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Salva Rodríguez; Reflexiones de un mochilero con una vuelta al mundo de cuento

Salva Rodríguez con su bicicleta

No todos los días se tiene la suerte de intercambiar experiencias con grandes viajeros, esos seres a los que algunos llaman «locos» por el simple hecho de seguir las directrices del corazón. Hace pocos días os propusimos un plan nada despreciable: dar la vuelta al mundo sin moverse de casa.

Entre esas propuestas se encontraba el libro «África. Un viaje de cuento» del aventurero Salva Rodríguez y que podéis adquirir en la librería online Paquebote. En su paso por México, donde nos encontramos actualmente rodando algunos reportajes, hemos conversado con él sobre los seis años que lleva subido a una bicicleta dándole la vuelta al globo. El diálogo fue tan provechoso que os ofreceremos esta entrevista en más de una entrega. La segunda parte la publicaremos el próximo lunes 4 de junio.

Salva Rodríguez antes de salir a recorrer mundo era profesor de Educación Física en un instituto de Jaén. 34 años recién cumplidos, una vida muy activa, montañero, ciclista, viajero… ¿Cuál fue el detonante que le empujó a coger una bici y salir a conocer mundo a principios de 2006? Salva llevaba haciendo viajes cortos de un par de meses desde los veintitantos años. Había visitado 35 países y sabía lo que era viajar en bicicleta. «Quería tener la experiencia de un ciclo anual, alejarme de la vida occidental, vivir las aventuras con las que soñaba cuando era un adolescente, y por supuesto, quería sentirme un nómada», nos cuenta este viajero. Salva había acumulado «demasiados sueños, demasiados lugares a visitar y había regresado a casa de vacaciones sin quererlo demasiadas veces».

¿Se puede vivir como un nómada?

Poco después del primer año, me gustaba usar esa palabra -nómada-, sin embargo no fue hasta los tres o cuatro años de viaje cuando descubrí que sí, que me había convertido en eso. Y entonces, ya no me importaba la palabra… Se puede vivir como un nómada. Se aprende a decir hola y se aprende a decir adiós, a veces te llevas alegrías en el corazón, a veces te dejas un trozo del mismo en algún lugar, pero sigues camino. Se vive en la maravilla del vértice humano, en el contacto casual que nos hace mostrar lo mejor de nosotros mismos en esas breves horas o días de fraternidad, no hay lugar para las emociones del cotidiano ni la rutina. Las relaciones de paso poseen una intensidad especial, aunque con el tiempo aparece la sombra, la falta de implicación, de compromiso, la superficialidad temporal de quien está de paso. Vivir como un nómada es una opción que implica renuncias.

Seis años de tu vida en la carretera, ¿qué echas de menos de casa? ¿qué te empuja a seguir recorriendo cada rincón de este planeta?

Bicicleta de Salva RodriguezNo echo de menos nada de casa. Sé que voy a regresar en 3-4 años y tendré todo lo que se me antoje. Echo de menos cosas de lugares por los que difícilmente volveré a pasar, comidas, costumbres, paisajes, personas que conocí y que por sus circunstancias jamás volveré a ver. El viaje se ha transformado en algo visible, en una compañía, y se merece consideración.

Ahora creo que debo terminarlo, es una vuelta al mundo y debe ser completada. De alguna manera, estoy prisionero de este sueño, o acaso, por mucho que tratemos de ser libres, los hombres acabamos buscando alguna atadura, aunque sea una pasión. Me gusta decir que si encuentro una razón para dejar este viaje, lo dejaré, pero creo que no es cierto. Sigo teniendo curiosidad por disfrutar la diversidad del mundo, por vivir acampando en lugares hermosos, por vivir en el silencio de las montañas, los desiertos y el ruido de las ciudades nuevas. Cierto es que el asombro tiene ahora un umbral mucho más alto, que la mayoría de las cosas puedo asociarlas a algo que ya he visto antes, pero eso mismo me hace buscar con más ahínco lo único, lo que no existe en otros lugares.

El viaje te cambia, te redefine. ¿Cómo era el Salva de hace seis años y el de ahora con tantas experiencias en las alforjas de la vida?

Se me hace difícil recordar al que era antes de este viaje. Son 6 largos años llenos de demasiadas experiencias. No se puede ser impermeable a tanta exposición. Seguramente mis prioridades en la vida han cambiado, sea más simple, también más fuerte. Cambia la perspectiva con la que afronto las dificultades, más relajada, sin tensiones; los problemas se hacen menos frecuentes y más nítidos. Tengo mayor respeto a las gentes, a su forma de ser, más humanidad en el trato.
Viajar te pone en contacto con cientos de personas que piensan y actúan diferente, y lentamente aprendes a no situarles en oposición; a no ver lo diferente como opuesto.

¿Has llegado a ese punto en el que necesitas poco para vivir?

Necesito muy poco. Comida, agua y un lugar para pasar la noche, nada más. He pasado etapas diferentes a lo largo de los años. He viajado sin contar el dinero, he contado cada céntimo gastado, me he puesto límites, los he quitado… al final he acabado gastando más o menos lo mismo, unos 210-270 euros al mes. De esa cantidad, mucho se va en visados o repuestos del equipamiento. Para la vida diaria me basta entre 3-6 euros al día, dependiendo de la economía del país donde esté.
Vivir con tan poco dinero puede sorprender o provocar incredulidad, pero es algo que se aprende. Uno se habitúa a buscar las ofertas en comida, a encontrar ropa gratis o de segunda mano, a regatear con simpatía… incluso a veces quedan siempre un par de dólares para tomarse un capuccino de tanto en tanto.

Elige tres momentos para olvidar.

Estoy con Borges, ‘Solo una cosa no hay, y es el olvido’. No quisiera olvidar algo tan terrible como fue el ataque de unos perros en Rusia, o el miedo que sentí cuando casi me disparan con un AK (fusil de asalto) en un control afgano. Sí quisiera olvidar algunas personas que en un momento dado tuvieron una reacción miserable.

Salva Rodriguez dando la vuelta al mundo en su bicicleta

Salva Rodríguez es un aventurero que vive el viaje con el corazón, que sueña, siente e inspira con sus acciones. Cuenta Salva Rodríguez (Granada, 1971) que su primera experiencia de cicloturista ocurrió en su época de estudiante, un fin de semana en que quería ir a Málaga pero estaba sin dinero para el autobús. “Bueno, tengo una bicicleta”, pensó, y saboreó entonces por vez primera la libertad y el viento mágico que pone el mundo a nuestros pies. Se animó, hizo varias salidas y por fin se decidió a dar la vuelta a España con 34.000 pesetas de “las de entonces”. Descubrió que nada, ni siquiera el dinero, es un obstáculo para cumplir los sueños, y empezó a soñar en voz baja…

¿Qué enseñanzas te ha dado la carretera que no te hubiese proporcionado una vida rutinaria como la de la mayoría de mortales?

En una vida rutinaria las experiencias diversas son muy limitadas y se está muy aferrado a la idea de quien se es, a qué se pertenece. Esa visión, ser algo, por definición convierte a lo que es diferente en opuesto, en ‘lo que no soy’. Viajar te hace conocer una diversidad inmensa, hasta empezar a darte cuenta que reducir a un hombre a sus creencias, ideales, o su lugar de origen es ridículo, pues te hace enfrentarte a todo un mundo inmenso que no es como tú eres o como tú quieres que sea. Es una batalla perdida. Y te rindes. Aceptas la diversidad y dejas atrás el conflicto de los opuestos, de lo que tú no eres ni podrás ser nunca. El ‘otro’, ‘lo otro’, dejan de ser un enemigo para convertirse en algo que te despierta curiosidad y con lo que puedes convivir, que te aporta otra visión. Y en esa misma idea, haber conocido muy diversas formas de pensar, de actuar, genera un pensamiento más abierto que ve la vida desde múltiples puntos de vista; y esto es interesante, las relaciones, los contratiempos, los proyectos personales, son más fáciles de llevar a buen término con una actitud poliédrica y tolerante.

En todo viaje siempre hay momentos de dudas, de nostalgia… ¿has tenido momentos de esos en lo que has pensado en dejarlo todo y regresar a casa?

No. Volver a casa se ha convertido en un lindo sueño, un sueño que además quiero retrasar, saborear el momento en que lo vea acercarse. Claro que he tenido situaciones en las que quise salir de donde estaba, pasar una zona peligrosa o un mal momento, pero siempre pensando en saltar a otro lugar, no en volver a casa. De todas formas, pienso que en los momentos duros -duros de veras- es donde sabes que no puedes soñar en que te saquen de ahí y te lleven a casa, tienes que salir por tu propio pie, y una vez superados, ¿quién quiere volver a casa? Lo que quieres es descansar y volverte a meter en problemas.

En tu periplo por Norteamérica, ¿Sigues llevando en tu manillar el abeto Juan? ¿Cómo se sube a tu bicicleta? ¿Te hace compañía en los momentos de soledad?

Desgraciadamente, el abeto Juan se quedó en la frontera de Montana, en los EE.UU. No me dejaron introducir un árbol canadiense en su país, aunque estábamos rodeados de los mismos abetos en ese lugar…. Una lástima. Amo los árboles y había empezado a hablar con él.

Salva Rodríguez en su bicicleta

¿Piensas volver? ¿necesitas una razón?

Para no terminar la vuelta al mundo sí necesito una razón, o quiero pensar que existe esa posibilidad. Algo tan poderoso que en la balanza pese más que mi voluntad de terminar este viaje. Para volver, no. Este es un viaje de ida que de tanto alejarse ha empezado a acercarme a casa, y dentro de unos años estaré allí, con mis amigos y mi familia. Necesito volver, sin prisas, pero es algo claro. Lo que no tengo tan claro es cuánto tiempo permaneceré en casa después.

Has recorrido África de cabo a rabo, a mí personalmente es el continente que más desconozco y el que me da «más respeto». ¿Qué sensaciones te llevaste de este inmenso continente?

Innumerables. África es el continente que más me ha marcado, por su gente, por su dureza y por el aura que desprende su tierra. Allí sentí todas las emociones que se pueden generar, desde miedo hasta dicha, sed, hambre, dolor, gozo, cobardía, arrojo… África te explota como ser humano para sobrevivir cada día. También aprendí a despreciar el dinero, a cambiar la forma de juzgar la vida, jamás diría hoy que África es pobre, y tal vez lo diría de Europa. De alguna manera, convivir con el ‘tiempo africano’ te cambia mucho la perspectiva sobre el día a día, dejas de vivir organizado externamente por un reloj y un calendario, y pasas a vivir sumando acontecimientos. A día de hoy, el tiempo que empleamos en hacer lo que queremos me parece el verdadero tesoro de la vida, y en África son millonarios.

Después de África, Asia y Japón donde creo que estuviste trabajando y ahorrando dinero para continuar. ¿Qué trabajos has hecho para llenar de nuevo la hucha y seguir pedaleando?

En Japón trabajaba en un hotel para pagar mi estancia, un trabajo cómodo de 15 horas semanales. Allí vendía dvds con imágenes de mi viaje, di charlas a clubes de ciclistas. Es una buena forma de ganar dinero aunque exige quedarse quieto una temporada. Para continuar viaje decidí apostar por publicar un libro.

El libro al que se refiere Salva se titula «África. Un viaje de cuento». ¿Qué van a encontrar nuestros mochileros en tu libro? ¿cómo se gestó publicar este trabajo, es una forma de recaudar fondos para seguir viajando?

Pueden encontrar un viaje a ras de suelo, con mucho contacto con la vida africana, los ciclistas pasamos la mayor parte del tiempo con gente normal, con experiencias alejadas de los circuitos turísticos. También pueden percibir el cambio del viajero, la evolución conforme me alejo del confort europeo. Y por supuesto, pues hay también aventuras, tribus hostiles, elefantes violentos y dificultades. Este libro respondió a una insistencia de parte de varios amigos, al igual que ocurrió con la página web.

«Un viaje de cuento» nació en Japón, hasta ese momento mi privacidad la consideraba más valiosa que compartir mi viaje. Ahora, un año después, me alegro mucho de haber hecho caso a mis amigos y haberme bajado del burro. Con el libro ocurrió igual, nació de las ganas de compartir, e igualmente es una intento por ganar el dinero suficiente para que pueda volver a casa pedaleando.

Salva Rodriguez PakistánUn 24 de enero de 2006, con algunas cosas nuevas y otras de toda la vida, Salva Rodríguez partió de su natal Granada rumbo a África en una bicicleta. En ese instante no tenía la menor idea de los cientos de amigos que haría en el camino, de la gente que le ayudaría en los momentos más difíciles, que le brindarían sonrisas, comida… Ha dormido en algunas de las casas más pobres del planeta, también en hoteles de lujo; sabe que el Salva que se fue ya no es el mismo de ahora. Dejó atrás «una madre y muchos amigos, una vida feliz y cómoda, vida que no era la que soñaba cuando era un adolescente». Antes de emprender esta aventura en la que ya ha cumplido seis años de vida, estuvo dos veces a punto de romper su billete de regreso a España estando de vacaciones veraniegas; una en Venezuela, otra en Polonia. Como bien dice Salva, atrás quedó un profesor de instituto, un sueldo fijo para toda la vida y el paraguas para resguardarse cuando llueva. Se ha convertido en un trotamundos sin casa y de momento, no piensa volver.

Imagínate un chico o chica, que sueña con viajar pero está en su casa indeciso, no sabe si tendrá el valor, le da miedo… ¿qué consejo le darías desde tu propia experiencia personal?

Creo que cuando alguien está indeciso es mejor no tomar decisiones importantes, y un viaje largo es una decisión grande. En mi opinión, una partida sin billete de regreso responde a ‘no poder permanecer más’, no se sienten dudas de lo que se ha de hacer. Soy bastante partidario de la teoría de la escalera, ir de escalón en escalón. Yo recomendaría empezar por viajes cercanos y cortos, ganar confianza, descubrir que el miedo existe sólo en nuestro interior, e ir construyendo su propio camino. He conocido a gente que ha salido afrontando un proyecto que le quedaba largo y que al año han perdido la ilusión por viajar, se quedan atrapados por semanas en el confort de un backpackers sin hacer nada. Habían sido seducidos por la magia de los grandes viajes sin estar realmente hambrientos de ello.

Estás ahora de camino hacia Ushuaia, ¿viajar por Latinoamérica es sentirse un poquito más cerca de casa que hacerlo por Asia o África?

Absolutamente. De hecho, llevo casi 6 meses en México. Todo es cercanía, el idioma, las costumbres, la calidez, todo. Estoy completamente colapsado, me siento en casa.

Y después de América, ¿a dónde vas?

Si todo va más o menos bien, de alguna manera encontraré un barco que me lleve a algún lugar de Europa, tal vez desde Brasil; viajaré un tiempo por Europa, tengo muchos amigos que visitar, también quiero ir en invierno al Cabo Norte noruego, ver las auroras boreales y finalmente regresar a España.

¿Viajar es como una droga? ¿Es un virus que uno se inocula y no se puede desprender de él? ¿Qué crees que tiene que pasarte para volver a quedarte quieto en un lugar?

Tal vez. La novedad constante, la intensidad, conocer a personas de vidas interesantes, todo ello genera felicidad, genera endorfinas. Y cuando uno se detiene, ciertamente el cuerpo parece acusar la falta de estimulación. De cualquier manera, yo aspiro a que este viaje sacie esta necesidad que me había creado y pueda mirar atrás con paz, sin ansiedades por conocer esa esquina de ese mapa, que cuando regrese a casa sea libre para emprender nuevos sueños, sueños que ya se están gestando lentamente. No me gustaría sentirme prisionero de ese virus. Y bueno, para permanecer en un lugar pueden ocurrir muchas cosas, una de ellas es retomar los estudios de Antropología, algo que ahora pienso puedo asimilar con otra perspectiva; o concentrarme de una vez por todas en la música y poderle dedicar horas cada día. Tal vez, una familia. En la vida hay multitud de formas para encontrar la luz, la alegría; viajar no es más que una de ellas, quizás muy llamativa, pero nada más que una de ellas. En mi caso, lo considero una etapa, aunque tal vez estoy engañándome.

¿Tus más allegados saben que eres así feliz y han asumido que esa es tu forma de vida?

Sí. Mi madre, en especial, sabe que hago lo que quiero y está muy feliz y orgullosa. Creo que los amigos verdaderos, la gente que realmente quiere, lo hace respetando la independencia de quien aman. Y algunas personas simplemente somos inquietos, libres. Sabemos amar, pero no necesitamos amar; somos sociales y también queremos nuestro espacio y silencio. No nos atamos, no nos comprometemos, pero lo damos todo en el momento y sus circunstancias. Quien de una manera u otra pasa un tiempo cerca de alguien así aprende a dejarlo estar, sabe que si lo agarra demasiado fuerte entre las manos y aprieta, el pez se escurre y salta fuera.

Yo llevo también viajando de forma diferente, ahora puedo trabajar mientras viajo haciendo reportajes para una tele, he pensado muchas veces sobre mi forma de vida y si encontraré una persona con quien compartir mi vida y mi pasión por viajar, ¿te gustaría formar una familia o es algo que si ocurre, ocurrirá y si no, no? ¿el amor te puede encontrar subido a una bicicleta?

Si, es una cuestión que ronda por mi cabeza, pues acabo de cumplir 40. Aunque es difícil que el amor llene todo lo que ocupa una vida nómada. Para los que vivimos disfrutando la novedad constante, la intensidad de la pasión, comprometerse en una pareja con futuro se ve con cierto pánico. No sé cuál puede ser mi respuesta con una pareja estable en la que el paso de los años cierra los espacios para la sorpresa. No obstante, puede ocurrir, no tengo ninguna puerta cerrada ahí, y en principio dudo que sea con una viajera; para mí, viajar está inextricablemente ligado a la soledad.

¿Qué cosas no podrían faltar en tus alforjas?

Bueno, hablando de cosas materiales, no sé si puede ser muy similar el equipaje de un ciclista al de un mochilero. Viajando en bici se lleva una casa encima, y además, varía en función de climas fríos o cálidos; en los segundos, casi todo es prescindible menos una mosquitera. Para aquellos que les guste llegar a lugares remotos y ser autónomos, en mi opinión un filtro de agua es imprescindible. Personalmente, considero que las actitudes con las que viajamos son más importantes que el equipaje, «si quieres viajar ligero de equipaje, deja en casa tus prejuicios y tus miedos» me dijeron una vez.

Viajas solo, muchos lo hacemos, ¿te sientes solo? ¿qué te dice la gente que te encuentras en el camino? ¿piensan que estás loco?

En absoluto me siento solo. La única ocasión en que sentí soledad fue durante los 3 meses que viví en Tokyo, pero viajando, jamás. Para mí el contacto con la Naturaleza está lleno de comunicación, la belleza despierta diálogos dentro de quien la contempla. Bosques, desiertos, glaciares, selvas, animales, flores, todo es un infinito emisor de mensajes; solo hay que despertar la sensibilidad y saber escuchar. Y donde hay gente es muy fácil establecer comunicación, ser invitado a una casa, la bicicleta es una puerta abierta a la interacción. En suma, todo lo contrario, no siento la soledad como algo negativo sino que a menudo la busco.

Por supuesto que la gente piensa que estoy loco, pues viven vidas urbanas en donde no hay cabida ni tiempo para esa comunicación con la naturaleza. Desconocen lo que hay más allá de las murallas de su castillo y lo que tienen dentro de ellos mismos, viven completamente abrumados por ruido, por entretenimiento, y el silencio les parece aburrimiento. Para encontrarse con uno mismo y con el mundo, el silencio es la primera llave. Y se necesita tiempo para descubrir ese secreto. Entonces, desde esa perspectiva, para quien vive rodeado de consumismo, anuncios, juguetes y lucecitas, obviamente yo estoy loco.

Si quieres conocer más sobre Salva Rodríguez y sus últimas aventuras puedes visitar su web o comprar su libro «África. Un viaje de cuento».

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