El martes 19 de diciembre salimos Edel y yo de Antigua en un shuttle en dirección a Panajachel, la ciudad más importante a orillas del Lago Atitlán. El conductor decidió ir por una ruta secundaria llena de curvas y un puerto infernal para evitar el gran atasco que se formaba en la carretera principal debido a las obras de ampliación de esta vía. Durante el viaje me contó que hace un par de años un shuttle de turistas fue asaltado en esta misma carretera. En el robo murió una turista española. Semanas después estos mismos asaltantes intentaron robar la recaudación de un empresario de la zona pero no contaban con que iba armado y protegido por un guardaespaldas. Ambos se liaron a tiros. De casualidad pasaba por allí una patrulla de la policía nacional quienes se sumaron al tiroteo. El resultado final fueron 8 ladrones muertos. Pero aquí no termina la historia. Al conocer la noticia los campesinos y ganaderos del valle, hartos de que estos cuatreros les robasen diariamente en sus tiendas, bajaron al lugar donde yacían los cuerpos de los maleantes, los rociaron con gasolina y les dieron fuego. Eso me hizo sentirme muy seguro durante el trayecto.

Pocos kilómetros después de dejar Antigua llegamos a un cruce de carreteras donde se asienta la ciudad de Chimaltenango. Más allá aparecen esporádicamente otros pueblecitos del altiplano guatemalteco como Patzún y Patzicia donde cada vez se hacen más presentes personas de rasgos indígenas ataviados con coloridos trajes. Muchas de las mujeres portaban una especie de paño enrollado sobre su cabeza para transportar todo tipo de productos (telas, fruta, frijoles…). Tras dos horas y media llegamos sanos y salvos a Panajachel, principal población del Lago Atitlán. Alrededor de este bello lago están diseminados una serie de pueblecitos cuyos nombres parecen tomados del santoral: Santa Cruz, San Marcos, San Pablo, San Juan, San Pedro y Santiago. Una vez cargamos con el equipaje, bajamos andando por la calle principal que lleva al lago y fuimos al embarcadero que queda en el extremo derecho del pueblo. Allí tomamos una lancha hacia las Lomas de Tzununá por 15 quetzales.

UN LAGO DE LÁGRIMAS

Cuenta la leyenda desarrollada por Leopoldo Meza que el Lago Atitlán nació hace miles de años gracias a un historia de amor. En tierras muy lejanas vivía una princesa indígena llamada Ixim, hija del Cacique Tolimán. A esa misma tribu regentada por Tolimán pertenecía Pedro el artesano. Desde siempre, Pedro amó a la princesa y ella también le correspondía en silencio. Un buen día, llegó al poblado un príncipe muy orgulloso cazador de corazones, se enamoró perdidamente de Ixim y sin tardanza la raptó. La asustada muchacha sólo logró llevar consigo a su pequeño perro. Varios soldados del Cacique los persiguieron por montes y valles hasta que se cansaron y decidieron regresar a Tolimán. Sólo Pedro el artesano siguió la búsqueda. El príncipe y la princesa cautiva se detuvieron a descansar en un valle profundo. La princesa se recostó sobre la hierba y el príncipe raptor se durmió de inmediato a su vera. La princesa pensó en sus padres, su pueblo y su amado Pedro. Lloró en silencio. Callada, tragándose con las lágrimas su amor y pena.

Del morral del gran cazador se cayó un filoso cuchillo con el que la princesa se asestó una mortal puñalada redonda como el cráter de un volcán. Su último suspiro se convirtió en flor que el viento se llevó hasta los pies de Pedro. El artesano Pedro supo entonces donde estaba su amada. Llegó al lugar pero se quedó lejos del cuerpo. Muy afligido lloró y lloró, hasta llenar el valle profundo con su llanto. En todo el valle se formó un hermoso y transparente lago. Tanto lloró que la vida se le fue en dos chorritos. Llegó la noche y del agua surgió la niebla con vientos poderosos. El ruido del viento y del agua despertaron al príncipe cazador. Al darse cuenta de lo que había pasado montó en cólera. Tomó su puñal y golpeó fuertemente al perrito que quedó inerte, como en vida, a los pies de su dueña. El cazador tenía el orgullo herido tanto lo pensó que el corazón se le convirtió en piedra y luego todo el cuerpo. Corrió la noticia por todos los pueblos de la tierra y muchos llegaron al lago para conocer a sus protagonistas. Acamparon alrededor del agua y ya nunca pensaron en regresar a su tierra pues fueron embrujados por la niebla del lago que, según cuentan los ancianos, son las almas de la princesa y de Pedro el artesano que tratan de tapar lágrimas para calmar la furia del explosivo cazador.

Atardeciendo en Atitlán

Para alojarnos en el lago Atitlán decidimos hacerlo por recomendación de mi amiga Maite en el Hotel Lomas de Tzununá dirigido por el belga Thierry y su compañera uruguaya María. Ambos trabajaron para Naciones Unidas (PENUD, Unicef…) durante los últimos 20 años y decidieron montar este precioso hotel para retirarse y criar a su hijo Lucas. A pesar de no aparecer de momento en las guías de viaje, es uno de los mejores lugares, sino el mejor, en el que uno se puede alojar si entra en su presupuesto pagar 70US$ la noche. Precio que merece la pena por las maravillosas vistas de las cabañas que tienen un gran ventanal a los pies de la cama, la amabilidad de sus dueños, la calma que se respira y la calidad del servicio y la comida. Desde Panajachel es necesario tomar una lancha por la que no debes de pagar más de 15 quetzales. Si se reserva con tiempo y se avisa al hotel pueden ir a recogerte con su propia lancha al muelle de Panajachel.

En las Lomas de Tzununá

En el lago Atitlán hay muchas actividades para hacer como ascender al Volcán San Pedro con un guía en unas 4 horas, visitar una plantación de café orgánico o perderse paseando por los pueblecitos. Nosotros nos detuvimos en primer lugar en San Marcos y deambulamos entre sus angostas callejuelas. Allí se encuentra el hotel ecológico Aaculaax que no debes perderte y un centro de meditación llamado Las Pirámides si lo que te va es la relajación del Hatha Yoga o Shaluha-Ka. Tienen programas semanales y por ciclos lunares. Volvimos al muelle y tomamos de nuevo una lancha hacia San Juan La Laguna, un pueblecito en el que la mayoría de sus habitantes de la etnia Tz´ Utujiles son artesanos o pintores. Es fascinante el colorido de sus obras. No deja de sorprenderme que gente con tan escasos recursos y una vida a mi juicio plagada de dificultades puedan crear unos cuadros con tanta vida y energía positiva.

Thierry, el dueño de las Lomas de Tzununá nos recomendó que si queríamos comprar buen café pasásemos por el Crossroads Café, en Panajachel, regentado por un espídico californiano gran conocedor de este producto y que selecciona y compra directamente a los productores del altiplano guatemalteco. Nos ofreció dos variedades de café orgánico: Hue-Hue o Pana. En cualquier ciudad del mundo uno se encuentra con carteles, dibujos o pintadas como ésta que atentan contra la ortografía del correcto español.

CHICHICASTENANGO, CUNA DEL MERCADEO

Su nombre significa «Lugar de los chichicastes» o de la «zarzas» y está ubicado en el departamento de Quiché. Para llegar a Chichicastenango desde Panajachel hay dos opciones: Tomar un shuttle por unos 12 dólares que sale a las 8 y regresa hacia las 14 horas o bien tomar un camino más complicado e incómodo con varios chicken bus (autobuses en los que vas apretado como un pollo de granja y en los que normalmente también viajan además de personas, todo tipo de aves de corral) haciendo transbordo en Los Encuentros.

En la Iglesia de Santo Tomás de esta población del altiplano guatemalteco es frecuente encontrar Chamanes (líderes religiosos) practicando originales rituales tradicionales muy llamativos para el ojo occidental. En el pasado, los conquistadores españoles no lograron cristianizar al pueblo maya y despojarlos de sus creencias religiosas, lo cual ha dado como resultado una serie de tradiciones que son mezcla de ambas corrientes religiosas. Antes existía en este lugar un templo maya que fue destruido para edificar la actual iglesia católica. Para acceder a ella hay que subir un total de 20 escalones cada uno de los cuales representan a los días del mes del calendario maya.

Otra de las cosas que llaman la atención en Chichicastenango es el colorido de su cementerio local. Según las tradiciones locales el color blanco, que simboliza pureza, se utiliza para enterrar a los padres. Las madres se entierran bajo el color turquesa que significa protección, los niños con el celeste y las tumbas de las niñas se pintan de rosado. Los abuelos son enterrados bajo el color amarillo que significa la protección del sol sobre la humanidad.

PIM, PAM, PUM

Por fortuna, nuestra visita a Chichicastenango coincidió con el último día de la celebración de la feria patronal en honor a Santo Tomásque tiene lugar entre los días 14 y 22 de diciembre. Habitualmente comienza con un desfile alegórico en el que participan las autoridades municipales. A continuación se llevan a cabo los tradicionales bailes de moros, La Culebra, el torito, los mexicanos y los convivios de hombres y mujeres. Aquel día presenciamos una tumultuosa procesión en la que cientos de habitantes ataviados con máscaras portaban estandartes y llevaban a hombros a algunos de los santos de su devoción. Uno de los actos más impresionantes de esta fiesta es el Palo Volador, rito en el cual varios indígenas se suben atados por los pies a un palo con lazos y se columpian alrededor de él a velocidades de vértigo.

En toda tradición guatemalteca no puede faltar un ingrediente primordial como la pólvora; petardos, tracas, bombetas y cohetes estallando por doquier sin medida de seguridad alguna.

A limpio petardo

El mercado de Chichicastenango es quizás uno de los más más coloridos de todo Centroamérica. Cada jueves y sábado acuden a esta localidad cientos de indígenas mayas Quiché, Mam, Ixil y Kaqchikel del altiplano para realizar ventas y compras. Como en cualquier zoco que se precie, el arte del regateo se convierte en un juego indispensable. Los puestos ofertan textiles, telas regionales, blusas de señora, máscaras de madera pintadas con colores vibrantes, diversos objetos tallados en madera, pulseras, manteles o quitapenas, pequeñas bolsitas de tela con muñequitos de hilo en su interior que, si uno las coloca bajo la almohada antes de dormir, atraparán todas las preocupaciones.

Día de mercado

El viernes tomamos de nuevo un shuttle desde Panajachel hacia Antigua, donde hicimos noche en la Posada del Hermano Pedro. A la mañana siguiente tomamos de nuevo otra furgoneta en dirección hacia el Aeropuerto de La Aurora en Ciudad de Guatemala donde Edel tomaba el vuelo de regreso a Madrid. No me gustan las despedidas, dejan un poso amargo y triste que uno debe llevar consigo hasta que el paso del tiempo diluya la tristeza por el recuerdo de días felices. Por delante todavía miles de kilómetros que guardar en la mochila y mis primeras Nochebuena y Nochevieja fuera de España lejos de la familia. Próximo destino: Copán (Honduras).


Fotos LAGO ATITLÁN


Fotos CHICHICASTENANGO