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Tras un mes realizando únicamente Autoestop como medio de locomoción y caminando alrededor de Islandia siento que es importante compartir algo de esta experiencia. Todos parecen saber lo que es hacer Autoestop, pero muy pocos lo saben porque muy pocos han probado verdaderamente a hacerlo. A continuación trataré de describir lo que es hacer Autoestop; pero, si sigues leyendo, no lo aceptes; si lo aceptas es porque no lo sabes; experiméntalo, sólo entonces sabrás de lo que estoy hablando.

Hacer Autoestop no es levantar el dedo pulgar en una carretera, o escribir un destino en una hoja con letras bien grandes; esto son sólo técnicas para ser recogido en carretera, como lo puede ser llevar un gorro de color llamativo para que los conductores te vean desde lejos. Hacer Autoestop es conocer a otro ser humano, de cuyas circunstancias o rodaje no sabes nada, y enriqueceros mutuamente. Si contemplamos detenidamente la forma en que nos relacionamos con otros descubriremos que conocemos a gente dentro de nuestra área de confort, es decir, haciendo aquello con lo que estamos familiarizados; así conocemos a gente que desempeña trabajos en nuestro campo profesional, en nuestros centros de enseñanza, realizando el mismo deporte o actividad que nosotros, otros turistas en otras ciudades, etc. Esta forma «normal» de conocer gente es muy limitante, es como decirse a uno mismo: «Si no hace y piensa como yo no podemos mantener una relación auténtica». En muchos casos se podría afirmar que queremos conocer a gente que nos repita lo que ya creemos conocer, para así reafirmarnos; en otras palabras «no estamos buscando conocer gente, sino espejos». Conocer gente haciendo Autoestop te garantiza un intercambio cultural abierto, siempre y cuando puedas comunicarte con el conductor, y aún si éste no es el caso, te garantiza intercambiar mucho más, una auténtica conexión.

Cuando un autoestopista y un conductor se conocen se establece un vínculo instantáneo de confianza. El conductor elige confiar en el autoestopista y el autoestopista en el conductor. Este vínculo, más allá del que todos los seres humanos compartimos, garantiza un comienzo idóneo para cualquier relación real entre dos personas, además del bienestar automático que experimentan tanto quien ayuda a otro, como quien es ayudado. De ahí que cuando hago Autoestop siempre pienso que estoy ofreciendo algo.

Entre las cosas que como autoestopista puedes ofrecer, además del placer de la generosidad, se hallan «dos ojos nuevos». Al ser nuevo en un lugar tu mirada no se ha corrompido por la costumbre, puedes observar, y naturalmente observas, cosas que el conductor debido al hastío de la rutina ha dejado de ver, o nunca ha visto. Muchas veces me he maravillado del paisaje o un animal a los lados de la carretera, y a continuación he escuchado a mi conductor u otros pasajeros exclamar sorprendidos y sonrientes: «¡Es cierto! ¡Es increíble!», como si a través de mí se hubieran dado cuenta por primera vez de algo que habían visto, sin ver, cientos o miles de veces.

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Foto: Szymon Kochański

Otras veces basta con tu curiosidad para hacer a alguien feliz. ¿Cuántas personas se interesan por la vida de gente sencilla? Yo lo pregunto todo: ¿Y qué pescado sacáis? ¿Está vuestro caladero lejos? ¿Qué tipo de barco lleváis? Se han desviado con alegría de su ruta, solamente para enseñarme con orgullo sus oficios, o me han invitado a cenar, o a cocinar juntos, o me han enseñado fotos guardadas como tesoros, sólo por hacer preguntas como éstas. Algunas personas, raramente escuchan a otras personas preguntarles con auténtica sed. Sí, «sed», curiosidad, receptividad.

Cuando haces Autoestop te sientes inevitablemente libre, porque es una acción de humildad que implica dejar los miedos a un lado, soltarlos; y eso se contagia. Escucharte hablar puede ser el mejor regalo para quienes te recogen. Algunas personas te admirarán por lo que haces, porque ellos no se atreven a hacerlo; yo no les dejo que me admiren, les digo «yo soy especial por ser quien soy, al igual que tú, nada más; todos podemos hacer lo que yo estoy haciendo y muchas otras cosas». Al escuchar esto, a veces, sonríen con verdadera pasión; otras veces su cara se entristece como si pensaran «yo no puedo», pero al poco se vuelve calmada, como si comenzaran a sentir, «quizá puedo». Basta con esto para mejorar la vida de cualquiera, cambiar un «no puedo» por un «quizá puedo». Basta con darnos permiso a nosotros mismos, y darle permiso al resto, para que la vida comience a manifestarse con toda su alegre belleza.

Veo más caras sonrientes y felices sin gastar un euro haciendo Autoestop, que ningún otro día soltando dinero. Cada vez que me recogen doy gracias, una sonrisa suele ser la respuesta, a veces silencio, o un «de nada». Cada vez que me bajo de un coche doy gracias de nuevo, «gracias a ti» es casi siempre lo que escucho de vuelta, acompañado de una gran sonrisa; a veces abrazos (aunque os pueda parecer increíble); a veces me dicen «mañana paso por aquí a tal hora, si sigues aquí te recojo de nuevo»; a veces me han invitado a sus casas; a veces se han desviado de su ruta sin avisarme para llevarme a mi destino de un día; a veces me han ofrecido comida; a veces me han recogido por pena en mitad de una ventisca, gente aparentemente cerrada que no había recogido jamás a nadie, y al bajarme los ví agradecidos, emocionados. Haciendo Autoestop contemplo el cambio, y también veo que hay gente muy pero que muy buena en el mundo, y no conducen Ferrari.


Anónimo the author

Realizador de Audiovisuales y Espectáculos, Fotógrafo y Actor. Entusiasta de los viajes sin itinerario ni fecha de finalización predefinidos. Disfruta descubriendo personas, culturas y lugares diferentes. Ha trabajado y cursado sus estudios en diferentes ciudades europeas. Actualmente se haya inmerso en un viaje que comenzó hace más de un año a través de Asia y Oriente Medio.