Parque Central

Finalizado el reportaje sobre la extracción de chicle en Quintana Roo, era momento de continuar viaje, dejar atrás Norteamérica -muchos discutirían en lo económico si incluir a México en esta parte del continente americano- e ingresar en Belize, el primer país de lo que se considera Centroamérica. Para ello, tomé un taxi desde el Hotel María Dolores en dirección al Nuevo Mercado Lázaro Cárdenas de Chetumal desde donde salen los autobuses para Belize. Todos ellos son viejos autocares escolares traídos de Estados Unidos en los que desde que uno se sube ya se comienza a sentir una ambiente muy caribeño. Los altavoces emiten reggaeton, raggamuffin y tiernas baladas a una imponente cantidad de decibelios.

DE FRONTERA A FRONTERA Y TE TIMO PORQUE TE TOCA

En poco más de 30 minutos de trayecto llegamos al puesto fronterizo del lado mexicano ubicado en el pueblecito Subteniente López. Días antes había estado conversando con la lugareña Marisela Lagos, propietaria del Restaurante La Frontera, situado a 5 metros de la aduana. A diferencia de fronteras como la de Tijuana (Baja California) con Estados Unidos o la que hay en Tapachula (Chiapas) con Guatemala, este puesto fronterizo tiene un constante ir y venir de coches, camiones y gente que sucede de manera escalonada. Generalmente no hay ningún problema destacable, tan sólo alguna que otra aprensión de droga. Respecto a la búsqueda de dinero rápido y fácil por parte de los narcos, Marisela sentencia: «Perro que aprende a comer huevo, ni que le quemen el hocico». Sabiduría popular.

Descendí del autobús para resolver las formalidades aduaneras con el agente de migración mexicano que me cobró 100 pesos. Todavía dudo si debía pagarlos o fue la doblada que meten al turista desinformado. Hecho esto, montamos de nuevo en el autobús, atravesamos el puente sobre el Río Hondo que marca los liíites políticos entre México y Belize, dejamos a nuestra izquierda la Zona Libre y en breve llegamos al puesto fronterizo beliceño de Santa Elena. Vuelta a bajar del bus, cargar con todo el equipaje y pasar dos controles: Revisión de pasaporte con el consiguiente sello de ingreso al país y registro del equipaje.

Es curioso como cada frontera tiene personalidad propia. En el aire vagan imperceptibles sueños, decepciones, trasiegos, alegrías, prisas, miedos… La frontera es una línea que divide pero no protege. Su lado, nuestro lado. ¿Protegerse de qué? ¿Con un muro de 3000 kilómetros? Las líneas no significan nada aunque ponen barreras a los deseos. Después de Santa Elena se suceden diversas poblaciones como Corozal (ciudad costera de atmósfera caribeña), San Pablo, Louisville y finalmente Orange Walk Town, centro social y agrícola del norte de Belize.

ORANGE WALK TOWN, PARADA Y FONDA

Nada más llegar a Orange Walk Town, cogí un taxi -no era necesario puesto que las distancias en el centro de la población son muy cortas-, saqué dinero en el Belize Bank (1 euro equivale a 2.5 dólares beliceños) y me alojé en el Hotel Akihito, regentado por la señora Lee y el señor Akihito, un matrimonio de chinorris con los que terminé haciendo buenas migas. Akihito tenía por aquellos días un problema de bronquios y se pasaba el día regurjitando flemas de manera estruendosa. Dicen que los chinos se pasan media vida escupiendo. De eso seguro que sabe más Paula, novia de mi amigo Enrique, que vive en Pekin. El hotel es limpio, tranquilo y dispone de televisión por cable lo que me salvó de la depresión más absoluta en mis días de convalecencia. Junto a la recepción había una sala con máquinas tragaperras en la que convivían especímenes humanos de toda índole: Menonitas pervertidos por el juego, mestizos, borrachos, caribeños, pseudoprostitutas… El clima resultaba apacible pero había algo sordido latente. Mucha gente subía y bajaba las escaleras que conducían a las habitaciones. Alquilaban una habitación por un espacio corto de tiempo para, como dirían en México, echar la pasión.

Desde Cobá (México) venía arrastrando náuseas y mareos esporadícos, malestar general y molestias en la zona del estómago e intestinos a los que intenté no dar importancia. Una vez instalado en Orange Walk, pasé dos días en cama con décimas de fiebre y un malestar muy desagradable por lo que decidí acudir al médico. Llamé al teléfono de atención 24 horas de mi seguro de viaje (MAPFRE) y en media hora, por medio de su delegación en Guatemala, localizaron un médico que me pudiese pasar consulta. Acudí a la Clínica del Doctor Brígido, de orígen cubano. Su atención, profesionalismo y trato han sido excelentes. Mis sospechas eran ciertas. Tenía el intestino muy inflamado. Al día siguiente me realicé un análisis de sangre, acudí a la consulta del doctor Brígido quien me confirmó que había tenido en algún momento contacto con un tipo de salmonella tifoidea. El tratamiento a seguir: Reposo, dieta estricta y antibióticos.

Frente al Hotel Akihito, el Restaurante Hong Kong ofrece 365 días al año una variada oferta de comida china. Me convertí en cliente habitual. Cuando entraba por la puerta, la chinita ya estaba ordenando en la cocina una ración de arroz blanco para el chico blancuzco y leucémico en el que me había convertido. Mi dieta se redujo a cereales, el citado arroz, litros y litros de yoghourt (Dani, no pudieron ser de Actimel como tomaba Nicola de Gran Hermano), suero oral y los últimos días algún zumo de manzana. A pesar de que había varias tienduchas en Orange Walk, encontrar un poco de jamón york envasado fue toda una aventura.

YONQUI DEL CULEBRON

En los más de dos meses que he deambulado por la República Mexicana he dormido en multitud de hostales. Muchos de ellos tenían televisión. Quitando el tiempo que dedicaba a actualizar el blog -muchas veces más de 7 horas- y las necesarias visitas turísticas, he pasado muchas horas frente al televisor. En ese tiempo he podido profundizar en la agitada situación política del país a través de programas de debate en Televisa, noticieros como Hechos de TV Azteca, el O.T. a la mexicana llamado «Academia 5» y su versión diaria «Camino a la fama» (contando el día a día de los triunfitos), cotilleo y corazoneo en «Ventaneando» o como cuidar a tu bebé en «Con sello de mujer». En Azteca 7, el otro canal que tiene la cadena mexicana a parte de Azteca 13, descubrí por qué tanta gente se considera adicta a la serie Lost. Repusieron en un maraton la primera temporada completa y comenzaron a emitir la segunda. Cuando regrese a España tendré que ponerme al día con los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic.

Desde que estuve en Las Vegas me he dado cuenta de que tengo una facilidad pasmosa para engancharme a lo que sea. Fueron dos días tonteando con las máquinas tragaperras y su luminosa llamada no me abandona. Siempre que veo una de ellas u oigo su hipnótico sonido, la tentación sale a flote. Desde pequeño me he tragado en televisión cualquier cosa. Mis ex compañeros de piso lo saben bien. No tengo problema en reconocer que me tragué decenas de capítulos de «Al Salir de Clase» o que incluso llegué a grabar alguno de la telenovela «Cristal». En México he seguido paso a paso los capítulos de dos telenovelas de TV Azteca: «Montecristo» (La venganza de Santiago contra la familia Lombardo) y «Campeones de la vida» (La lucha por el amor entre Valentín Duarte e Isabel Chaparro con muchos matíces humorísticos). De ambas no podré ver el final. Soy un yonqui del culebrón, lo sé. Y a mucha honra.

Montecristo. Un amor. Una Venganza.

Estos días de enfermedad en la soledad de mi habitación han sido quizá los más duros de vivir en lo que llevo de viaje. Lo que no te mata, te hace más fuerte. Una experiencia que guardar en la maleta interior.

GARIFUNA SETTLEMEN DAY

La cultura Garífuna tiene influencias africanas ancestrales. Esta etnia de raza negra proviene de los esclavos que fueron traídos al Caribe por dos barcos espanoles desde países de África occidental como Nigeria, Congo y Angola. Un 19 de noviembre del año 1797 fueron obligados a exiliarse de la isla de San Vicente (Honduras) y reubicarse por la costa Atlántica de Belize, Honduras, Guatemala y Nicaragua. Como nunca fueron esclavos, la mayor parte de sus tradiciones y cultura han quedado intactas hasta el presente. Aunque la mayor comunidad garífuna, conocidos tambien como Garínagu o Caribes Negros, vive al sur de Belize en ciudades como Hopkins, Punta Gorda y Drandiga, en todo el país se celebra cada 19 de noviembre el Garífuna Settlemen Day, que conmemora el asentamiento de los indios garífuna en la zona.

Los festejos comienzan el día anterior con un continuo tronar de tambores durante toda la noche a cuyo ritmo se baila por todas partes hasta el amanecer. Al día siguiente, las canoas de los lugareños se engalanan con hojas de palmera y llevan a cabo una representación de la llegada a la playa de los primeros garífunas procedentes de Honduras a principios del siglo XIX. A mediodía tiene lugar un desfile por las calles principales de cada ciudad.

Desfile de celebración

Uno de los movimientos más característicos de la cultura musical beliceña es el brokdown, una variación del calipso, género muy extendido por todo el Caribe angloparlante. Usualmente utilizan como instrumentos para el brokdown el banjo, la guitarra, acordeón y diversas percusiones, fundamentalmente el tambor. A este estilo se suman otros ritmos del país como la paranda o el puntarock, representados en el interesante sello discográfico Stone Tree Records con sede en el pueblecito fronterizo de Benque Viejo del Carmen. La punta, como se le conoce coloquialmente, se baila arrastrando los pies y moviendo frenéticamente las caderas.

Garífuna Settlemen Day

Una semana después de haber llegado a Orange Walk Town, regresé a la clínica del Doctor Brígido para revisar mi estado de salud. Me mandó hacerme de nuevo unos análisis de sangre para comprobar el nivel de defensas y la ausencia del virus. Los resultados fueron medianamente positivos. Mis defensas habían aumentado y el nivel de linfocitos estaba acercándose a lo que se considera adecuado. Mientras me termino de reponer, aprovecharé para hacer un reportaje sobre la cercana comunidad menonita de Shipyard.


Fotos ORANGE WALK TOWN