En ocasiones se acercan al arcén algunos perros solitarios que permanecen quietos junto a la calzada a la espera de que algún conductor les eche un trozo de pan. Para los lugareños son representantes de los achachillas, espíritus que habitan en las montañas. Los conductores cuidan de ellos dándoles de comer para que éstos les protejan en su andadura para llegar sanos y salvos a su destino. El inicio del recorrido transcurre por un vía bien asfaltada. Hay que estar muy atento a los frenos para no tomar demasiada velocidad. Todos los conductores se santiguan al iniciar el descenso, cosa que harán también ante cada una de las cruces que aparecen a lo largo del recorrido.

Descenso por asfalto

Por un momento nos desviamos dejando de lado el asfalto para recorrer algunos metros por una pista de tierra y piedras paralela al trazado de la carretera. El paisaje te deja con la boca abierta. Nubes densas abrazan con ternura grandes montañas escarpadas. En ese instante no somos más que diminutas e insignificantes hormigas montados sobre dos ruedas. El frío todavía se nota debido a la altura.

Piedras vs asfalto

Cada día circulan por la carretera de la muerte cientos de camiones y autobuses cargados hasta los topes de personas o mercancías, muchos de ellos en precario estado de ruedas o frenos. Un cóctel mortal que puede tener consecuencias trágicas. En el año 1983 un accidente se llevó la vida de 100 viajeros cuando el camión en el que viajaban cayó al vacío. Impacta comprobar que el precipicio que queda siempre al lado izquierdo cuando se desciende en algunos puntos supera los 300 metros de profundidad.

Cascada

Varios kilómetros después debemos deternernos en el control de narcóticos de Chusquipata. Al parecer la policía revisa cada uno de los vehículos en busca de hojas de coca ilegales así como cocaína. Bolivia es uno de los países más pobres de América del Sur, de ahí que sus habitantes busquen manera inverosímiles de ganarse la vida. Incluso en un lugar tan apartado como éste algunos bolivianos se ganan la vida rescatando y recuperando los restos de los vehículos accidentados. No lo hacen provistos de arneses profesionales, generalmente usan viejas cuerdas con las que se cuelgan de los acantilados.

Carretera de la muerte

Los datos de esta carretera son escalofriantes. Entre 1997 y el año 2000 murieron anualmente 885 personas y cerca de 6200 resultaron heridas. A pesar de este balance muchos conductores prefieren este viejo camino lleno de curvas, firme endeble y precipicios que quitan el hipo al nuevo tramo Cotapata-Santa Bárbara que tardó doce años en construirse cuyos tramos son demasiado “largos, rectos y que terminan dándote sueño», dice un conductor. Curiosa percepción. Aunque la mayoría de vehículos utilizan en la actualidad esta nueva carretera que evita la pedregosa a la par que peligrosa carretera de la muerte, parece que -debido a las lluvías- el firme del nuevo trazado comienza a tener demasiados socavones por lo que no sería de extrañar que la antigua ruta se volviera a utilizar.

Camino angosto

El reclamo de ser la carretera más peligrosa del mundo atrae a miles de turistas cada año deseosos de soltar adrenalina y vivir una aventura extrema no exenta de riesgos. «En todo el mundo hay carreteras parecidas. El problema en Bolivia es que los chóferes beben mucho, no mantienen sus buses, no revisan los frenos, que son los que sufren en la bajada”, asegura un chófer. Y puntualiza en tono confidencial: «Algunos conductores de empresas de transporte suelen hacer carreras entre ellos en el camino».

Cascadas en la ruta

En un punto del recorrido hay una estrella de David marcando el lugar donde una chica israelita se cayó al vacío. Al parecer el grupo se había parado para dejar a dos camiones que se habían cruzado hacer sus maniobras, pero ella cometió el grave error de colocar la bici entre su cuerpo y la carretera en vez de entre su cuerpo y el precipicio, así que cuando el camión que reculaba se le acerco más de la cuenta, se asustó, echó un paso atrás y no paró hasta caer 200 metros más abajo. Cuando los servicios de rescate pudieron alcanzarla aún seguía con vida, pero murió más tarde en el hospital. El camino está salpicado de cruces que sirven el mismo triste propósito. A pesar de todo, a la gente le sigue gustando el riesgo.

Curva de la muerte

Puede que la crónica haya tomado un tinte demasiado tremendista aunque los datos son realistas y objetivos. Lo que está claro es que si uno sigue estríctamente las indicaciones de los guías, circula a una velocidad reducida y mantienes la precaución no tiene por qué pasarte nada.

Próximo a Coroico

Después de cruzar un pequeño río que se cruza en el camino con la bicicleta y avanzar unos cientos de metros más, llegamos a Yolosa. Este pueblecito no es más que un puñado de talleres, puestos de comida y rudimentarias pensiones que dependen de esta carretera en desuso.

Cruzando el río

Cerca de 6 horas de excursión y una vivencia inolvidable para sumar al bául de recuerdos de esta ruta panamericana. En unos minutos llegamos a Coroico tras haber subido las bicicletas a la furgoneta en Yolosa. Antes de comer, una ducha refrescante y a recuperar energías con un buffet mientras disfrutamos de una maravillosa vista panorámica. Próximo destino en la Ruta Panamericana: Potosí.


CARRETERA DE LA MUERTE

Fuentes: El País/GravityBolivia