Prudhoe-Bay-Alaska-panamericana

Sin duda, mi viaje hacia Prudhoe Bay desde Faibanks ha sido la mayor paliza que me he pegado en lo que llevo de ruta panamericana. 16 interminables horas subido a bordo de una furgoneta operada por la compañía Dalton Highway Express (clavadón de 422$ por ir y volver en una furgoneta de no más de 7 personas), manejada con maestría por nuestro conductor Matthew gracias a algún que otro chute cafeínico. Y es que conducir 16 horas seguidas y al día siguiente volver a desandarlas no es moco de pavo. El tío se metió entre pecho y espalda 4 vasos gigantes (tipo supermegamaxi del Burger King) de café y un red bull. Lo que despertó en mí la curiosidad de si a nuestra llegada sobre las 10 de la noche se podría dormir. «Sin problema, leo un poco y enseguida me duermo», me contesta tan pancho. Vaya máquina.

Para llegar a Prudhoe Bay hay varias opciones. Ir con Dalton Highway Express, ir en avión, tomar un tour de 3 días con un par de agencias (te llevan por tierra a la ida y te traen de vuelta en avión), alquilar un coche con el riesgo de quedarte tirado en medio de la nada o lo que hice yo, reservar hotel, reservar tour y comprar el billete con Dalton Highway como os había dicho. Si lo volviera a hacer, sin duda regresaría en avión. Llamar carretera a la Elliot-Dalton Highway sería echarle demasiadas flores. Los 802 kilómetros de recorrido se resumen en algún que otro tramo de asfalto a tropicones, cientos de kilómetros de pista de grava y socavones a millones. Eso sí, el paisaje que te acompaña es estilo mastercard; no tiene precio.

El domingo salimos de Fairbanks a las 6 de la mañana. En la furgoneta iban conmigo Dick (jubilado del Sur de California que se había venido en coche desde allí para darse una vuelta por Alaska), el mendas y tres científicos jóvenes que se dirigían a un campamento de investigación que tiene instalado a orillas del lago Toolik la Universidad de Alaska Fairbanks (UAF). Allí estudían los ecosistemas árticos y el cambio climático. Nuestra primera parada fue en Wildwood General Store, pintoresco lugar donde descubrí que, evidentemente, no era ni el primero ni seré el último en aventurarse a una hazaña de este tipo. Había que aprovechar para evacuar líquidos así que me dirigí a una de las letrinas. Para mi sorpresa en su interior tenía colgado un cuadro pintado horrendo y un cartel en el que se podía leer: «Imagínate esta letrina a 15 grados bajo cero». Por si acaso, mejor paso de probarlo.

El trayecto está salpicado de pequeñas paradas para tomar fuerzas, un refrigerio e ir al baño. Otra de ellas fue a orillas del gigantesco Río Yukon, que nace en el territorio canadiense que lleva su nombre y desemboca 3200 kilómetros después en el Estrecho de Bering (Alaska).

Vista del Río Yukon de camino a Deadhorse

Entre el campamento del Río Yukon y Coldfoot (le pusieron este nombre los primeros buscadores de oro en 1900 porque, sin haber llegado todavía el invierno, uno no podía dejar de tener los pies fríos), paramos 5 minutos en el lugar por el que se supone que pasa la línea imaginaria del Círculo Polar Ártico, donde un par de días antes, un lobo había atacado a una chica de 25 años mordiéndole en el brazo y la pierna. Al parecer evitó la muerte gracias a que logró llegar a una pequeña cabaña y refugiarse dentro. Y es que Alaska es así. Vas tan tranquilo por la carretera con tu coche y de repente te puedes encontrar un oso grizzlie o un alce ahí en medio. La verdad, mola.

Una de mis mayores dudas era saber por qué lo que se supone que es una carretera que se dirige a un importante punto de prospecciones petrolíferas, con incesante tráfico de camiones… tiene un firme tan deplorable.

Uno de los muchos camiones con los que te cruzas durante el trayecto hacia Deadhorse

Una de las respuestas que obtuve fue que no interesaba que el turismo llegase en grandes cantidades a Deadhorse. Más tarde entendí porqué. Resulta que la pequeña población de Deadhorse, situada en la bahía de Prudhoe, no es más que un asentamiento temporal de containers, maquinaria, un pequeño aeropuerto, un par de hoteles montados con módulos prefabricados (Artic Caribou Inn y Prudhoe Bay Hotel) y decenas de naves industriales que abastecen a los cerca de 500 trabajadores de 5 grandes petroleras, entre ellas British Petroleum. Allí no hay nada que ver, incluso el acceso al tan ansiado Océano Ártico está prohibido al público. Tan sólo se puede pisar sus orillas y aventurarse a bañarse en sus gélidas aguas si se toma el tour de algo más de una hora y 37$, cuyo monopolio está en manos del hotel Arctic Caribou Inn.

Antes de llegar a Deadhorse vimos varios caribús, diversos tipos de aves y cuervos y más de 30 muscox -no he logrado traducir que son exactamente , pero parecen ser una especie de búfalos-. Cena rápida y al sobre, que al día siguiente finalmente iba a pisar el Océano Ártico.

Prudhoe Bay, punto de partida de la carretera panamericana

La mañana de lunes, tras una rutinaria comprobación de pasaporte, subí a un pequeño autobús con un conductor-guía que durante el trayecto nos iba explicando la utilidad de cada edificio por el que pasábamos. Imagináos que os dan un tour por un polígono industrial y os van contado que ahí los chinos importan matasuegras y en ese otro almacén fabrican rulos de plástico para peluquerías. Sinceramente, estaba tan sobado que hice poco caso a lo que decía el señor conductor.

Iosu en el autobús que te lleva a orillas del gélido Océano Ártico

No puedo describir en palabras lo que supuso para mí llegar a aquel lugar. Suponía subir el primer escalón de un largo viaje que se empezó a gestar 8 meses atrás pero que llevaba circulando por mi interior desde hacía muchos años. Infinidad de horas imaginando aquel inhóspito lugar y ahí estaba, a 0 grados, helado de frío y con el Océano Ártico frente a mí. Durante un cuarto de hora de silencio, se me pasaron un montón de cosas y sensaciones por la cabeza. Eché de menos a la gente que quiero, sentí una extraña sensación de felicidad contenida y, no pude olvidarme de la tierra que me vio nacer. De ese día guardo una muesca en el corazón.

Viva San Fermín, Gora San Fermín

GALERÍA PRUDHOE BAY (ESTADOS UNIDOS)

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Anónimo the author

Videoperiodista, documentalista y aventurero. Entre mayo de 2006 y junio de 2007 realizó uno de los grandes viajes de su vida: la ruta panamericana. De esta aventura nace el documental “La costura de América” que narra su viaje en solitario de 45.000 kilómetros, realizado íntegramente por tierra y más de 11 meses desde Prudhoe Bay (Alaska) hasta Bahía Lapataia en Tierra de Fuego (Argentina). Ha trabajado como corresponsal de la Agencia EFE en la India y realizado decenas de reportajes sobre turismo, cultura y sociedad para el canal de televisión español Telecinco. En enero de 2014 estuvo nominado en los Premios Goya con su cortometraje documental "La Alfombra Roja" rodado en un slum de India y que lleva acumuladas más de 130 selecciones en festivales de cine de todo el mundo. Sigue mis viajes en mi perfil de Twitter, Facebook e Instagram.