Virgen de Quito

Mi viaje a través de Colombia se ha reducido a unas cuantas ciudades importantes (Barranquilla, Cartagena, Medellín y Bogotá). Me quedo con las ganas de poder regresar algún día a este bello país, de gentes amables, mujeres lindas, gastronomía diversa y paisajes que quedaron sin disfrutar tras las altas montañas y cumbres. El tiempo pasa de manera inexorable, el dinero va menguando y, si quiero llegar a mi meta, debo de mantener el paso firme. Desde Bogotá hasta Ipiales, última población importante cercana a la frontera, calculo que hay unos 1200 kilómetros y 28 horas de paliza autobusera. La última parte del trayecto, muy montañosa, tenía en los últimos años fama de ser peligrosa por la presencia de la guerrilla de las FARC sin embargo yo no ví guerrillero alguno. El único bus que encuentro directo hasta allí pasando por Ibagüe, Popayán y Pasto es de la empresa Expreso Bolivariano que me cobra 82.000 pesos colombianos. Existen otras empresas en la Terminal Sur de Autobuses que ofrecen este mismo trayecto pero sólo hasta Popayán por 60.000$ haciendo trasbordo una vez llegado allí a otro bus con dirección a Ipiales. El viaje resultó menos duro y pesado de los esperado aunque nuestro conductor se afanó en ponernos los testículos de corbata conduciendo como un loco por puertos de montaña y haciendo adelantamientos suicidas en curvas de visibilidad nula. Después de muchos meses de viaje subiendo a autobuses conducidos por fitipaldis latinos no queda más remedio que encomendarse a la suerte porque ni el ángel de la guarda más esmerado podría evitar un susto o desgracia.

FORMALIDADES FRONTERIZAS

El puesto fronterizo entre Colombia y Ecuador está situado en la microlocalidad fronteriza de Rumichaca. Para llegar allí hay que tomar un colectivo en Ipiales que te cobra unos 1200 pesos colombianos. En migración aguardé la cola para obtener el sello de salida del país sin costo alguno mientras los brasas de los cambistas fronterizos ofrecían intercambio monetario. Una vez realizada la formalidad fronteriza hay que dirigirse andando unos 200 metros al puesto de control de pasaportes del lado ecuatoriano cruzando el puente que separa simbólicamente ambos países. Para entrar en Ecuador rellenas un formuario -tarjeta andina- cuyo resguardo debes conservar como oro en paño porque perderla supone tener que pagar 200 US$ y posteriores inconvenientes para salir del país. Desde la frontera hasta Tulcán, la ciudad más cercana, hay poco más de 6 kilómetros en un colectivo que cuesta unos 75 céntimos de dólar. Inevitablemente, como en todo el viaje, hay que estar preparado para ser abordado en la terminal de buses por los comerciales de las compañías de autobuses. Lo mejor, sentarse, pedir que te dejen en paz y una vez calmado comenzar a consultar precios y regatear hasta el infinito y más allá.

«ME VOY DE TRAPITOS»

Mi primer destino en Ecuador era el pueblecito andino de Otavalo, famoso por su mercado semanal de artesanías, telas y ponchos. Después de negociar pagamos tan sólo 2 dólares para llegar hasta allí con la compañía Pullman Carchí. Durante los próximos días hay que cambiar de nuevo el chip de cambio de divisas por una débil economía dolarizada. A diferencia de los excelentes autobuses que he encontrado en Colombia, los vehículos de viajeros ecuatorianos son un poco más destartalados pero mucho más baratos. Después de un par de horas de viaje, el chófer prácticamente nos dejó tirados en medio de la carretera panamericana sin casi tiempo para sacar nuestro equipaje. Continuo compartiendo viaje con Paco e Iván, dos estupendos compañeros. Nos adentramos por una de las calles de Otavalo en busca de hospedaje (Residencial San Luis; 5US$) y un sitio donde cenar. Otavalo es un punto de encuentro en los Andes, a 110 kilómetros al norte de Quito y a 2530 metros de altura sobre el nivel del mar. La primera cena en el país andino: Un delicioso pollo asado en un local llamado «El pollazo», marca que en España podría causar furor y asombro por lo burdo del nombrecito.

Dicen que el origen del mercado de Otavalo se remonta a los tiempos preincas cuando los hombres transportaban en mulas los productos de la selva de las tierras bajas orientales para intercambiarlas por artículos de las regiones montañosas. Los otavaleños son un pueblo tejedor por excelencia. Su producción textil está a medio camino entre la producción artesanal y la semi industrial que les permite fabricar metros y metros de tejidos. Es cada vez más patente la invasión de sus productos en los mercados artesanales de otros países, cosa que ocurre también en Centroamérica con el intercambio de productos artesanales en la zona del Gran Petén (Guatemala-México). Tapices decorativos, ponchos, paños, fajas, sacos, pulseras, bordados, bolsos, alfombras, bisutería, antigüedades. artesanías de madera, alforjas y cobijas, además de sombreros y collares indígenas (Walkas y manillas) se ofrecen en los centenares de puestos callejeros que inundan el centro de la ciudad. La locura del regasteo comienza cada sábado desde muy temprano en las calles céntricas del pueblo decoradas a cada lado con unas farolas adornadas con motivos diversos. Cuenta Cristina Morató en un artículo de El Mundo que «cuando los conquistadores españoles llegaron en 1555 a estas tierras pronto descubrieron la habilidad de los indígenas para tejer y durante años les explotaron obligándoles a trabajar en los talleres textiles. Así, a la fuerza, se convirtieron en expertos artesanos textiles aunque con el paso del tiempo y la destreza adquirida, consiguieron hacer de este arte un floreciente negocio».

Los índígenas locales se entremezclan con gringos, grupos organizados de turistas y mochileros a la búsqueda de una ganga. Los mercaderes tienen tan estudiado al comprador que si uno es un poco observador percibe que la posibilidad de obtener un precio muy satisfactorio no es fácil. Tuve que contener al comprador impulsivo que llevo dentro aunque finalmente cayeron en la mochila un par de chompas -jerseys-, una camiseta, unos calcetines y una bufanda. No hay frontera ni límite claro entre el mercado de ponchos y el mercado de alimentos donde los campesinos, ganaderos y agricultores de aldeas remotas del altiplano circundante venden sus productos (quesos, cereales, carne…). Este espectáculo de colores y olores entremezclados merece la pena ser visto al menos una vez en la vida.

QUITO y EL MAL DE ALTURA

Durante mi estancia en Bogotá (2644 mts de altitud) no sentí ningún tipo de malestar. Sin embargo al ascender desde Otavalo a Quito (2819 metros) en el autobús de Panamericana (Billete por 2$) me invadió una pesada somnolencia. El cansancio y la falta de aire se acrecentó al llegar al hotel Huasi Continental de la capital ecuatoriana con un dolor de cabeza descomunal. Era la primera vez que tenía una jaqueca de esas dimensiones aunque no el mal de altura que también sufrí hace tres años en Cuzco (Perú). Paco me dio un Toradol con el que aplaqué a medias el dolor. Para prevenir el mal del altura es posible encontrar en las farmacias peruanas y bolivianas -no sé si en las de Ecuador-un par de productos que se llaman Sorjchi Pills y PunaCap. Ambos medicamentos contienen cafeina y aspirina además de una sustancia química añadida. En el caso de las PunaCap contienen acetolamida, muy efectiva para el mal de altura pero que puede ocultar algunos de sus efectos severos. Lo más importante es que en las primeras 48 horas tengas una alimentación liviana (una sopa de verduras o pollo) y que camines despacio, sin prisa. Además de estas medidas preventivas, es muy bueno el té de coca y tomárselo con mucha calma. En caso de encontrarse muy mal lo mejor es descender a una población con menor altura y aclimatarse tranquilamente. En el hotel Huasi Continental donde decidimos hospedarnos conseguimos una triple por 4$ cada uno. Se encuentra muy cerca de lo que se conoce como la zona roja, conjunto de calles del casco viejo de Quito en las que se ejerce la prostitución y donde deambulan rateros y maleantes. La verdad es que por la noche los alrededores se quedaban muy solitarios por lo que conviene no arriesgarse.

Desde la ventana de mi habitación se ve perfectamente El Panecillo, una montaña con cerca de 3000 metros de altura que fue bautizada así por su parecido con un pequeño pan. Cuentan los historiadores que este montículo recibió su calificativo de los conquistadores españoles aunque se cree que su nombre auténtico es Shungoloma que en quechua significa «loma del corazón». En la época preincaica se erigió sobre él un templo dedicado al culto del dios Sol, llamado Yavirac, el cual fue destruido por el indígena Rumiñahui mientras resistía con sus tropas al avance español. En 1976, el artista español Agustín de la Herrán Matorras realizó en aluminio el monumento a la Virgen María que se encuentra en la cúspide del cerro. Está compuesto por siete mil piezas y es considerado como la mayor representación de aluminio del mundo.

El Panecillo

Para subir al Panecillo es recomendable hacerlo en taxi por unos 6 dólares (Ida y vuelta con espera incluida). No solamente por la comodidad y rapidez sino para evitar que te roben o atraquen en el ascenso. Quito es una ciudad que me llamó la atención por su arquitectura y la disposición de calles, decenas de iglesias (Iglesia de la Compañía de Jesús, Iglesia de San Francisco, Monasterio de San Agustín…) y monumentos. Me esperaba pasear por una ciudad sin demasiado atractivo pero descubrí su encanto que resultó un tanto empañado por los síntomas del mal de altura.

LA MITAD DEL MUNDO

El ser humano tiende a etiquetar y clasificar todo: Animales, plantas, montañas, planetas… No sé de donde surge esa necesidad no sólo de delimitar espacios y lugares sino de hacerlo además con sentimientos tan puros como la amistad o el amor. En ese afán por dibujar el mapa terráqueo, un grupo de científicos conformado por los franceses Pedro Bouger, Luis Godin y Carlos María de la Condamine, los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa y el ecuatoriano Pedro Vicente Maldonado formaron en el año 1736 la Primera Misión Geodésica con la intención de comprobar la redondez de la Tierra. Durante los 9 años que tardaron en realizar cálculos imposibles los lugareños comenzaron a llamar «Tierras del Ecuador» a los alrededores de Quito, tomando como referente el paralelo que divide al planeta en dos hemisferios.

La Mitad del Mundo está ubicada 13 kilómetros al norte de Quito. Para llegar a la línea imaginaria equinoccial o paralelo cero (0°0’0″) es necesario hacer alguna que otra combinación de transportes. En primer lugar tomé el trolebús hasta la estación «Y griega» (a la que los habitantes de Quito llaman Ye). Muy cerca de allí se toma por 25 céntimos el metrobus hasta la parada de «La Ofelia». En esta estación no hay más que buscar el bus de la compañía Transhemisféricos que por 15 céntimos te dejan en la misma puerta de acceso. En aquel lugar se erige un monumento de 30 metros de altura que conmemora la importancia del trabajo de la Primera Misión Geodésica. Fruto del despiste entre latitudes, longitudes y hemisferios en el siguiente videoiosing incurro en un error, decir que el ecuador está en la longitud 0 y no es así.

En el ecuador…

Cuando uno conoce las condiciones en las que tienen que vivir muchos ecuatorianos día a día, entiende el porqué de la ola masiva de emigrantes que salieron de su tierra para ir a España en busca de una vida mejor y con más oportunidades. Todos esos españoles que han olvidado que hace años fuimos un pueblo de emigrantes deberían reflexionar y exterminar esos sentimientos xenófobos y racistas. Un dato irrefutable; el 40% de los ecuatorianos viven bajo el umbral de la extrema pobreza.

Próximo destino de la ruta panamericana: Cuenca (Azuay).


OTAVALO


QUITO


MITAD DEL MUNDO