Paisaje panorámico de Alaska y su naturaleza deslumbrante al norte de Estados Unidos

A pesar de llevar en Alaska cerca de 5 días, continúa sorprendiéndome la práctica ausencia del término noche en este lugar. La noche -dejadme usar esta palabra- del jueves al viernes me desperté a las 3 de la madrugada y pude comprobar que seguía siendo de día. Antes de coger la furgoneta del hostal que nos acercaba a la entrada del parque, tomé con Fran a las 6 de la mañana un generoso desayuno con dos huevos sunny side up (que significa algo así como la cara del sol hacia arriba, uséase, un par de huevos fritos corrientes con sus yemas solares), patatas fritas, una gruesa loncha de jamón york y cantidad de tostadas. Portentosa base alimenticia para empezar un día con las pilas bien cargadas.

Una vez en el Wilderness Access Center, fui a la taquilla a ver si la suerte me sonreía y quedaban tickets para poder hacer la excursión a la misma hora que Fran a un lugar del parque llamado Fish Creek. Debí nacer con una flor en el culo porque quedaba un único pase y llegué segundos antes que un señor que venía con la misma intención. A veces se gana y a veces se pierde. Lo siento señor desconocido.

El recorrido duraba en total 6 horas con diversas paradas a lo largo del camino en las que acudir al baño y dar un corto paseo. El conductor del autobús, equipado con un micro de teleoperador y con un tic de respiración nasal tipo sorbemocos cada 5 minutos, se encargaba de amenizar el viaje con chascarrillos, información interesante sobre cada uno de los lugares y advertencias sobre los peligros de la vida salvaje del parque. Y es que este parque es único donde los haya. Prácticamente no hay senderos marcados y tienes total libertad para bajar del autobús en el momento que desees y hacer caminatas allá por donde te plazca. Eso sabiendo que por ahí perdidos hay animales peligrosos como osos Grizzlies o negros y otros bichos aparentemente apacibles pero que pueden resultar igual de letales como los alces o caribús. Esto no quiere decir que uno por ejemplo pueda acampar a sus anchas donde quiera, para ello hay reservadas zonas para las que hay que comprar un ticket, ver un video educativo sobre los peligros del parque y llevar un recipiente especial para meter la comida y que los osos no la huelan. ¡Pobre Yoggi! ¡Cómo va a conseguir sus emparedados! Menuda contradicción.

De camino a Fish Creek

Los paisajes y animales del parque eran sobrecogedores. Mientras que nuestro conductor nos soltaba una chapa de aquí te espero, el resto de pasajeros debíamos dedicarnos a buscar entre las infinitas praderas y montañas todo tipo de animales posibles: ardillas (Rubens, aquí les dicen escuirels, ¿recuerdas Pokemon?), cabras salvajes, pájaros, nutrias, alces, caribús y osos Grizzlies y negros. Cada vez que alguien veía algo debía gritar STOOOOOOOOOPP!!! y comenzaba la oportuna sesión fotográfica. Pude ver todos los animales que acabo de enumerar, algunos de ellos bastante cerca. La jornada de más de 6 horas y 202 kilómetros recorridos no podía haber sido mejor.

A las 17:30 regresamos con el empanado de Seth al hostal. Mientras ordenaba un poco mi tienda de campaña y grababa unas imágenes del lugar con la cámara de video, conocí a Wullie McLeod (pronunciado Maclaud, como un personaje de alguna serie que ahora mismo no recuerdo). Este señor de 54 años, amante del chocolate, más aún del alcohol -como posteriomente me cercioraría- es oriundo de Haines, pequeña población pesquera situada al sudeste de Alaska. Me pasé prácticamente toda la tarde conversando en inglés -reconozco que yo mismo alucinaba como podía mantener una conversación tan larga en este idioma- sobre temas diversos. Wullie alucinaba que yo fuera caucásico (vamos, más blanco que la sal) y fuera spanish. Constatemente me decía «not dark, not dark» mientras se liaba un cigarro y le daba un trago a su cerveza. Luego pasó a definirme como spanyard, término que supuestamente utilizan los yankis para diferenciarnos de los mejicanos y demás latinos. Aunque algunos crean que España está pegado a Méjico.

Wullie enseñándome a jugar el Horseshoe

Mientras Wullie se agarraba una caraja de aquí te meneo (pudo beberse entre 7 y 8 latas de cerveza), me enseñó a jugar a este juego en el que tienes que encajar herraduras de caballo que pesan un quintal en un palo metálico. Luego me mostró su pequeña habitación en un edificio situado detrás del restaurante del otro lado de la carretera en el que lava platos, me invitó a un par de sus cervezas y regresamos al río para seguir hablando durante un par de horas más sobre sus antepasados confederados en la guerra civil, su trabajo como trampero de zorros y castores, la triste situación de su novia alcohólica que vive en Haines y el gran amor que siente por estas tierras. Una dura vida que me conmovió y que espero haber alegrado por unas horas con un poco de comprensión y compañía. El día terminó compartiendo una cena a la que yo le invité mientras Wullie terminaba de ahogar las pocas palabras que su cerebro llegaba a pronunciar en su última cerveza. Sus ojos de repente se le iluminaron al verme pagar la cuenta, se levantó, me estrechó la mano y me dio un fuerte y ebrio abrazo diciéndome que nunca nadie le había invitado a nada. «Yo siempre me lo he pagado todo». Siempre hay una vez vez, Wullie.

Al día siguiente vuelta a levantarse pronto, desayuno de campeones y una nueva visita al parque durante 11 horas para llegar más lejos aún, destino a Wonder Lake, precioso lago localizado frente al McKinley a 150 kilómetros de la entrada del parque. En este lago en días de claridad la gran montaña de Norteamérica se refleja con una bella impresionante.

A orillas del río Toklat

Al regresar tuve que esperar tres horas a la furgoneta puesto que la hora de regreso eran las 21:30 y pasé uno de los peores momentos del viaje. Era tal la fátiga que tenía acumulada de todos estos días que me dio un bajón físico bastante fuerte llegando a pensar que en algunos momentos me desmayaba. Logré aguantar tumbado y escuchando música para distraerme y me metí al sobre rápidamente nada más llegar al hostal.

GALERÍA DENALI NATIONAL PARK

[flickr-gallery mode=»photoset» photoset=»72157594187266483″]


Anónimo the author

Videoperiodista, documentalista y aventurero. Entre mayo de 2006 y junio de 2007 realizó uno de los grandes viajes de su vida: la ruta panamericana. De esta aventura nace el documental “La costura de América” que narra su viaje en solitario de 45.000 kilómetros, realizado íntegramente por tierra y más de 11 meses desde Prudhoe Bay (Alaska) hasta Bahía Lapataia en Tierra de Fuego (Argentina). Ha trabajado como corresponsal de la Agencia EFE en la India y realizado decenas de reportajes sobre turismo, cultura y sociedad para el canal de televisión español Telecinco. En enero de 2014 estuvo nominado en los Premios Goya con su cortometraje documental "La Alfombra Roja" rodado en un slum de India y que lleva acumuladas más de 130 selecciones en festivales de cine de todo el mundo. Sigue mis viajes en mi perfil de Twitter, Facebook e Instagram.