Atardecer en Máncora

Regresar al país que vio florecer el imperio Inca ha supuesto rescatar, asimilar y revivir un amalgama de recuerdos y sensaciones pasadas. Nada mejor para hacerlo que en la tranquilidad de las playas del norte peruano. Visité este hermoso país hace dos años en lo que supuso mi segundo viaje por Latinoamérica, después de un chute de naturaleza un año antes en Costa Rica. Mi recorrido por Perú fue el preludio de esta gran aventura en la que me embarqué hace varios meses. Cargado con mi mochila deambulé por el Valle Sagrado descubriendo en Cuzco, Písac, Ollantaytambo, Machu Picchu o Tambo Machay el ingenio, fortaleza y desarrollo de una civilización avanzada para sus tiempos. Sentí las primeras distancias lejos de la persona que más quería, ápices de nostalgia, extrañeza ante la visita de la soledad pero también me llené de vida conociendo a viajeros como Olivier, francés afincado en Lyon que daba la vuelta al mundo o a Ricardo y Juanita, pareja de australianos que degustaban sus últimas semanas de viaje después de casi 12 meses recorriendo el planeta. No puedo obviar esos recuerdos que me traen sabores agridulces.

¡HEY, EL CHE GUEVARA!

Después de una estancia de tres días en la señorial ciudad de Cuenca, tomé un autobús con Paco e Iván rumbo a la población fronteriza de Huaquillas por 5US$. Había pasado prácticamente todo el tiempo en cama con una de mis recaídas intestinales. El paisaje descendiendo desde la cordillera de los Andes hacia la costa cambiaba como si de una pase de diapositivas se tratase discurriendo por una carretera con mil vericuetos y precipicios de infarto. La escasa vegetación de las laderas andinas comenzaba a poblarse de palmeras y plantaciones de bananos conforme nos aproximábamos al océano Pacífico. El frío seco dejaba paso a un calorcito tropical. El autobús nos dejó unos kilómetros antes de Huaquillas junto al puesto fronterizo ecuatoriano de migración sobre el que caía un sol de justicia. Una vez obtenido el necesario sello de salida, tomamos un taxi hacia Huaquillas pueblo por 1’50 US$. Allí nos asaltaron los brasas presentes en toda frontera con intención de hacer negocio. Acordamos un precio con un par de peruanos de Tumbes (nunca aceptes un viaje sin haber acordado una cantidad concreta antes) y andamos unos 200 metros por tierra de nadie. Según nuestro acompañante este lugar es «una frontera peligrosa en la que no hay que despistarse ni un instante». Pagamos 1’50 US$ para llegar hasta el puesto de migración peruano -no muy lejano por cierto- donde sellamos el pasaporte y cumplimentamos la tarjeta andina en un pis pas. «¡Hey mira mamá, el Che Guevara!», soltó a grito pelado un niñito mientras el agente estampaba el sello en mi pasaporte. Sentí cierto rubor y orgullo al mismo tiempo. Por mi mente se paseó la absurda idea de levantar el puño izquierdo en alto y declamar aquello de «¡Hasta la victoria siempre!». Afortunadamente la cordura se impuso. La verdad es que mi aspecto es cada vez más parecido al del revolucionario cubano y no es que sea algo buscado, pero mola.

PERÚ: LA HORA CON DEMORA

Volvimos a subir al coche en dirección a Tumbes por 15 nuevos soles cada uno. Nos apeamos en la salida de esta población, en plena carretera panamericana y tomamos un bus por 10 soles que tardó más de 45 minutos en salir. Todo porque al parecer un par de tipos estaban panchamente terminando de comer y parecieron no enterarse de la puesta en marcha de la Campaña por el Respeto y la Puntualidad bajo el lema «Perú: la hora sin demora», una guerra contra la impuntualidad generalizada en el país y que comprobaré en los próximos días. A pesar de que es habitual que los habitantes de Lima lleguen tarde a reuniones, compromisos y hasta a sus mismos centros de trabajo, con demoras que pueden ser de 15 minutos o hasta de una hora, casi la mitad de ellos se considera puntual. Así funcionan algunas cosas en este país también.

MÁNCORA, PARAÍSO DE SURFEROS

Las extensas y solitarias playas que inundaban mis retinas desde el autobús me recordaban a Almería. De no ser por el reggaeton a todo trapo que sonaba en el bus infecto que había tomado y las letanías de vendedores ambulantes («Seco, seco, seco de pollooooo», «Gelatina, latina, latinaaaaaa», «Choclosssss, cho-clos-cho-clossss»), pensaría que todo era una sueño e iba hacia Mojácar desde Madrid. Máncora es una caleta de pescadores ubicada en la provincia de Talara, en el departamento de Piura, al norte del Perú. En los últimos años se ha convertido en una playa muy famosa para los amantes de las olas y la fiesta. Realmente las playas más bonitas se encuentran a ambos extremos de la costa partiendo de Máncora como las caletas de Colán, Punta Sal, Totoritas, Pocitos o Cabo Blanco.

Nos hospedamos en el Hotel Arena Blanca (15 soles por noche, piscina, televisión y camas horrorosas). Los dos días siguientes la premisa era disfrutar de la buena vida y relajarse por completo: Desayuno diario con una buena ensalada de frutas, comidas variadas como arroz con mariscos o papa a la huancaína y sus correspondientes cervecitas frescas, helados caseros… En lo referente a la gastronomía peruana comprobaré en los próximos días la gran variedad de platos que ofrece entre los que destacan los anticuchos que estoy ansioso por volver a probar. A partir de aquí Paco -en la foto el primero por la izquierda-, con quien venía viajando desde Honduras, se despedió de Iván y de mí para regresar hacia Colombia y disfrutar de sus últimas tres semanas antes de tomar su vuelo a Barcelona. Celebramos nuestra despedida con una deliciosa cena en el Luna Bar deseando a nuestro compañero nuevas y apasionantes aventuras así como sellar con un abrazo la promesa de vernos los tres de nuevo cuando regresemos a España. El viaje debía continuar así que decidimos viajar de noche para ahorrar hospedaje y continuar avanzando hacia el sur de Perú. Compramos el billete de autobús-cama con El Dorado por 45 soles, precio que incluía cena ligera y refresco, con destino a la ciudad de Trujillo.

LA CIUDAD DE ADOBE MÁS GRANDE DE AMÉRICA

Chan Chan (del muchik Jang-Jang, «sol-sol») es la ciudadela precolombina de adobe más extensa construida en la costa norte del Perú por los chimú. «Vino del mar, no se sabe de dónde, en una flota de balsas, con toda su corte y guerreros, llegó a la costa norte de lo que hoy es el Perú, en el valle de Moche y fundó un reino. Su nombre era Tacaynamo y fue el primer soberano de Chan Chan, la ciudad más importante de Chimú. Tuvo un hijo llamado Guacricaur, y éste, uno al que llamó Ñancempinco. Fueron diez los reyes de esta dinastía . El último, Minchancaman fue derrotado por los Incas, quienes destruyeron la ciudad y dividieron al reino», cuenta la leyenda recogida en el documento «Historia Anónima» escrita en 1604 por algún cronista español. Chan Chan se ubica en el valle de Moche, frente al mar, a mitad de camino entre el balneario de Huanchaco y la ciudad de Trujillo, capital del departamento de La Libertad en la costa norte del Perú. El sitio arqueológico cubre un área aproximada de 20 kilómetros cuadrados con multitud de pequeñas estructuras mal conservadas, veredas, canales, murallas y cementerios. Una mínima parte del recinto está restaurado mientras que el resto de la imponente ciudad emerge poco a poco de entre la arena gracias a decenas de trabajadores que se dejan la espalda bajo un calor abrasador.

Adobe por un muro

Ubicada 5 kilómetros al norte de Trujillo (capital de la eterna primavera), la Huaca Arco Iris o del Dragón es una pirámide de barro construida en los albores de la cultura Chimú mientras las culturas Tiahuanaco y Huari llegaban a su ocaso. Este templo contiene hermosos relieves donde destaca el arco iris adragonado, una escena de danzantes y 14 colcas en las que depositaban ofrendas. No muy lejos de allí, en el distrito La Esperanza, se puede visitar la Huaca Esmeralda que posee dos plataformas con rampas centrales cuyas paredes de adobe están decoradas con altorrelieves de motivos zoomorfos y geométricos. Este templo mal conservado se encuentra ubicado detrás del templo San Salvador de Mansiche, en la ruta hacia Huanchaco. A pesar de que se calcula que su antigüedad es de aproximadamente 1100 años, en mi opinión esta última huaca carece de interés. Recomiendo acudir mejor a la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna.

Huaca Arco Iris

Antes de visitar ambos vestigios de la cultura Chimú tomamos un taxi desde la terminal de El Dorado hacia la zona en la que se concentran las terminales de las diferentes compañías que viajan a Lima. Comparamos precios y finalmente decidimos comprar el billete en Ormeño, decisión de la que luego me arrepentiría dado el autobús cutre que nos tocó. Desde allí cogimos un colectivo hacia Huanchaco por 1 sol apeándonos en el cruce desde el que se accede al recinto de Chan Chan. Allí suelen estar esperando algunos taxis con los que puedes negociar un trayecto -pagamos 25 soles creo- que incluye acercarte a las ruinas o el museo del sitio para comprar la entrada con la que acceder al complejo, museo y las Huacas Esmeralda y Arco Iris. Recibimos el atardecer en la ciudad de Trujillo comiendo un rico helado, compramos un par de botellas de vino para regalar a nuestros anfitriones en Lima -los tíos de mi amigo Miguel Ascenzo- y fuimos al cine para ver «Infiltrados» por 3’5 soles, poco más de 1€. ¡Ya podría vale eso aquí el cine!

Próximos destinos en la ruta panamericana: Lima y Arequipa.


MÁNCORA


CHAN CHAN


HUACA ARCO IRIS


TRUJILLO

Fuentes: www.naya.org.ar / Wikipedia