Kuna Yala

En mi anterior crónica os contaba las diferentes opciones que hay para viajar por tierra/mar de Panamá a Colombia. Visto que no teníamos opción de viajar en la avioneta que fleta tres veces por semana Aeroperlas hacia Puerto Obaldía, decidimos lanzarnos a la aventura. El propósito era recorrer por mar desde Colón lo más de 300 kilómetros que separan esta ciudad de la frontera con Colombia. Dejamos el Hotel Marparaíso en Ciudad de Panamá para ir en taxi a la Terminal Nacional de Transporte y tomar un autobús hacia Colón, puerto principal al norte del país situado a orillas del Mar Caribe con una zona libre gigantesca -la segunda más grande del mundo- en la que se pueden encontrar todo tipo de artículos libres de impuestos. Esta ciudad no tiene muy buena fama en lo que a seguridad se refiere.

Caminamos con todas nuestras maletas hasta el Muelle 6 donde preguntamos si había algún barco o yate que se dirigiera hacia Colombia. La respuesta fue negativa. «Probad en el muelle fiscal a ver si allí hay alguno», nos comenta el vigilante de la garita de acceso. Dicho embarcadero supuestamente quedaba no muy lejos de allí, como a unas 6 cuadras. De camino hacia el muelle preguntamos cual era la dirección que debíamos tomar. Un señor nos avisó: «Está cerca pero os recomiendo que toméis un taxi, esta zona es muy peligrosa». Continuando con la sed de aventuras y riesgo al estilo del presentador Steve Irwin, Paco e Iván decidieron que estaba muy cerca y no pasaba nada. El hecho de que os esté contando esta historia ahora evidencia que la suerte estuvo de nuestro lado. La verdad es que el barrio era muy chungo.

MIRANDO AL MAR SOÑÉ

A sólo hora y media por carretera desde Portobelo, pasando por aisladas poblaciones con nombres como Nombre de Dios, Viento Frío o Palenque se llega al embarcadero del pueblo de Miramar. Básicamente estos pueblos viven de la pesca y años atrás se dedicaban a la cosecha de coco. Hoy en cambio, los lugareños se quejan de que esta fruta ya no se produce tanto y los pescadores se dedican, además de a su labor tradicional, a transportar mercancías secas de Miramar hasta las islas de San Blas.

Este pueblecito de la provincia de Colón es un lugar aislado perfecto para perderse en el mundo y que nadie te encuentre. Para llegar hasta allí hay que tomar un colectivo en el que seguramente vayas apiñado que sale de la terminal de buses por unos pocos dólares. El camino discurre paralelo a la costa en muchos momentos y las vistas no tienen desperdicio.

Miramar iluminado por el sol del atardecer

Lo más destacado de nuestra corta estancia -un día- en Miramar es haber conocido a Antonia de Granda, colombiana de orígen, conocida en este pueblecito como La Chalanera, quien nos brindó una hospitalidad encomiable. Dueña del restaurante del mismo nombre que regenta frente al minúsculo embarcadero del pueblo, se desvivió para ayudarnos a encontrar un cayuco que nos llevase a algún punto incierto del Archipiélago de San Blas. Comimos y cenamos buenos alimentos, jugamos con un niño del pueblo a los equipos de fútbol, recibimos nuestras primeras clases del dialecto kuna e hicimos grandes esfuerzos para entendernos con la dueña mediosorda del cuartucho en el que dormimos -dos en una cama y Paco en el suelo-. Para un turista occidental acostumbrado a los tiempos cuasi exactos, no saber cuando vas a poder continuar tu viaje suele ser desesperante. No nos quedaba más remedio que encomendarnos al destino y esperar.

Espera incierta

La opción del yate que había llegado al embarcadero la descartamos porque iba en dirección contraria a nuestro destino. En el muelle estaba amarrado un barco colombiano cuyo destino final era Cartagena pero no tenía los papeles de zarpe en regla y se iba a demorar al menos una semana con los carnavales de por medio. Nuestra única opción era subirnos a un cayuco de los indios kuna que vienen desde el Archipiélago de San Blas a Miramar al menos un par de veces por semana para comprar provisiones (refrescos, alimentos variados…). Por 6 dólares cada uno -previa mediación de La Chalanera– nos subimos al pequeño bote de madera capitaneado por Anibal Melo, una especie de Torrente de baja estatura y rasgos indígenas. Por delante nos esperaba una travesía de 4 horas hasta Isla Máquina, hogar de Anibal y sus dos compañeros.

Cayuco kuna

KUNA YALA, UN MUNDO APARTE
El archipiélago de San Blas fue declarado en el año 1938 territorio indígena autónomo Kuna Yala. De las 365 islas que conforman el archipiélago de San Blas -una para cada día del año-, solo una décima parte esta habitada. El resto son islas naturales que puedes explorar y disfrutar por tu cuenta. A pesar de ser uno de los destinos de eco-turismo más populares dentro de la región de Centroamérica y el Caribe, todavía la zona se conserva virgen y bien conservada del turismo voraz. En la comarca Kuna puedes jugar a ser Robinson Crusoe y pernoctar en una isla solitaria de menos de 20 metros de diámetro o visitar una de sus comunidades y comprar las “molas”, una especie de piezas de tela de motivos coloridos hechas a mano con las que las mujeres kuna confeccionan sus blusas. Las molas frecuentemente describen eventos de la vida kuna, de la vida salvaje de los alrededores o imágenes de libros y revistas que dejan los visitantes a su paso.

Más de 250 kilómetros hay que navegar por mar desde nuestro punto de partida a la frontera colombiana. En las primeras 4 horas no habíamos recorrido ni una décima parte de nuestro itinerario y yo, muy asiduo a marearme, logré contener las ganas con concetración y la vista fija en el horizonte. Casi tres horas después de navegación a paso de burro -el motor no superaba los 8 caballos- llegamos a El Porvenir, paradisíaco puesto de policía en el que debíamos presentar nuestros pasaportes. Mientras uno de ellos revisaba la documentación el otro hacía snorkel en la orilla. ¡Qué vida más tranquila! Y…aburrida. Hechos los trámites continuamos viaje por mar hasta Isla Máquina. La idea inicial era dormir en Río Sidra, isla colindante al hogar de Anibal, pero finalmente nos ofreció quedarnos allí por un módico precio y llevarnos al día siguiente hasta Narganá-Corazón de Jesús, dos islas conectadas por un puente decrépito y el único lugar en el que hay banco en toda la comarca Kuna Yala.

Vivir unas pocas horas en una isla kuna siendo uno mismo la atracción turística no tiene precio. Los niños se apelotonaban a mi alrededor locos de histeria al ver mi cámara de video y verse reflejados en la pantalla. Conversamos con el pastor evangélico de la isla, asistimos a la ceremonia religiosa llamada saila que celebran diariamente en su cabaña de actos, paseamos entre las cabañas que ocupan cada centímetro de tierra de esta minúscula isla, dormimos en hamacas acompañados por un Anibal vigilante y terminé -y mira que soy tímido- tocando la guitarra en el muelle rodeado de niños y con un cielo de estrellas como telón de fondo. Momento registrado en la caja negra del ventrículo izquierdo difícil de ser removido del alma.

No hay duda de que esta parte del viaje ha sido la aventura más excitante de todo lo que llevo de ruta panamericana. Pero… esto no había hecho nada más que empezar. Una vez arribamos temprano a Narganá intentamos sacar dinero en el banco pero no tenía cajero automático. Nuestras reservas monetarias eran demasiado justas y el gasto incierto. A pesar de intentar que me dieran un cash advance (avance de efectivo presentando mi pasaporte y la tarjeta) el señor del banco me mandó de manera cortés a freir espárragos. Preguntamos a todo hijo de vecino si alguien se dirigía hacia Puerto Obaldía en lancha pero las respuestas eran silencio -parece como si lo que dices les llega al cerebro pero traducido al chino-, indiferencia o… expresiones del tipo «puede que llegue alguna, puede que no». Muy gallego. Después de indagar encontramos a un chileno que tenía una lancha bimotor que nos llevaba por 600 dólares. Le mandamos a freir los espárragos que me había encargado el banco director del banco. El horizonte se tornaba negro así que nos espatarramos bajo los porches de la plaza de Corazón de Jesús a ver correr los minutos a velocidad de caracol.

Una hora más tarde una luz iluminó nuestro camino. Existía la remota posibilidad de que una avioneta roja llegase ese mismo día a la pista de aterrizaje y nos pudiese llevar a un lugar desconocido del Archipiélago de San Blas. Lo perentorio era seguir avanzando. Y… sí, llegó la avioneta. Y aceptó llevarnos por 25 dólares cada. Y nos metimos dentro sentados sobre nuestras propias maletas, sobre una bolsa llena de pollos deshuesados, sobre cajas y artefactos… Y despegamos hacia Mansukún, un poblado kuna a 100 kilómetros de Narganá. De esta manera avanzaríamos de un plumazo 2/4 más de trayecto, restándonos tan sólo uno. El despegue tipo Indiana Jones bandeando de un lado a otro prometía sumar puntos a nuestra aventura Kuna. Más aún si tenemos en cuenta que ambas puertas de la avioneta no cerraban. «Tranquilo, cuando estemos en altura la presión del aire sujeta las puertas», nos decía el piloto mientras yo miraba como la tierra se iba haciendo poco a poco más diminuta e imaginaba una muerte cayendo a velocidad de vértigo.

Sobrevolando el Archipiélago de San Blas

A medio camino mientras sobrevolábamos el archipiélago paralelos a la costa admirando una vista panorámica impresionante, el piloto viró hacia la derecha, trazó un círculo perfecto y enfiló en picado el descenso hacia una «pista de aterrizaje» que apareció en medio de la selva y terminaba su rastro junto al mar. Una vez tomamos tierra me percaté que junto a ella esperaba un grupo de indígenas kuna con unos sacos de arpilla blanca cargados con una mercancía que desconocía. Resultaron ser decenas de langostas, centollos y pulpos que los kuna habían pescado durante esa jornada e iban a vender al aeropescatero. Como en cualquier lonja de pescado, el comprador de mercancía en este caso, sacó una balanza, la colgó de una de las alas del avión y procedió a seleccionar los mariscos de mejor calidad para llevarlos porsteriormente a los mejores restaurantes de Ciudad de Panamá. Hecha la transacción comercial, volvimos a despegar in extremis antes de dar con nuestros huesos en el mar llevando nuestros preciados testículos de corbata.

Sin pestillo y a lo loco

Quince minutos después volvíamos a tomar tierra en una pista olvidada de estos mundos de Dios cercana a la aldea de Mansukún. El piloto no avanzaba más en dirección hacia Puerto Obaldía. Intentamos convencerle, persuadirle, embaucarle e incluso comprarle con el poco dinero que nos quedaba pero el esfuerzo fue en vano.

MANSUKÚN, DESTINO INCIERTO

Los indios kunas habitan solamente 51 de las islas del archipiélago, pero las otras, aunque están deshabitadas, tienen un cuidador para vigilar las plantaciones de coco. Ninguna de las islas tiene dueño aunque sí dichas plantaciones, uno de los principales recursos para la subsistencia kuna. La comunidad kuna se rige por su propio jefe o saila, quienes se encargan de solucionar cualquier diferencia que pueda surgir entre los pobladores. Entre ellos eligen un intendente, que actúa como gobernador y sirve como contacto entre el gobierno panameño y la tribu.

En la pista de aterrizaje esperaban de nuevo una pareja de kunas para vender mariscos y recibir unos paquetes con mercancía y alimentos. Ellos nos llevaron desde allí hasta su poblado en un cayuco inestable. Éramos de nuevo la atracción de niños y mayores, muchos de los cuales no sabían tan siquiera hablar una palabra de español. El sentimiento de confusión y extrañeza debió de ser parecido al que debieron tener los primeros conquistadores españoles al llegar a tierras americanas. Algunas expresiones y vocablos kuna que aprendí y te pueden servir por si visitas la zona son:

1. Dule = Hombre
2. Yala = Montaña, colina, valle
3. Igui Wachi Nika = ¿Qué hora es?
4. Nega = Casa, pueblo, hábitat o patria
5. Kuna = Llanura, superficie…
6. Sualibedis = Guardianes del orden / policías locales
7. Argargana = Portavoz
8. Ua = Pescado
9. Anai = Amigo
10. Tulup = Langosta
11. Iguibenuga = ¿Cómo te llamas?
12. Su = Cangrejo
13. Noegambi = Hola
14. Iguimani = ¿Cuánto cuesta?
15. Banemalo = Hasta mañana
16. Yerbe Dailegue Yagua = Usted es bonita
17. Atchu = Perro
18. Anyirre = Por favor
19. Eye =
20. Suli = No


Niños kuna de Mansukún

Los hospitalarios habitantes de Mansukún nos cedieron una especie de almacén situado junto al embarcadero para domir esa noche mientras esperábamos la llegada de algún bote que se dirigiese hacia la frontera colombiana. Para pasar el rato me entretuve un buen rato tocando la guitarra para un público atento formado por infantes y mayores. Luego tocó ejercer de animador solciocultural -por cierto, no se me da nada mal- y jugar con los niños de pueblo mediante gestos y ruidos guturales.

Niños de Mansukun

Parafraseando esa expresión un tanto burda que se refiere a la buena suerte y dice «tienes una flor en el culo», lo nuestro debía de ser un ramo completo porque la Diosa Fortuna definitivamente estaba de nuestro lado. No llevábamos ni una hora en el poblado cuando apareció una lancha en la que iba subida Petita Ayarza de Archibold, Directora Comarcal Kuna Yala del MIDES (Ministerio de Desarrollo), quien amablemente se ofreció a llevarnos a la isla de Mulatupo haciendo antes una parada de trabajo en una humilde comunidad kuna aquejada con algunos casos de malaria.

La Playa

Pensaba que ya había tenido dosis suficiente de aventura con todo lo vivido pero la adrenalina no pretendía abandonarnos tan rápido. Gracias a Petita y la extraordinaria hospitalidad de la familia que nos acogió en Mulatupo pudimos vivir muy de cerca el trato y cariño de la gente kuna. Nos invitaron a dormir en su mejor cabaña con camas mientras ellos duermen en hamacas, probamos un chocolate con maíz calentito delicioso, intercambiamos impresiones sobre los pilares de su cultura y siguiendo mi tradición de baby-sitter, aprendimos a cantar algunas canciones en kuna y español con estos niños del poblado.

Mr. López, maestro y animador

El cancionero kuna lo ampliaron con esta otra obra que incluye representación gestual.

Canciones desde Mulatupo

Al día siguiente nos despedimos de la familia y partimos rumbo hacia la última localidad panameña del departamento de Darién: Puerto Obaldía. Para poder llegar hasta allí arreglamos un precio para que nos acercaran en su potente lancha de 40 caballos esquilmando así nuestras últimas reservas monetarias. No podía creérmelo. Después de tres días de travesía por fín estábamos en tierra firme, a pocos minutos de territorio colombiano. No hay suficientes palabras para explicar cada segundo, cada emoción, cada sorpresa vivida sobre un territorio todavía virgen en muchos aspectos cargado de hospitalidad, afecto, originalidad, cultura e inocencia. Próximo destino en la ruta panamericana: Carnaval de Barranquilla (Colombia). Me despido de Centroamérica y doy la bienvenida a América del Sur.

MIRAMAR

COMARCA KUNA YALA