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¡Hola mochileros! Mucho ha llovido, y no precisamente agua, desde la última vez que os escribí, en el armenio pueblo de Goris, a apenas cuatro jornadas de la frontera con Irán. Recorrí los cerca de 150 kilómetros que me restaban atravesando las duras pero bonitas montañas del sur del Cáucaso, entre bosques pintados por la variedad de colores del otoño, amarillos, rojos, verdes y ocres, a través de las poblaciones de Shurnuhk, Kapan y Karajan. Fue difícil superar los desniveles entre el 10 y el 15% empujando el carro en las cuestas arriba y reteniéndolo en las bajadas, pero la belleza del paisaje no sólo atenuaba mi cansancio, sino que me insuflaba fuerzas para seguir caminando, descubriendo nuevos y hermosos rincones de nuestro planeta, con esa energía que siento cuando me hallo inmerso en la naturaleza. La niebla me acompañó hasta el paso de Meghri, a 2535 metros de altitud, pasado el cual quedó un cielo despejado y pude disfrutar del vuelo de las águilas y las cimas de las montañas, que me decían adiós rumbo a un país desconocido y que afrontaba con curiosidad y cierta tensión.

Atrás quedaba Armenia, pequeña pero intensa, con una de las culturas e idiomas más antiguos de la humanidad, castigada por las guerras, con duros paisajes (aridez y montaña) y en el que tuve la suerte de encontrar muy buena gente, algunos de ellos de Líbano y refugiados de la guerra de Siria. Desde aquí les mando un abrazo fuerte y les doy las gracias por todo lo que hicieron por mí mientras estaba en Ereván, habiéndome hecho sentir como en casa y un miembro más de su familia cuando yo estaba lejos de la mía.

Era un 24 de septiembre. El día estaba bastante avanzado, sin embargo, no podía reprimir las ganas de entrar en Irán. Pasado Meghri, y tras un par de horas inspeccionando mi pasaporte y el interior del carro, entré mediada la tarde. Un visado en el que tenía puesta la mente desde que salí de España, la dificultad de su geografía y el clima, la guerra de la cercana Siria, el bloqueo bancario y de internet, una cultura muy diferente a la mía y multitud de opiniones que llegaban a mis oídos en uno y otro sentido hacían que afrontara este país con cautela. Todo esto junto provocaba en mí cierta inquietud. Para más colmo, tuve un encontronazo con el ejército a los pocos minutos de entrar: la frontera es zona militar en la que está prohibido echar fotos, pero no pude reprimir las ganas de hacer alguna (no sabía cuándo volvería a pasar por ahí, y la verdad es que la frontera armenio-iraní es espectacular), y me “cogieron”. Por unos instantes me vi de nuevo fuera del país, cuanto menos, sin embargo, pude solventar la situación y continuar milagrosamente mi marcha. Durante los 20 kilómetros que trascurre la carretera junto al río Aras y a la alambrada electrificada de la frontera aún tendría algún otro bis a bis con el ejército y las autoridades, pero la situación se fue relajando hasta que, al segundo día, sobrepasé la población de Julfa y comencé a adentrarme en Irán.

EarthWideWalk_Irán8Poblaciones distanciadas y un territorio eminentemente árido son las notas predominantes, circunstancias que se superan llevando buena cantidad de agua en el carro, pues hace ya varios países que evito beber del grifo o de los ríos. Sin embargo, es
inevitable hacerlo de vez en cuando. Alcancé Tabriz, tras pasar por Marand y Sufyan y encauzar la carretera E-32, mientras me iba acostumbrando a manejar la nueva moneda. La moneda iraní es el rial (1 euro=40.000 riales), sin embargo, en vez de riales hablan de “tumans” (1 tuman=10 riales), por lo que al principio es un lío saber el precio de las cosas, más aún si el tendero habla en “farsí” (persa). Los precios son más bajos que en España (una botella de agua de 1 ́5 litros suele costar 7500 riales, y puedes encontrar una habitación de hotel desde los 300.000 riales), pero al ser tan barato uno corre el riesgo de gastar más de la cuenta. Sin embargo, la gente es muy hospitalaria, y es frecuente que te inviten a dormir a su casa o a comer. Esto último es algo que me sorprendió gratamente, pues no tenía muy claro con qué gente me iba a encontrar. Ellos mismos te dicen que desde fuera se les considera terroristas, pero son gente amable y acogedora.

Tras Tabriz, reanudé la marcha por una carretera plana que surcaba un valle ligeramente verde rodeado de áridas tierras y montañas. Los grandes desniveles pasaban a ser cosa de historia. Pequeños pueblos de tierra y adobe iban quedando a ambos lados, muchos de ellos me daban la sensación de estar abandonados, hasta que veía asomar a alguien por una de sus callejuelas.

Llegué a Miyaneh, donde se me rompió una varilla de la tienda de campaña al ponerla ya anocheciendo y con un viento fuerte. Tuve un encontronazo con unos chavales que me quisieron robar a la altura de Rajein. Sin embargo, en ese mismo pueblo, como posteriormente en Nik Pay y Hidaj tuve la suerte de ser invitado por varias familias muy hospitalarias a dormir en sus casas.

EarthWideWalk_Irán3Era la primera vez que entraba en una casa iraní, y me llamó la atención la diáfana estancia que tienen a modo de salón, donde unos se sienta descalzo y en el suelo a tomar té mientras conversa con los demás hombres. El té (çai) es un elemento presente las 24 horas del día, desde el desayuno con huevos fritos hasta la última hora de la noche. Lo toman trabajando, en casa, en las tiendas, ver a gente conduciendo y tomando té en un vasito de cristal con un termo no es nada raro. Me llamó la atención que el terrón de azúcar (gant), en vez echarlo al vaso y disolverlo con una cucharilla, se lo ponen en la boca y dejan que se vaya disolviendo con cada trago. A veces se paran a un lado de la carretera, echan una manta en el suelo a la sombra, y comen. Las mujeres llevan todas sin excepción el pelo tapado con un pañuelo, algunas todo el cuerpo con un atuendo negro que les deja sólo la cara a la vista. Y mientras a los hombres se les estrecha la mano, a las mujeres no está bien visto. Por lo general, se come con las manos usando unas hojas de pan (lavage) que se emplean para coger la comida del plato, a modo de pequeños bocaditos. Los cantos desde las mezquitas son menos frecuentes que en Turquía, de hecho, apenas los escuché en mi travesía desde Agarak (en la frontera con Armenia) hasta Teherán. Desde la revolución en que eliminó la figura del Shah de Persia hace unos 30 años, hay dos líderes, uno político y otro muy por encima, el espiritual (actualmente encarnado en el Emam Khomeini). Y nombres como Ferdowsi o Hafez despuntan como poetas en una cultura muy rica e interesante.

Llegué, tras tres semanas de caminata y más de 840 kilómetros, a través de algún valle ligeramente verde pero territorios eminentemente áridos, a Teherán, ciudad bulliciosa con un tráfico muy ajetreado en el que abundan las motocicletas y en el que para cruzar la calle hay que tirarse prácticamente entre los coches. Allí estuve alojado en casa de mis amigos Pari y Freydoun, bastante ocupado gestionando visados para los siguientes países. Sin embargo, pude conocer algo de esta ciudad de más de 11 millones de habitantes y lugares bonitos e interesantes como el Golestan Palace, el parque Shahr, la Milad Tower, Darband o las elevadas vistas sobre la ciudad desde Tochal. Las céntricas calles Valiasr, Fatemie, Shariati, Enghelab o Beshesti acabaron siendo lugares por los que pasaba a diario y las arterias que utilizaba para llegar casi a cualquier punto de la ciudad, fuera la plaza Vanak, Tajrish al norte, la Emam Khomeini Square al sur o cualquiera de las embajadas.

Por falta de tiempo en mi visado, a pesar de que tramité una extensión extra en la que sólo me dieron dos semanas, no pude realizar la segunda parte del itinerario que tenía pensado hacer en Irán, y tuve que volar desde Teherán a India evitando por aire Afganistán y Pakistán, nada recomendables por cuestión de seguridad. Así que desde hace un par de días estoy en Nueva Delhi, una verdadera jungla, preparando el itinerario que durante los próximos meses me llevará a recorrer parte de este país, así como Nepal y Bangladesh. El viaje vuelve a dar una vuelta de tuerca más, y factores como la malaria, el dengue y la fiebre tifoidea entran en juego, muy a tener en cuenta sobre todo al ir caminando y atravesar muchas zonas rurales. Además, el invierno se acerca y me cogerá cerca del Himalaya, en Nepal, país cuyo sur está poblado de extensas junglas con tigres, elefantes y rinocerontes en las que acampar, o simplemente pasar caminando, supone un gran riesgo. En fin, vamos a ver cómo se va resolviendo este panorama en el que espero tener toda la suerte que se merecen lo valientes.

Un abrazo fuerte y, si alguien se anima a hacerme compañía, ya sabe dónde estoy.

Ignacio Dean


Anónimo the author

Malagueño de 32 años, diplomado en Publicidad y RR.PP por la Universidad Complutense de Madrid y Técnico en Medio Ambiente. En marzo de 2013 partió desde Madrid a dar la vuelta al mundo. Su proyecto Earth Wide Walk consiste en una vuelta al mundo a pie y en solitario que cruzará durante los próximos 5 años los cinco continentes (Europa, Asia, Australia, América y África), y que lleva asociado un mensaje de amor y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra.