Salar de Uyuni

Define el diccionario de la Real Academia Española el adjetivo «viajero, ra» como:

1. adj. Que viaja. Apl. a pers.
2. m. y f. Persona que relata un viaje.

Y en ello estoy, relatando de la mejor manera posible lo que ha supuesto para mí recorrer la ruta panamericana. A las puertas de entrar en el último país de mi aventura a lo largo del continente americano, cada vez las horas de autobús se soportan mucho mejor, quizás sea ya la costumbre de meses y meses subido en este tipo de vehículos. 40 horas de Whitehorse (Canada) a Vancouver, 22 horas de Chihuahua a Morelia (México) o cerca de 20 horas de Bogotá a la frontera ecuatoriana son un bagaje a tener en cuenta. El trayecto entre Potosí y Uyuni no fue especialmente agradable. La calidad de los buses en Bolivia deja mucho que desear. Si no recuerdo mal por delante nos esperaban cerca de 6-7 horas para llegar al pequeño pueblecito de Uyuni, lugar desde el cual se organizan y parten la mayoría de excursiones por el mayor salar del mundo. El camino era de pura tierra. Los paisajes durante el recorrido avanzaban lentamente, eternamente desérticos, salpicados de algún que otro cactus moribundo y paupérrimas construcciones de adobe. A mitad de camino paramos a descansar al borde del camino, en medio de la nada, donde había una casita con una tiendecita que vendía algunos bollos y galletas.

El origen del nombre de Uyuni, lugar hacia el que me dirigía es algo oscuro. Algunos afirman que proviene de la palabra aimara «Uyu», que quiere decir casa o canchón, tipos de edificaciones que comerciantes y arrieros alquilaban para alojarse con la expresión «Uta uyunipa». Este pueblecito está situado en medio de la nada. De no ser por el turismo y la reducida extracción de sal en algún punto del salar, tengo la sensación que habría muy poco que hacer por estos lares. Hace más de 70 años el tren llegaba a este recóndito lugar rasgando el horizonte. Uyuni en el pasado fue un pueblo minero en pleno altiplano boliviano. De ese pasado tan sólo quedan algunos vestigios y estatuas conmemorativas. Media hora después de bajarme del autobús me di cuenta de que me había olvidado el saco de dormir debajo del asiento. Cuando llegué ya había desaparecido. Esto me hizo recapitular la de cosas que había perdido por el camino: Parte de mi salud, mi novia, las gafas de sol en el Valle de la Muerte (USA), una gorra que me molaba y se llevó el viento mientras iba en lancha de Bocas del Toro hacia tierra firme en Panamá o la gorra perdida en un taxi de México D.F. portando una borrachera de cuidado. Al fin y al cabo, no dejan de ser cosas materiales. Lo realmente importante son las pérdidas del corazón.

Llegamos por la tarde cuando casi comenzaba a anochecer. Maurizio (italiano que viaja conmigo e Iván desde hace unos días), muy cortés, durante el viaje le cedió el asiento a una señora indígena pensando que quedaba menos de media hora para llegar. Luego resultó que estuvo más de dos horas de pie. Caballeroso pero en absoluto agradecido su gesto. Intenté contactar con los dueños del hotel de sal con los que había acordado que iría un par de días para hacer un reportaje pero resultó imposible. La cobertura con el móvil fallaba bastante a menudo. Al final decidí junto con Iván y Maurizio buscar la manera de llegar hasta allí. Preguntando a los lugareños nos recomendaron tomar un autobús hasta Colchani, un pueblecito cercano que estaba a media hora de Uyuni y desde allí intentar volver a llamar. Hicimos todo el trayecto de pie en un autobús lleno de jóvenes y ruidosos turistas israelíes así como una decena de bolivianos, dos de los cuáles llevaban tal borrachera que uno de ellos había vomitado hacía poco en el pasillo del bus. Imaginaos que viaje más cómodo. Una vez llegamos al pueblo ya había anochecido completamente. Este lugar es uno de los pocos pueblos que se dedican a la extracción de sal. En la calle no había nadie ni manera de llamar al hotel. Deambulando en la más completa oscuridad vimos una casa con luz. Allí preguntamos si alguien podía llevarnos al hotel de sal. Tuvimos muchísima suerte. Eso sí previo pago de una cantidad superior a lo que nos hubiese costado en circunstancias normales.

HOTEL DE SAL

Una de las ventajas de ser periodista y trabajar durante el viaje es la posibilidad que a veces te brinda esta profesión de conocer lugares como el Hotel «Luna Salada». Tuve el honor de pasar dos noches en este magnífico alojamiento que todavía se encontraba sin abrir al público. Despertar por la mañana en un lugar tan fascinante como éste no tiene palabras. Es curioso que en algunas listas top ten de hoteles raros no se haya incluído todavía este alojamiento que podría estar sin duda a la altura del curioso hotel Imperial Boat House de Tailandia -que consta de 34 barcazas ancladas convertidas en habitaciones de lujo- o el Ariau Amazon Towers de Manaos (Brasil) donde los ecologistas y amantes de los árboles pueden dormir entre entre sus copas. Pero… a lo que vamos. El hotel «Luna Salada» se encuentra en un lugar privilegiado del Salar de Uyuni. Su particularidad es que está íntegramente construido con bloques de sal extraídos del salar: Suelo, camas, columnas, mesas, sillas…

Hotel Luna Salada

Construido a orillas del majestuoso Salar de Uyuni, también conocido como el desierto blanco -el mayor desierto de sal del mundo-, el hotel se encuentra a una altura de 3650 metros. Frente a él una superficie salina de aspecto lunar de 12.000 Kms. cuadrados y una extensión de 180 kms. de largo por 70 kms. de ancho. El hotel está regentado por el joven Gabriel Lora y su socio Edwin. Con ellos pude conversar relajadamente acerca de los detalles de la construcción de este hotel que posee 217.000 bloques de sal, sus objetivos, instalaciones y degustar una rica comida boliviana con las bonitas vistas que hay desde los ventanales del comedor.

El acceso principal al salar, viniendo desde Potosí, y una vez rebasado Uyuni, capital de la provincia, es como ya os comentaba el pueblo de Colchani. En sus afueras se pilan una serie de montones de sal a modo de muñecos de nieve inacabados lo que delata que en esta pequeña localidad se sigue extrayendo el mineral de manera artesanal, ya sea granulado o en grandes bloques. Precisamente la idea de crear este hotel surgió hace unos 10 años. En ese entonces los pobladores de Colchani, comunidad a 20 kilómetros de Uyuni, comenzaron a extraer bloques de sal con los que construían pequeñas habitaciones. Al ver eso, la familia Lora consideró que si la sal servía para levantar habitaciones, por qué no podría ser útil para montar un hotel de lujo que atraiga más turistas al Salar de Uyuni. Todavía quedaban algunos flecos para terminar de decorar este precioso hotel de sal cuando yo pase por allí pero se notaba que estaba hecho con muy buen gusto.

Interior hotel

Desde el momento en el que uno accede a este edificio de dos plantas se nota la calidez del lugar, sobre todo por la noche, cuando la temperatura en el exterior llega a alcanzar 10 grados bajo cero y los vientos helados que provienen del salar azotan los ventanales del hotel. La arquitectura interior parece un cruce entre templos andinos e iglúes helados. Es habitual entre los clientes, y yo mismo pude comprobarlo, dar un pequeño lengüetazo a las paredes or aquello de comprobar “si realmente se puede usar un condimento para construir un edificio”, me comenta Gabriel.

Sala de juegos

El hotel Luna Salada cuenta con 25 habitaciones con capacidad para 50 personas. Cada uno de estos cuartos posee camas y muebles de sal. El suelo está, al igual que en el resto del hospedaje, alfombrado por los cristales salinos de sal gruesa que es renovado periódicamente. De esta manera uno siente como si estuviera a la intemperie sobre el mismo salar. Una de las desventajas de la sal es que se mancha y tiene que ser renovada periódicamente. En diversos puntos del hospedaje, tapices y alfombras artesanales cubren la sal del suelo dándole al hotel un aspecto muy acogedor. En los largos pasillos del edificio, frente a las habitaciones, uno se encuentra además con pequeñas salas caldeadas por chimeneas. Estos espacios de convivencia cuentan con sillas y hamacas, situadas estratégicamente para que los huéspedes puedan ver el paisaje del Salar de Uyuni por grandes ventanales.

Comedor

Aquellos que estéis interesados en alojaros allí, tendréis que hacer una reserva anticipada, sobre todo durante los meses de julio y agosto que es cuando llega la época alta del turismo.

Las vistas al atardecer desde este comedor son sobrecogedoras como podéis comprobar en la foto. El resto de aventuras por el magnífico Salar de Uyuni las conoceréis en la próxima crónica. Termino con un poema que me ha encantado y que encontré hace muy poco en la web de un viajero.

«Y tú
me pides poesía,
poeta
de la fotografía,
viajero
del tiempo,
idealista
en vuelo,
francotirador
de la imagen,
alquimista
de los momentos
que buscan perderse
en la voracidad
del tiempo.

Me pides ilustrar
con palabras
aquello que con
exquisita sensibilidad,
los ojos
de tu alma
retratan,
momentos fugaces
que las pupilas
de tus sueños
rescatan,
para reciclar
el mundo
y devolverlo
a la realidad
de lo que
se nos escapa.

Yo escribo,
tu retratas,
los dos vivimos
y lo que hacemos
nos delata»

Leire Olkotz

Próxima parada en la ruta panamericana: Salar de Uyuni (Bolivia).


UYUNI


HOTEL LUNA SALADA