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lunes, septiembre 21, 2020
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La vuelta al mundo a pie en cinco años: Nacho Dean

En alguna ocasión os hemos contado la historia de grandes mochileros Salva Rodríguez que está dando la vuelta al mundo en bicicleta desde hace varios años. Los hay que lo han hecho a pie (Nacho Dean), en moto, en furgoneta, a caballo, por etapas, en medios de transporte público y los más avezados, que son pocos, se atreven a hacerlo a pie.

Es el caso del malagueño de 32 años, Nacho Dean Mouliaa, diplomado en Publicidad y RR.PP por la Universidad Complutense de Madrid y Técnico en Medio Ambiente que el jueves 21 de marzo de 2013 parte desde Madrid a darle la vuelta al mundo y viajar a pie durante 5 años.

Nacho Dean en su vuelta al mundo a pie

Nacho Dean ha logrado un hito único: es el primer español en dar la vuelta al mundo a pie. Esta singular hazaña le valió sendas nominaciones en los premios Discovery Awards 2014 y el Princesa de Asturias 2015 en la categoría de la Concordia.

Earth Wide Walk: La vuelta al mundo caminando

Ignacio Dean, va a dar la vuelta al mundo y viajar a pie en cinco años

Su proyecto Earth Wide Walk consiste en una vuelta al mundo a pie y en solitario en la que cruzó durante 5 años los cinco continentes (Europa, Asia, Australia, América y África), con un mensaje asociado de amor y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra.

«Libre y salvaje», el libro de Nacho Dean

«Libre y salvaje» es el libro de Ignacio Dean donde resume todas las aventuras que vivió en su periplo de 3 años, 4 continentes, 31 países y 33.000 kilómetros recorridos paso a paso. Dean gastó 12 pares de zapatillas. Viajó a pie. En solitario. Sin asistencia. Ininterrumpidamente. El libro resume con todo lujo de detalles la historia de la fascinante aventura del primer en dar la vuelta al mundo andando.

Rebajas Libre y salvaje: La gran aventura de la vuelta al mundo a pie (Zenith Original)
Rebajas La llamada del océano: La gran aventura de unir nadando los 5 continentes...

«El sentido de la vida es luchar por nuestros sueños, y este viaje nace de un sueño: dar la vuelta al mundo caminando. ¿Por qué a pie, y no en moto, en bici o en furgoneta? Porque, como dijo alguien una vez, yo quería el pastel entero y no solo una porción, una aventura con mayúsculas, mi canto a la vida y a la libertad», afirma el aventurero malagueño.

Durante su vuelta al mundo andando Ignacio Dean presenció un atentado terrorista en Bangladesh, escuchó dingos aullando alrededor de su tienda de campaña en Australia, le intentaron asaltar con machetes miembros de las maras en El Salvador, estuvo frente a un rinoceronte en las junglas de Nepal, contrajo la fiebre chikungunya en México, probó la ayahuasca en Perú… Un gran viaje inolvidable.

Expedición Nemo: unir los 5 continentes a nado

Nacho Dean nadador y aventurero en la Expedición Nemo

Pero, Nacho Dean no se ha quedado quieto. De carácter sosegado pero tenaz, este aventurero acometió una nueva hazaña. Después de haber dado la vuelta al mundo caminando, tenía una «deuda pendiente con los océanos». Tras más de un año de entrenamiento y 2.500 kilómetros nadando, Nacho Dean se embarcó en la Expedición Nemo entre 2018 y 2019, un desafío que le llevó a unir los 5 continentes a nado para lanzar un mensaje de conservación de los océanos.

expedición nemo infografia Nacho Dean

«Vivimos en un planeta donde más del 70% de la superficie está cubierta por agua. Todos los días escuchamos noticias sobre la contaminación por plásticos, la pérdida de biodiversidad, la subida del nivel del mar por el calentamiento global. Sin embargo, el mar es el gran olvidado, hasta el punto en que llamamos Tierra a un planeta que debería llamarse Agua».

En este nuevo libro, Nacho Dean retoma el estilo épico y aventurero que desarrolló en su anterior obra para compartir con nosotros las lecciones que ha aprendido tras convertirse en el primer español en unir los 5 continentes a nado. Además, aborda temas como el liderazgo, la superación personal, la resiliencia y la gestión de equipos.

Nacho Dean en el Estrecho de Gibraltar en su reto Expedición Nemo
Fotografía: Guillermo Pérez

Entrevista con Nacho Dean antes de su vuelta al mundo a pie

En Mochileros TV entrevistamos a Nacho Dean pocas horas antes de su partida y os anunciamos que colaboraremos periódicamente en su aventura con artículos firmados de puño y letra por este aventurero que nos contará sus peripecias desde allá donde se encuentre. ¡Buena suerte mochilero!

Nacho, ¿tienes alguna experiencia viajera previa a esta gran aventura?

He vivido en muchos sitios, aunque los últimos 6 años he residido en Madrid. Soy una persona aventurera, deportista y amante de la naturaleza pero, sobre todo, sensible y apasionado…no entiendo la vida si no es para luchar por tus sueños y, de esta actitud, nace este proyecto.

¿Esta vuelta al mundo a pie será tu primer gran viaje?

Viajar es una de mis pasiones y viajar a pie un reto. Hasta la fecha he viajado a 13 países, con una variedad de climas y culturas que van del desierto del Sáhara a Laponia, por encima del círculo polar Ártico, en invierno. He realizado a pie varias rutas de largo recorrido: GR11 transpirenaica, Kungsleden trail (Suecia), cuatro variantes del camino de Santiago (Norte, francés, primitivo y El Salvador, con más de 2000 kilómetros) y numerosas rutas y ascensiones en media montaña. Este es el primer viaje de esta envergadura en el que me embarco.

¿En qué consiste el proyecto Earth Wide Walk?

Earth Wide Walk es una vuelta al mundo a pie en solitario que cruzará durante los próximos 5 años los 5 continentes (Europa, Asia, Australia, América y África), que va a llevar asociado un mensaje de amor y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra, nuestra hermosa casa, y comienza con la primavera.

Puede que haya gente que piense que eres deportista profesional, aventurero con grandes sponsors… ¿Cómo te has entrenado para emprender esta vuelta al mundo andando tan singular?

En cuanto al entrenamiento físico, siempre me ha gustado mucho el deporte por lo que no he entrenado más de lo que lo hago habitualmente. Para mí el ejercicio, además de una necesidad, es un juego y una diversión, y lo tengo integrado en mi día a día como un hábito. Mis entrenamientos suelen consistir en 1 ó 2 horitas de carrera (unos 20 kms), 3 ó 4 de bici (unos 100 kms) y 1 ó 2 de natación (4 ó 5 kms) que voy alternando con los días según me va apeteciendo. Los días que descanso suelo escalar, además de comer bien, dormir, hidratarme y estirar, que son igual de importantes que el ejercicio. La motivación mental la saco, sencillamente, porque estoy haciendo lo que quiero y me gusta, del apoyo de la gente que me rodea y de otras historias de esfuerzo y superación que hay en el mundo. De todas formas, ante un viaje tan largo no importa tanto la fortaleza física como la mental. Ambas se irán poniendo a prueba a lo largo de todo el recorrido.

¿Cuándo surge esta idea de viajar a pie y… hay un por qué detrás de ella?

Esta idea surgió hace un par de años, pero no ha sido hasta hace unos meses cuando tomé plena conciencia de que podía hacerse realidad y me puse manos a la obra para verla materializada.

Detrás de ella hay un canto a la vida, y la necesidad de aportar mi granito de arena para apostar por una nueva realidad y hacer del mundo un lugar mejor: creo que trabajando en la relación que la humanidad mantiene con la naturaleza y el planeta se pueden abordar muchos de los problemas que actualmente nos acucian y que no se pueden resolver con la misma mentalidad que los creó.

A los que ya hemos viajado durante varios meses por el mundo siempre nos preguntan: «Oye, ¿y de dónde sacas el dinero? ¿tiene que ser caro viajar tanto tiempo?»

Al final viajar forma parte de la vida, y hay quien gasta más y quien gasta menos. En general, reducir los gastos superfluos y tener amigos, contactos y gente que te abra sus puertas son dos factores importantes que hacen que tu viaje sea más barato, a la par que largo e intenso. Además, siempre hay un conocimiento que uno va adquiriendo con la experiencia. Para este viaje he elaborado un presupuesto. Parte lo cubro con ahorros y colaboraciones de patrocinadores. Sin embargo, todavía hay una parte sin cubrir, por lo que estoy abierto a futuras colaboraciones de sponsors y organizaciones, así como de particulares ilusionados con el proyecto que quieran ayudar a que se haga realidad.

Ignacio Dean en invierno dando la vuelta al mundo caminando

Dean ha calculado un presupuesto para este viaje de unos 60.000 euros reunidos entre patrocinadores, ahorros personales y empresas que apoyan el proyecto. Parte con mucha ilusión y con el reto de avanzar cada día una media de 30 kilómetros. ¡Buena suerte mochilero!

¿Qué esperas de este gran viaje? ¿Es tu primer gran aventura?

Con este viaje espero cumplir el sueño personal de dar la vuelta al mundo caminando, conocer numerosos países, culturas y gentes, y aportar mi granito de arena para hacer del mundo un lugar mejor y más respetuoso con la naturaleza y el medio-ambiente.

¿Cómo vamos a poder seguir tu aventura?

La primera vía de difusión y, por tanto, de seguimiento del viaje, será el propio camino, es decir, el itinerario por el que transcurra la marcha y en el que espero encontrarme con muchos de vosotros… Otro canal serán los medios de comunicación (tv, radio, prensa) con entrevistas y menciones a lo largo de la caminata. Además, hemos creado un blog: www.earthwidewalk.org con conexión a las redes sociales (Facebook, Twitter y Youtube) donde iré relatando mis pasos.

¿Tienes miedo? ¿Qué sensaciones te generan los primeros momentos previos a tu partida?

Miedo, no. Tengo muchas ganas de comenzar a caminar, y las dificultades las integro como parte del camino. Lo que más me va a costar es estar lejos de mi familia.

5 años caminando. ¿Qué mete uno en ese carrito que será tu casa? Difícil elegir lo que se lleva y lo que no.

Voy a meter lo básico y necesario: material de camping (tienda de campaña, saco de dormir y esterilla), comunicación (móvil, net-book, cámara de fotos y vídeo y, más adelante, un gps), alimentación (comida, agua, camping-gas y alguna parrilla), ropa (en función de la época y región), kit de reparación del carrito, botiquín, documentación… Me ha llevado un tiempo organizarlo todo, buscando siempre ser práctico y ligero.

Nacho Dean, cómo dar la vuelta al mundo a pie

¿Este viaje se ha forjado en alguna inspiración previa? Libros, algún escritor…

No especialmente, siempre he escuchado mi corazón y he seguido mis propios sueños, si bien es cierto que el mundo está lleno de historias de esfuerzo y superación muy inspiradoras.

Pregunta tópica pero no menos importante, ¿qué piensa tu círculo cercano cuando les comunicas que quieres convertirte en un nómada?

Me he encontrado con reacciones de sorpresa, admiración, envidia, entusiasmo… Mi familia, aunque un poco reacia al principio por el peligro que puede entrañar un viaje de este calibre, siempre me ha apoyado y ha estado ahí desde el principio.

Una cita de viaje: «La suerte de vivir…la necesidad de luchar por tus sueños.»

Un libro: «Hojas de hierba» de Walt Whitman.

Una canción que pueda definir el espíritu de Earth Wide Walk: «One more cup of coffee» de Bob Dylan / «Como el agua» de Camarón.

La vuelta al mundo a pie: crónicas de Nacho Dean

A estas alturas estamos seguros que ya tienes la respuesta a esta pregunta: ¿Quién fue el primero en dar la vuelta al mundo a pie? Conocí a Ignacio Dean mucho antes de de que esta gran aventura fuese una realidad. Y tuve el placer de poder compartir en tiempo real algunas de sus crónicas en primera persona durante esta vuelta al mundo andando. Disfruta de ellas.

Nacho Dean cumple un mes dando la vuelta al mundo a pie

Nacho Dean en Francia

¡Hola amigos! Hace un mes y medio que salimos de Madrid, del kilómetro 0 de la puerta del Sol, y parece que hace ya años. Al día de hoy estoy en Aix en Provence, Francia, en casa de unos amigos, y en una semana calculo que entraré en Italia.

Ahora aprovecho para darme una ducha, comer bien y descansar en una cama caliente, detalles que, mientras en la ciudad estamos acostumbrados a ellos y casi no apreciamos, cuando uno está inmerso en un viaje tan largo se echan en falta. La verdad es que una buena alimentación, así como el descanso, son dos factores básicos para llevar a buen término un viaje de esta envergadura y características.

También aprovecho para hablar, aunque suene extraño, desde que entré en terreno francés paso la mayor parte del tiempo solo y, cuando hablo con alguien es en francés, idioma en el que no me desenvuelvo muy bien. Así que ahora, con amigos españoles compartimos experiencias, idioma y risas, junto a algún merecido vino.

Una compañera asidua desde que salí de Madrid está siendo mi amiga la lluvia. De seis semanas que llevo en ruta, más de 3 se las ha pasado lloviendo, pero ya me he acostumbrado. Con tener la piel seca y el cuerpo caliente puedo estar caminando muchos kilómetros, al acabar el día me cambio de ropa y problema resuelto. Incluso tiene su parte buena, la lluvia evita deshidrataciones, por lo que tienes menos sed y consumes menos agua que caminando bajo el sol abrasador. Además, gracias a ella el paisaje está verde y fresco.

Con tanto tiempo solo, tengo muchos ratos para pensar. Desde cuestiones técnicas (material, visados, medios de comunicación…), escribir en mi cuaderno de viaje o echar de menos a la gente, son muchas las cosas que pasan por mi cabeza a lo largo del día. Otras, sin embargo, no pienso en nada y me limito simplemente a disfrutar del paisaje y el momento.

Me encuentro fuerte, motivado y feliz. Es lo que tiene estar persiguiendo tu sueño y lanzando un mensaje tan bonito y necesario de amor y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra. Creo que vivimos momentos necesarios, por motivos de sobra conocidos, para apostar por una nueva realidad, y este es mi personal granito de arena por un mundo mejor, y mi canto a la vida y a la libertad.

Y bueno, aprovecho para hacer un llamamiento a todos aquellos que se quieran venir a caminar unos días, una etapa, un país, así como que quieran ofrecerme una ducha o un plato de comida…es un viaje abierto a todo el mundo y estaré encantado de compartirlo con todos vosotros. Así que nada, os mando un abrazo fuerte, espero que seáis felices, y nos vemos en el camino. ¡Hasta pronto!.

Nacho Dean

Earth Wide Walk: dos meses dando la vuelta al mundo a pie

Earth Wide Walk

¡Hola mochileros! Hace 9 días se cumplieron dos meses de esta caminata que me llevará durante los próximos años a atravesar los cinco continentes y dar la vuelta al mundo caminando. La última vez que os escribí lo hice desde Aix en Provence, en Francia. Hoy lo hago desde Latisana, a escasos 50 kilómetros de la frontera de Italia con Eslovenia, a la que calculo entraré en un par de días si la lluvia me lo permite.

Muchas cosas han ocurrido en este último mes, pues como digo, cada día es una aventura repleta de anécdotas, tantas que a menudo se me olvidarían si no las fuera registrando en mi cuaderno de viaje. He pasado por los paseos marítimos de la costa d’Azur, bonita pero demasiado ostentosa para mi gusto, repleta de mansiones y lujosos coches (Niza, cap d’Ail, Mónaco…), por la costa italiana de Liguria, más humilde y auténtica con sus pueblos de pescadores y sus casas de colores (Ventimiglia, San Remo, Laigueglia, Finale Ligure…) hasta Génova, donde un grupo de amigos me recibieron calurosamente tras una etapa de 65 kilómetros.

De ahí, dejando atrás la costa, me adentré por el bello valle del río Trebia, con sus verdes montañas y sus lindos rincones, dormí junto a ríos, avancé por estrechas y sinuosas carreteras y tuve el día más duro hasta la fecha: pinché tres veces debido a lo desgastadas que estaban las cubiertas de mi carrito, me quedé sin parches, cayó una tormenta, incomunicado al quedarme sin batería del móvil y sin comida por ser domingo y las escasas tiendas que había en los pueblos que salpicaban el curso del río estaban cerradas. Tuve que refugiarme en el porche de una iglesia en un pueblo abandonado y, al día siguiente, acercarme hasta el siguiente pueblo inflando cada poco la rueda pinchada, donde pude recargar el móvil y llamar a mis amigos de Génova, quienes me trajeron parches y comida. En cuanto llegué a Piacenza cambié las cubiertas de mi carro y celebré así mis dos primeros meses de marcha, unos 2000 kilómetros.

Sapo en la carretera durante la vuelta al mundo de Nacho Dean

Después proseguí hasta Verona, hermosa ciudad en la que pasé un día entero, y continué hasta Vicenza y Treviso. Ayer dejé atrás Portogruaro y, como os digo, en uno o dos días me adentraré en tierras eslovenas a través de Monfalcone. En la capital, Liubliana, me esperan dos amigas, alguna entrevista para algún medio de comunicación y, seguro, más de un buen momento.

He atravesado Mónaco los días anteriores al Gran Premio de F1, por lo que trascurrí por sus calles como quien camina por un circuito, curiosa sensación. Hace unos días mi itinerario se cruzó con la última etapa del Giro de Italia, caminé por carreteras desiertas que habían cortado para el paso del pelotón, pudiendo campar a mis anchas en medio de la carretera. En Génova me topé con dos caminantes que venían con un carrito naranja desde Rumanía rumbo a Tarifa, intercambiamos las palabras y abrazos típicos de los caminantes solitarios faltos de conversación. Me he refugiado en remolques de camiones, he dormido en viñedos, he escuchado ruidos extraños de animales junto a mi tienda, me lavo los dientes en las fuentes de los pueblos, he pasado miedo en la noche bajo el resplandor de los rayos en mitad de la tormenta, estoy conociendo gente maravillosa y sigo hablando y cantando solo por los caminos y arcenes de las carreteras. La lluvia continúa cayendo tenaz y persistentemente, buscando mellar mi tesón pero, como decía Bruce Lee, no puede llover eternamente…

Un abrazo, y hasta pronto.

Nacho Dean suma en Estambul 4.500 kilómetros andando en 4 meses

Nacho Dean dando la vuelta al mundo a pie

¡Hola mochileros! Os escribo desde Istanbul, ciudad a la que he llegado tras cuatro meses justos de caminata desde que salí de Madrid (21 de marzo-21 de julio), cuatro intensos meses para recorrer los cerca de 4.500 kilómetros que separan ambas ciudades. Ahora estoy a las puertas de Asia, descansando unos días, disfrutando de la visita de algún familiar, y aprovechando para poner el carrito a punto y actualizar la web y las redes sociales.

Desde la última vez que os escribí, en Latisana (Italia), he recorrido Eslovenia, pequeño país de 2 millones de habitantes del que me llevé una grata sorpresa por la belleza del paisaje y la calidez de sus gentes. Después crucé Croacia de oeste a este por una carretera cercana a la frontera con Bosnia con edificios bombardeados, fachadas de casas con restos de metralla de la guerra y campos minados.

De repente, cuando estaba entrando en Serbia, el tiempo cambió radicalmente y empezó a hacer temperaturas de 40 grados, por lo que cambié el ritmo y caminé varias noches a la luz de la luna. Me alojé en casa de algún político, un músico y, en general, conocí gente abierta y cercana que hicieron muy agradable mi paso por este país. Después vino Bulgaria, se me partió el manillar por la soldadura que le hice en Tovarnik (Croacia) e hice el segundo cambio de cubiertas a las ruedas del carrito (más o menos cada 2.000 kms). Como os podréis imaginar cualquier problema técnico cuesta “un mundo” solucionarlo. Entré en Turquía por Edirne y, tras más de dos días entrando en esta enorme ciudad, llegué a Sultanhamet, en el corazón de Istanbul en pleno Ramadán y con luna llena, mágico, tras justo 4 meses de caminata.

He aprendido algunas palabras en serbo-croata, básicas para desenvolverme en los países de la ex-Yugoslavia, a pesar del cirílico, y mantenido conversaciones con habitantes de estos países a base de gestos. En concreto, recuerdo a dos ancianas con las que pasé media hora riéndonos de la vida sin ellas saber español ni yo croata. De las 124 noches que me ha llevado alcanzar Istanbul, he pasado 78 en mi tienda de campaña, casi nada, algunas de ellas breado por los mosquitos. Me he gastado unos 1.000 euros, he tenido la suerte de recibir la visita de amigos y familiares en Sofía (Bulgaria) y Estambul (Turquía), y ya he tirado a la basura mi primer par de zapatillas.

He realizado entrevistas para medios de comunicación en Eslovenia. Tuve la suerte de aparecer en el telediario de la cadena pública RTV SLO y la gente me invitaba a sus casas o me ofrecía cosas por la calle. También en Serbia para la televisión, así como para prensa. Hace unos días, ya en Turquía, me hicieron una entrevista periodistas de la Anadolu Ajansi y hemos aparecido en televisión, prensa e internet. Igualmente, la acogida en redes sociales sigue siendo estupenda y el número de seguidores no para de crecer día a día. Para mí es una suerte poder dar a conocer este proyecto, así como difundir un mensaje de conservación y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra.

Sin embargo, y a pesar de que me guste mostrar la cara más amable del viaje y la belleza de este mundo en que vivimos, el día a día no es nada fácil. Palizas diarias de 45 kilómetros bajo la lluvia o el sol abrasador, además de lavar la ropa en fuentes, hacer la compra, cocinar en el fuego, arreglar pinchazos y dormir en el suelo dentro de mi tienda de campaña, sucio y sudoroso, todo aderezado con la inestimable compañía de mi inseparable soledad, se hace duro… pero pienso, es el camino que he elegido.

Mapa de la ruta de Nacho Dean por Europa

Ya Europa queda atrás y tengo la mente puesta en Asia, la prueba de fuego, como yo la llamo. Una vez hecho el rodaje, ahora afronto este gran continente con respeto y curiosidad, sabedor de que entran nuevas y difíciles variables en la ecuación: visados, enfermedades y culturas, climas y ecosistemas muy diferentes. Y nada más empezar ya tengo tres “pedruscos” a la vista: Turquía, Irán e India caminando, enormes retos dentro de este gran desafío que es dar la vuelta al mundo a pie. Pero que espero que con vuestro apoyo y ánimo todo resulte más liviano y el camino sea más sencillo.

Porque si hay una razón que trasciende a todas las demás es la de contar una historia de valor y coraje para demostrar que no hay nada imposible y que no existen más límites que los que nosotros queramos asumir. Salir del hastío, el desencanto, y crear, esa es mi apuesta. Porque la educación y la cultura son un hechizo, sólo una de las maneras de percibir la realidad, pero las posibilidades son infinitas y tenemos en nuestras manos la oportunidad de vivir nuestra fantasía y apostar por un mundo mejor. ¡Así que este viaje, amigos, familiares y gente del mundo, va por ustedes!

Un abrazo y hasta pronto. Nacho Dean.

Earth Wide Walk, seis meses dando la vuelta al mundo a pie

Earth Wide Walk, la vuelta al mundo a pie de Nacho Dean

Hola mochileros, ya ha terminado el verano, muchos habréis vuelto ya de vuestras vacaciones, los más jóvenes habréis incluso empezado las clases, pero por aquí el paso de las estaciones no marca más que un cambio en el tiempo…la aventura continúa, tal vez más cruda y solitaria, y hoy os escribo desde Goris (Armenia), a escasos 4 días de la frontera con Irán, mientras ahí fuera cae una tormenta de época.

La última vez que os escribí fue desde Estambul, ciudad a la que llegué tras justo 4 meses desde que salí del kilómetro 0 de Madrid, con luna llena y en pleno Ramadán, fin de mi caminata por Europa y puerta de paso a Asia. Tras atravesar el estrecho del Bósforo, puse mi primer pie en el continente asiático y pude sentir un cambio más… cada vez me estaba alejando más de mi casa, mi cultura, mi familia, mi hogar. Para mí Asia es la prueba de fuego, un continente de grandes dimensiones, culturas muy diferentes y duros ecosistemas para afrontar caminando. Sin embargo, y a pesar de todo, sé que la fuerza, la motivación y el apoyo de la gente están de mi lado. La fortuna me sonríe, el viento sopla a mi favor y yo quiero desplegar aun más mi vela en esta gran caminata alrededor del mundo.

Recorrí la costa del mar de Mármara, tranquila con sus barcas y sus pescadores, adentrándome por la D-100 en el interior de Turquía a través de Esme, Sakarya, Duzce y Bolu hasta Gerede, donde se encuentra la bifurcación a Samsum y Ankara. Yo cogí la de la izquierda rumbo a Samsum, población en la costa del mar Negro, a través de montañas y paisajes ligeramente áridos. Una vez alcanzada la costa, desaparecen los desniveles para dar paso al calor y a la humedad. No olvidemos que era pleno agosto cuando transitaba por esas tierras. Si bien la costa entraña mayor dificultad que el interior para acampar, te obsequia con algún baño y unos amaneceres y atardeceres preciosos.

A través de la D-010 recorrí los pueblos que surcan la costa del mar Negro: Ordü, Trabzon, Rize, y alcancé Arhavi, Hopa y Sarp, muy cerca de la frontera con Georgia. Aprendí algunas palabras en turco, básicas para desenvolverme, así como de su cultura, historia y religión. El último día tuve la suerte de conocer a unos pescadores que me invitaron a su casa a cenar Sargan (un pez de sabrosa carne) y a dormir, resultando ser una inmejorable manera de despedirme de este país.

Georgia plantea un nuevo cambio, tras más de un mes caminando por territorio turco. Entré en este país de herencia soviética a través de Sarp y Batumi, poblaciones turísticas y libres de los cánones religiosos del país anterior. Me alegró ver la geografía montañosa y verde propia del Cáucaso, a pesar del empeoramiento notable de sus carreteras y la dureza de los desniveles. Vacas en mitad de la carretera, camionetas, un país eminentemente agrícola y ganadero, y de nuevo un idioma al que me tenía que acostumbrar. Ascendí al alto de Goderzi (a 2025 mts) y, cuando llegué a la cima, me quedé sin batería en la cámara. No pude hacer fotos del paisaje más bonito por el que pasé en Georgia. Sin embargo, comí en una de las cabañas de pastores que hay en la cumbre, y ese recuerdo quedará para siempre en mi memoria.

Dormí en los bosques con lobos y pasé por pueblos donde sus habitantes llevan pistola… En 8 días recorrí el sur de Georgia y alcancé, tras Akhaltsikhe, Akhalkalaki y Ninotsminda, el lago Madatapa, que yace como aislado del mundo entre áridas montañas y vientos fríos. Al echar una última foto antes de cruzar la frontera con Armenia a un rebaño pastoreado por una mujer a caballo, la mujer se acercó hasta mí cabalgando y estuvimos hablando en un idioma antiguo, el de los gestos y las miradas, durante unos instantes. Se llamaba Nerine. Entonces, crucé la frontera.

Dos kilómetros en tierra de nadie separan la frontera de Georgia y la de Armenia. No me gusta entrar en un nuevo país al atardecer, prefiero hacerlo por la mañana, así tengo tiempo para cogerle el pulso y ver la atmósfera que se respira. Sin embargo, esta vez el sol estaba ya cayendo sobre el horizonte. Recuerdo que acampé cerca de Bavra anocheciendo y recogí mi tienda temprano al amanecer y con un viento frío.

Avancé a través de Gyumri y Mastara hasta la capital, Ereván, donde pasé una semana en casa de un español arreglando el visado para Irán, preparando el carro y realizando entrevistas para diversos medios armenios. A un lado queda Nakhijevan (perteneciente a Azerbayán), al otro lado de la cordillera el alto Karabakh, y mi itinerario trascurre entre montañas y poblaciones cada vez más distanciadas.

Como os digo, hoy estoy en Goris. El tiempo ha empeorado notablemente, y son cuatro los días que calculo me quedan hasta alcanzar la frontera con Irán. Muchas voces y opiniones distintas llegan a mis oídos respecto a este nuevo país. Un visado difícil de conseguir y de apenas un mes de estancia para recorrer los cerca de 2100 kilómetros que hay de un extremo a otro, un bloqueo bancario que impide sacar dinero del banco o recibir dinero a través de Western Union o Money Gram, unas conexiones a internet bastante limitadas, una muy cercana guerra de Siria (con la reciente decisión de intervención por parte de los EE.UU y aliados, siendo Irán aliado de Siria) y una geografía muy árida hacen más difícil todavía la ya de por sí complicada tarea de cruzarlo a pie.

Como siempre, una vez más, no me queda más remedio que escuchar mi propio corazón, hacer acopio de valor, mirar hacia delante y confiar en mis fuerzas, en la bondad de la gente y en la buena suerte que hasta el día de hoy me han acompañado…

Un abrazo, y hasta pronto.

Ignacio Dean

De Armenia a Irán y un gran salto hasta la India

Tienda de campaña de Nacho Dean

¡Hola mochileros! Mucho ha llovido, y no precisamente agua, desde la última vez que os escribí, en el armenio pueblo de Goris, a apenas cuatro jornadas de la frontera con Irán. Recorrí los cerca de 150 kilómetros que me restaban atravesando las duras pero bonitas montañas del sur del Cáucaso, entre bosques pintados por la variedad de colores del otoño, amarillos, rojos, verdes y ocres, a través de las poblaciones de Shurnuhk, Kapan y Karajan.

Fue difícil superar los desniveles entre el 10 y el 15% empujando el carro en las cuestas arriba y reteniéndolo en las bajadas, pero la belleza del paisaje no sólo atenuaba mi cansancio, sino que me insuflaba fuerzas para seguir caminando, descubriendo nuevos y hermosos rincones de nuestro planeta, con esa energía que siento cuando me hallo inmerso en la naturaleza. La niebla me acompañó hasta el paso de Meghri, a 2535 metros de altitud, pasado el cual quedó un cielo despejado y pude disfrutar del vuelo de las águilas y las cimas de las montañas, que me decían adiós rumbo a un país desconocido y que afrontaba con curiosidad y cierta tensión.

Atrás quedaba Armenia, pequeña pero intensa, con una de las culturas e idiomas más antiguos de la humanidad, castigada por las guerras, con duros paisajes (aridez y montaña) y en el que tuve la suerte de encontrar muy buena gente, algunos de ellos de Líbano y refugiados de la guerra de Siria. Desde aquí les mando un abrazo fuerte y les doy las gracias por todo lo que hicieron por mí mientras estaba en Ereván, habiéndome hecho sentir como en casa y un miembro más de su familia cuando yo estaba lejos de la mía.

Era un 24 de septiembre. El día estaba bastante avanzado, sin embargo, no podía reprimir las ganas de entrar en Irán. Pasado Meghri, y tras un par de horas inspeccionando mi pasaporte y el interior del carro, entré mediada la tarde. Un visado en el que tenía puesta la mente desde que salí de España, la dificultad de su geografía y el clima, la guerra de la cercana Siria, el bloqueo bancario y de internet, una cultura muy diferente a la mía y multitud de opiniones que llegaban a mis oídos en uno y otro sentido hacían que afrontara este país con cautela. Todo esto junto provocaba en mí cierta inquietud.

Para más colmo, tuve un encontronazo con el ejército a los pocos minutos de entrar: la frontera es zona militar en la que está prohibido echar fotos, pero no pude reprimir las ganas de hacer alguna (no sabía cuándo volvería a pasar por ahí, y la verdad es que la frontera armenio-iraní es espectacular), y me “cogieron”. Por unos instantes me vi de nuevo fuera del país, cuanto menos, sin embargo, pude solventar la situación y continuar milagrosamente mi marcha. Durante los 20 kilómetros que transcurre la carretera junto al río Aras y a la alambrada electrificada de la frontera aún tendría algún otro bis a bis con el ejército y las autoridades, pero la situación se fue relajando hasta que, al segundo día, sobrepasé la población de Julfa y comencé a adentrarme en Irán.

Earth Wide Walk, la vuelta al mundo a pie por IránPoblaciones distanciadas y un territorio eminentemente árido son las notas predominantes, circunstancias que se superan llevando buena cantidad de agua en el carro, pues hace ya varios países que evito beber del grifo o de los ríos. Sin embargo, es inevitable hacerlo de vez en cuando.

Alcancé Tabriz, tras pasar por Marand y Sufyan y encauzar la carretera E-32, mientras me iba acostumbrando a manejar la nueva moneda. La moneda iraní es el rial (1 euro=40.000 riales), sin embargo, en vez de riales hablan de “tumans” (1 tuman=10 riales), por lo que al principio es un lío saber el precio de las cosas, más aún si el tendero habla en “farsí” (persa). Los precios son más bajos que en España (una botella de agua de 1 ́5 litros suele costar 7500 riales, y puedes encontrar una habitación de hotel desde los 300.000 riales), pero al ser tan barato uno corre el riesgo de gastar más de la cuenta. Sin embargo, la gente es muy hospitalaria, y es frecuente que te inviten a dormir a su casa o a comer. Esto último es algo que me sorprendió gratamente, pues no tenía muy claro con qué gente me iba a encontrar. Ellos mismos te dicen que desde fuera se les considera terroristas, pero son gente amable y acogedora.

Tras Tabriz, reanudé la marcha por una carretera plana que surcaba un valle ligeramente verde rodeado de áridas tierras y montañas. Los grandes desniveles pasaban a ser cosa de historia. Pequeños pueblos de tierra y adobe iban quedando a ambos lados, muchos de ellos me daban la sensación de estar abandonados, hasta que veía asomar a alguien por una de sus callejuelas.

Llegué a Miyaneh, donde se me rompió una varilla de la tienda de campaña al ponerla ya anocheciendo y con un viento fuerte. Tuve un encontronazo con unos chavales que me quisieron robar a la altura de Rajein. Sin embargo, en ese mismo pueblo, como posteriormente en Nik Pay y Hidaj tuve la suerte de ser invitado por varias familias muy hospitalarias a dormir en sus casas.

Nacho Dean en IránEra la primera vez que entraba en una casa iraní, y me llamó la atención la diáfana estancia que tienen a modo de salón, donde unos se sienta descalzo y en el suelo a tomar té mientras conversa con los demás hombres. El té (çai) es un elemento presente las 24 horas del día, desde el desayuno con huevos fritos hasta la última hora de la noche. Lo toman trabajando, en casa, en las tiendas, ver a gente conduciendo y tomando té en un vasito de cristal con un termo no es nada raro. Me llamó la atención que el terrón de azúcar (gant), en vez echarlo al vaso y disolverlo con una cucharilla, se lo ponen en la boca y dejan que se vaya disolviendo con cada trago. A veces se paran a un lado de la carretera, echan una manta en el suelo a la sombra, y comen.

Las mujeres llevan todas sin excepción el pelo tapado con un pañuelo, algunas todo el cuerpo con un atuendo negro que les deja sólo la cara a la vista. Y mientras a los hombres se les estrecha la mano, a las mujeres no está bien visto. Por lo general, se come con las manos usando unas hojas de pan (lavage) que se emplean para coger la comida del plato, a modo de pequeños bocaditos. Los cantos desde las mezquitas son menos frecuentes que en Turquía, de hecho, apenas los escuché en mi travesía desde Agarak (en la frontera con Armenia) hasta Teherán. Desde la revolución en que eliminó la figura del Shah de Persia hace unos 30 años, hay dos líderes, uno político y otro muy por encima, el espiritual (actualmente encarnado en el Emam Khomeini). Y nombres como Ferdowsi o Hafez despuntan como poetas en una cultura muy rica e interesante.

Llegué, tras tres semanas de caminata y más de 840 kilómetros, a través de algún valle ligeramente verde pero territorios eminentemente áridos, a Teherán, ciudad bulliciosa con un tráfico muy ajetreado en el que abundan las motocicletas y en el que para cruzar la calle hay que tirarse prácticamente entre los coches. Allí estuve alojado en casa de mis amigos Pari y Freydoun, bastante ocupado gestionando visados para los siguientes países. Sin embargo, pude conocer algo de esta ciudad de más de 11 millones de habitantes y lugares bonitos e interesantes como el Golestan Palace, el parque Shahr, la Milad Tower, Darband o las elevadas vistas sobre la ciudad desde Tochal. Las céntricas calles Valiasr, Fatemie, Shariati, Enghelab o Beshesti acabaron siendo lugares por los que pasaba a diario y las arterias que utilizaba para llegar casi a cualquier punto de la ciudad, fuera la plaza Vanak, Tajrish al norte, la Emam Khomeini Square al sur o cualquiera de las embajadas.

Por falta de tiempo en mi visado, a pesar de que tramité una extensión extra en la que sólo me dieron dos semanas, no pude realizar la segunda parte del itinerario que tenía pensado hacer en Irán, y tuve que volar desde Teherán a India evitando por aire Afganistán y Pakistán, nada recomendables por cuestión de seguridad. Así que desde hace un par de días estoy en Nueva Delhi, una verdadera jungla, preparando el itinerario que durante los próximos meses me llevará a recorrer parte de este país, así como Nepal y Bangladesh. El viaje vuelve a dar una vuelta de tuerca más, y factores como la malaria, el dengue y la fiebre tifoidea entran en juego, muy a tener en cuenta sobre todo al ir caminando y atravesar muchas zonas rurales. Además, el invierno se acerca y me cogerá cerca del Himalaya, en Nepal, país cuyo sur está poblado de extensas junglas con tigres, elefantes y rinocerontes en las que acampar, o simplemente pasar caminando, supone un gran riesgo. En fin, vamos a ver cómo se va resolviendo este panorama en el que espero tener toda la suerte que se merecen lo valientes.

Un abrazo fuerte y, si alguien se anima a hacerme compañía, ya sabe dónde estoy.

Nacho Dean

Caminando desde España hasta la cima del mundo

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¡Hola mochileros! Os escribo desde Katmandhú, capital de Nepal, ciudad a la que llegué hace un par de días tras una etapa de 70 kilómetros. La última vez que os escribí fue desde Nueva Delhi, mientras trataba de aclimatarme a la nueva atmósfera que se respira en esa ciudad… Estuve 3 días gestionando mi visado a Nepal, poniéndome alguna vacuna que tenía pendiente, adaptando mi material y botiquín para este nuevo escenario y al cuarto día me puse en marcha rumbo al noreste.

Tanto mi estancia en Delhi como la salida de esta ciudad fueron bastante duras, por no calificarlas de infernales. Tanto, que tardé dos semanas en empezar a disfrutar mi paso por este país. Una miseria galopante, mucha suciedad en los núcleos urbanos y un tráfico insoportable llenando el aire de humo y ruido (pues no saben conducir si no es tocando el claxon: “blow horn” dicen ellos) hicieron muy difícil física y mentalmente cada uno de los días de estas dos primeras semanas. Además, me estuve metiendo palizas de 40 y 50 kilómetros diarios para tratar de cuadrar poblaciones con alojamiento, por lo que fui acumulando una fatiga que hicieron que casi todos los días acabara con dolor de cabeza y rozara el ponerme malo.

Crucé las poblaciones de Hapur, Shimbhawali, Moradabad, Bareilly, Shajahanpur, Sitapur y Lucknow a través de la región de Uttar Pradesh, al norte de la India. Los alojamientos son bastante baratos, tal que por pocos euros tienes un techo y un grifo en el que lavar ropa y asearte tras la jornada de camino, aunque a veces no sean lugares muy higiénicos. Pequeñas ciudades concurridas, repletas de coches, bicicletas, taxis, camionetas, vacas, perros, puestos ambulantes, basura por los suelos que se quema de vez en cuando en pequeños montones, humo, olor a incienso y templos hinduistas son la tónica del paisaje a lo largo de la NH24, carretera por la que transité estas dos primeras semanas. Pero a partir de Lucknow cambió mi suerte.

EarthWideWalk-India-RamhanUn día me cogió la noche sin haber alcanzado ninguna población ni haber encontrado un alojamiento. Ya me veía toda la noche caminando hasta encontrar uno, cuando un hombre me preguntó qué llevaba en el carro. Le conté mi historia y resultó ser el sirviente del director general de la policía IC de Uttar Pradesh, Mr. Udayan Parmar, quien me proporcionaría alojamiento esa noche y durante varias noches más en los días siguientes en cuarteles de la policía. Además, a partir de entonces comienzo a transitar por la NH29 y pequeñas carreteritas, más tranquilas, con arcén y atravesando pequeñas aldeas y poblaciones rurales. Así proseguí mi andadura, seguido por niños que salían corriendo de sus cabañas al verme pasar, o escoltado por gente en bicicleta dándome conversación durante algunos kilómetros por el arcén de la carretera, a través de Faizabad, Basti, Mehadawal y Campierganj, jungla, macacos, aldeas con cabañas, cultivos y arrozales hasta Sunouli, en la frontera con Nepal. La última noche la pasé a escasos 500 metros de la frontera, contento por estar ya tan cerca de un país al que tenía ganas de llegar y conocer desde que salí de España.

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Así pues, el 22 de noviembre atravesaba la frontera entre India y Nepal a través de la población de Sonauli y me dirigí a Lumbini, ciudad natal de Buddha Siddharta. Esta ciudad es candidata a ser capital mundial de la Paz, lo que hace que muchos países budistas hayan decidido construir en ella un templo y que por sus calles puedas ver un alto número de monjes budistas, siendo un atractivo destino para descansar e ir cogiéndole el pulso a la atmósfera de este nuevo país.

Tras Lumbini avancé hasta Butwal, donde aparece la bifurcación al norte hacia Pokhara y hacia el este a Chitawn. Mi intención en principio era subir a Pokhara y luego a Katmandhú, pero al ser más largo el recorrido opté por coger el desvío a mano derecha, hacia el este. Tardé tres días en alcanzar Narayanghat, Sauraha y el parque Natural de Chitwan donde vi rinocerontes, anacondas, varanos y cocodrilos. Luego fueron otros tres días los que me llevó alcanzar la capital, siempre por una carretera en constante ascenso remontando curso arriba el río Narayani, unos 150 kilómetros en 3 días, con una etapa de 70kms. cuesta arriba el último día.

Desde entonces llevo un par de días en la capital, como siempre, allanando mi camino para los meses posteriores, haciendo entrevistas y tramitando algún visado. He visitado mientras tanto los templos de Swayambhunath, Boudhanath (la estupa más grande de Asia) y la plaza Durdar con sus característicos templos hindúes, además del céntrico y turístico barrio de Thamel repleto de tiendas de artesanía y empresas de deportes de aventura desde las que te saludan con el característico Namasté.

EarthWideWalk-Nepal-KatmandúEstoy contento de estar en Nepal en apenas 8 meses y medio desde que salí de España, si bien es cierto que el viaje cada vez se vuelve más difícil y exige mayores dosis de fortaleza física y mental. Además, el invierno y las navidades están ya cerca, y hay que mantener a raya a la soledad y la morriña, esas malas compañeras con las que hay que aprender a convivir. Ahora tengo la mirada puesta en Bangladesh y en los países venideros de Asia oriental: Tailandia y Malasia, mientras voy aprendiendo que el viaje evoluciona y se mueve como una onda que sube y baja, a veces arriba y otras abajo, como el propio terreno con sus llanuras y montañas, como un rayo de luz, hay días pletóricos y otros más flojos, unos más cómodos y otros inmerso en penurias, pero toca salir a caminar en todos, sin excusas…

9 meses de caminata en solitario y 11.000 kms hasta Bangladesh

¡Hola mochileros! Os escribo desde Dhaka, la capital de Bangladesh, ciudad a la que llegué justo el 31 de diciembre para celebrar el fin del 2013 con buen pie, tras más de 9 meses de caminata en solitario, haber atravesado 14 países y cerca de 11.000 kilómetros en mis piernas. Y digo “celebrar” a título personal, pues Bangladesh es un país eminentemente musulmán y, salvo unos fuegos artificiales que pude oír esa noche, la Nochevieja es algo que no se celebra. Además, hay una situación política algo convulsa, por lo que a las 8 de la noche recomiendan no transitar por las calles de Dhaka.

Abandoné Katmandú en torno al 10 de diciembre tras haber aprovechado para descansar, renovar algo de material (Nepal es un país barato con buena oferta en material de montaña), conocer la ciudad y obtener mi visado de tránsito de India para cruzar un estrecho corredor de 100 kms. a través de este país y que separa Nepal de Bangladesh. Además, estos días que paro y disfruto de conexión a internet, suelo trabajar también: actualizar contenidos en redes sociales, realizar alguna entrevista, responder mensajes y, en especial, dar los últimos retoques a una campaña de crowdfunding en indiegogo.com que estábamos preparando y que sacamos hace unos días para recaudar fondos.

El visado de tránsito tiene una duración de 15 días desde el día en el que te lo expiden, dentro de los cuales puedes pasar 3 en India. Este requisito me obligó a caminar con cierta presteza y sin interrupción desde Katmandhú hasta Kakkarvitta, en la frontera de Nepal con India y, posteriormente, desde Kakkarvitta hasta Changrabandha, punto de paso de India a Bangladesh. Recorrí una pequeña carretera interior en Nepal desde Dhulikhel hasta Bardibas y Dhalkebar, con algún tramo “off-road” en construcción, y paisaje de montaña duro y bonito, atravesando pequeñas aldeas con cabañas y gente pacífica. A partir de Dhalkebar retomé la “autopista” de Nepal que recorre el sur del país de este a oeste. Crucé el gran puente sobre el río Sapta Koshi, bordeé la Wildlife Reserve de Koshi Tappu y alcancé Kakkarvitta a los 12 días de salir de Katmanmdhú… me quedaban todavía 3 para atravesar ese estrecho corredor de 100kms a través de India y que me separaban de Bangladesh. Dejaba atrás Nepal con cierta morriña, pues tenía un visado de 3 meses de los cuales sólo había disfrutado uno. Además, sitios como Pokhara o algún trekking por el Himalaya quedaban en la lista de “lugares pendientes de visitar”, pero el hecho de tener el visado de Bangladesh desde Teherán y el visado de tránsito para India fueron los responsables de que tuviera que darme cierta prisa.

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Era la segunda vez que me adentraba en India en este viaje. La primera vez lo hice por Delhi y Uttar Pradesh. Esta vez era la región de Darjeeling la que verían mis ojos en mi avance hacia Bangladesh, entre plantaciones de té. El paso de Fulbary era el que me quedaba más cercano, sin embargo, al estar sólo abierto para indios y bengalíes, tuve que caminar hasta el de Changrabandha y adentrarme en Bangladesh por Burimari. Pasado el rudimentario control de la frontera, apenas unos puestos de madera y una barrera de bambú, ponía mi primer pie en Bangladesh ante la curiosa mirada de gente que se acercaba a mí y me rodeaban atraídos por el carro. El viaje continuaba, y esta vez era un país completamente nuevo y desconocido para mí.

La primera noche la pasé en una guesthouse de Burimari llamada “Some times”, y al día siguiente apenas avancé unos kilómetros hasta Patgram. Los días anteriores me había dado unas buenas palizas, y tenía el propósito de tomarme con más calma estos días. Ahora, Bangladesh es un país bastante pobre, más en las zonas rurales, por lo que os podréis imaginar en qué tipo de lugares me vi obligado a pernoctar al finalizar de cada etapa. Por poner un ejemplo gráfico, lo de cambiar las sábanas es algo que no se estila mucho, y alguna mañana me levanté acribillado por los chinches.

Los primeros días caminé por pequeñas carreteras sin tráfico, entre árboles, aldeas y plantaciones de patata y tabaco. Perfecto, ideal para descansar y disfrutar del camino. Niños que salían de sus cabañas corriendo al verme pasar, siguiéndome con las bicis, tratando de hablar conmigo y haciéndome todos las mismas preguntas: ¿Cuál es mi país?, ¿cómo me llamo? y ¿qué es eso? (refiriéndose al carro). Cada vez que paraba en un sitio a comprar una botella de agua o a comer arroz con pollo, un corro de gente se formaba en torno a mí…hay que tener algo de paciencia, relajarse y asumir que es así. Son buena gente, pacífica, curiosa y simpática, respetuosa y hospitalaria, con ganas de aprender y relacionarse con la gente de fuera.

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A partir de Rangpur abandono las carreteritas tranquilas y cojo la N5 hasta la capital, a través de poblaciones cada vez mayores conforme me voy acercando a Dhaka, como Pirganj, Bogra, Sherpur y Sirarganj. Atravieso el gran río Jamuna a través del “Bangabandhu bridge” inmerso en la niebla y sin posibilidad de hacer unas buenas fotos. Poco después me enteraría de que este río baja con muy poco caudal. Bangladesh estaba surcado por los ríos hasta hace unos años, ríos provenientes del Himalaya. Sin embargo, en la parte alta, a su paso por India, se recoge mucha agua y estos llegan con menor caudal a las tierras de Bangladesh. También coincide que estoy atravesando estas latitudes en la estación seca, es decir, en invierno, afortunadamente para mí no llueve estos meses y, consecuentemente, los ríos llevan también menos caudal.

En Bangladesh hay seis estaciones, una estación cada dos meses. A las cuatro que conocemos en Europa, hay que añadirles los monzones (julio-agosto) y un otoño tardío que distinguen entre un otoño temprano (septiembre-octubre) e invierno (enero- febrero). Gracias a estos monzones hay una exuberante y variada vegetación entre la que destacan las plantaciones y cultivos, las plataneras y un bambú con infinidad de usos, desde la construcción de cabañas a infinidad de inventos e ingenios muy curiosos y llamativos con los que los habitantes de las aldeas se facilitan la vida.

Actualmente hay una situación algo inestable en el país. Para el 5 de enero había convocadas elecciones, sin embargo, la oposición (BNP) no se presenta hasta que el gobierno no realice una serie de cambios en la Constitución. Esto provoca enfrentamientos en las calles y zonas rurales entre partidarios de uno y otro bando que ya se han cobrado más de 100 víctimas. El otro día viví una situación algo peligrosa debido a estas tensiones.

Earth-Wide-Walk-Nepal-Bangladesh-8Iba en “risha” (rickshaw), las bicicletas-taxi que surcan la ciudad, en compañía de mi amigo Kamrul por una de las grandes avenidas. Los coches, motos y autobuses circulaban con normalidad, a nuestro lado pasaba una camioneta con policía armada con fusiles, y en el otro sentido desfilaba una manifestación en pro del gobierno cuando, de repente, empezaron a caer explosivos provenientes de ningún sitio llenando la calle de humo y ruido, y provocando una estampida de gente, los coches reculando marcha atrás para abandonar la zona, la policía cargando sus fusiles y tratando de descubrir de dónde caían los artefactos, y yo encima de una risha más lenta que el caballo del malo con mi amigo tratando de salir de ahí. Yo estaba preocupado, inmerso en apenas unos instantes en una situación en la que no sabes muy bien cómo reaccionar. Al final, conseguimos alejarnos, hasta que volvió la calma y pudimos acercarnos de nuevo a la zona. Eran explosivos llamados cócteles inofensivos, sólo humo y ruido, lanzados por simpatizantes de la oposición en moto con la única finalidad de causar miedo. Pero claro, yo no sabía eso, y por unos instantes legué a temer por mi integridad.

Por lo demás, Bangladesh y, en concreto Dhaka, es un país con una población estupenda, abierta y generosa. Tuve la suerte de que unos estudiantes se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme techo y comida los días que estuviera en la capital, y he conocido de su mano la ciudad, algo de su historia, cultura y costumbres. He conocido la figura de Bangabandhu, el movimiento Shabhagh, el World Literature Center con interesantes iniciativas culturales, el museo de la liberalización, el Independence monument entre otros… He realizado entrevistas para periódicos de Bangladesh (Kalerkantho y Bonikbarta), prácticamente todos los días me han invitado o bien a comer o a cenar, nos hemos hecho fotos, la gente venía a conocerme impresionados por la gesta, yo me sentía abrumado y pequeño ante gestos y detalles tan bonitos, y he pasado unos momentos muy buenos de los que me va a costar despedirme. Es una población en la que palpitan las ganas de un Bangladesh nuevo, culto y abierto, libre de dictaduras y tiranías, y con un gran futuro. Una población de más de 160 millones de habitantes con una gran cantidad de gente joven así lo augura.

Yo, por mi parte, sigo con este viaje, un viaje muy largo en pro de la naturaleza y el planeta Tierra en el que, a pesar de que la mayoría de los gastos los cubro de mi propio bolsillo, estos se van acumulando, por lo que cualquier contribución por pequeña que sea será bienvenida. Os dejo el enlace de la campaña de Crowdfunding en Indiegogo que hemos sacado, para todos aquellos que queráis ayudar a que esta vuelta al mundo se siga haciendo realidad.

Un abrazo, ¡y os deseo un feliz Año repleto de sueños, alegrías y sonrisas desde Dhaka!

Tailandia, unas merecidas «vacaciones» en mi vuelta al mundo

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¡Hola mochileros! ¿Qué tal fue el invierno? Os escribo desde Sungai Siput (Malaysia) a un día de Ipoh, de camino a Kuala Lumpur. Por la cercanía con el Ecuador, aquí el frío es algo que no se deja notar. Temperaturas que rondan los 40 grados durante el día con bastante humedad hacen que este año prácticamente no haya sentido el invierno. Los días más fríos fueron allá por octubre, cuando atravesaba las expuestas llanuras sin vegetación de Irán y vientos helados provenientes de Siberia y el mar Caspio, tras los montes Albors, me obligaban a caminar bien abrigado.

Ahora, si bien camino todavía con manga larga, es para cubrir mi piel de los rayos solares y evitar quemaduras y el tan temido cáncer, muchas horas/días/años expuesto a la intemperie y hay que tomar precauciones, crema del factor 50 y a veces incluso me cubro también cabeza y cuello con un pañuelo. Ropa a ser posible holgada y de algodón para eludir rozaduras, ya que suelo realizar unos 45 kilómetros diarios de media y hay zonas del cuerpo que con el sudor, el roce y la humedad corren el riesgo de irritarse, como la cara interior de los muslos o las axilas. Y, por supuesto, la máxima higiene posible, necesaria para evitar que una simple rozadura o picadura de mosquito se infecte y se conviertan en herida y una molestia. Como os podréis dar cuenta, hasta el más mínimo detalle es importante, y hay que estar atento y cuidarlo.

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La última vez que os escribí fue en Dhaka, la capital de Bangladesh, país del que me despedía con cierta morriña tras haber vivido unos días intensos y en muy buena compañía. Suele ocurrir que, cuanto más pobre es un país, los gestos de generosidad cobran una mayor dimensión y se aprecian más, es lo que llamo “compartir en la escasez”, o gente que teniendo muy poco te lo da todo. Guardo muy buenos recuerdos de mi paso por ese país y contacto con bellas personas que me abrieron las puertas de sus casas y corazones. Al estar cerradas las fronteras de ese país con Myanmar, el siguiente país en mi itinerario, a mi pesar tuve que coger un avión hasta Bangkok, la capital de Tailandia. Y la diferencia es notable, por decirlo de algún modo y salvando las diferencias, Tailandia es un país más “occidental”, cómodo, limpio y ordenado. Es fácil comprar agua o sacar dinero del banco, la comida es saludable y los precios baratos (la moneda tailandesa es el “Bath”. 1 euro = 40 baths). Además, es un importante destino turístico, avanzado tecnológicamente, con una gran influencia de China y de religión budista, lo que le confería un aire de merecidas “vacaciones” a mi larga travesía alrededor del mundo, y ya avanzando los últimos miles de kilómetros por este segundo continente: en cierta manera, iba poniendo la mente en el paso a Australia.

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En Bangkok estuve una semana conociendo la ciudad, visitando numerosos sitios como el Gran Palace, el Chao Phraya river, el Wat Saket, Chinatown… y reanudé la marcha hacia el sur del país algo presuroso, pues el visado es de 30 días y me quedaban 24 para recorrer cerca de 1000 kilómetros. A partir de ahora la trayectoria de mi ruta pasaba de ser “hacia el este” para ser eminentemente “hacia el sur”. ¿Qué significa esto?, que me va a dar el sol en la cara todo el día, desde que sale por el este hasta que se pone por el oeste. Si a esto le sumamos el calor que hace por estas latitudes y el que refracta el asfalto, tenemos que a mediodía la carretera se convierte en una auténtica plancha de freír, y mis pies son los primeros… En estos países hay dos estaciones, seca (invierno) y húmeda (monzones). Yo hice mis cálculos para llegar en la seca, ahora, estoy bebiendo cerca de 5 litros diarios de agua, es decir, que camino todo el día con una botella de agua en la mano.

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Fui avanzando hasta Cha Am, donde me reencontré de nuevo con el mar, amigo al que no veía desde Sarp, en la frontera de Turquía con Georgia, allá por el mes de agosto. Bandas de monos macaco de cola larga, plantaciones de palmeras (destinadas al famoso
aceite de palma) y de árbol de la goma (de los que recogen el látex practicándoles una incisión en el tronco), templos budistas y puestos de comida a ambos lados de la carretera son la tónica durante estos primeros días. Generalmente comen arroz, pescado y fruta. Hay una dieta rica y variada, pero “chilly”, es decir, picante. A mí me gusta el picante, pero poco, que me deje saborear la comida. Por el contrario, muchas veces acababa con la boca ardiendo y bebiéndome una botella de agua ya para desayunar des par de mañana. Frutos como el mango, la papaya, la piña, la sandía y el famoso y maloliente durian son fáciles de conseguir.

Proseguí hacia el sur tratando de aprender alguna palabra de tailandés y de esta nueva cultura, mientras Myanmar quedaba a mi derecha, al otro lado de las montañas. Comencé de nuevo a acampar (pues ni en India, Nepal ni Bangladesh lo hice) lo que dio pie a varios episodios curiosos. Un día, al caer la tarde, puse la tienda en las famosas plantaciones del árbol de la goma. Era la primera vez que acampaba en Tailandia. Mosquitos, serpientes, oía ruidos que no sabes si pertenecen a aves o a monos, además, con la oscuridad la imaginación se exacerba. Bien, resulta que es por la noche cuando vienen los operarios a practicar esa incisión en el tronco del árbol y a recoger el látex con potentes linternas, pero yo no lo sabía. Así que hacia las 3 de la mañana me despierto con varios focos apuntando a mi tienda y hablándome en un idioma que no entiendo: la policía con varios de los operarios. Les explico qué hago ahí acampado y me dejan seguir durmiendo, cosa que ya no hice mucho más, pues a las 6 amanece, recojo el campamento y me pongo en marcha.

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Otra noche se me llenó la tienda de hormigas y me desperté en mitad de la madrugada por el cosquilleo y el picor. Se colaron por un pequeño agujero en el suelo de la tienda y me tocó “barrerlas” hacia un rincón, ir aplastándolas y tirarlas en montoncitos fuera, operación que repetí varias veces y con la que, aún así, no conseguí eliminarlas a todas. Esa noche tampoco dormí mucho. Como os podréis imaginar ni el descanso es “flex”, ni la alimentación es “como en casa”, ni la higiene es la idónea. No queda más remedio que ir acostumbrándose y adaptándose a las circunstancias, te vas endureciendo y te sorprendes de lo que puedes rendir a pesar de estar alejado de las comodidades. Las ¾ partes de la humanidad viven en la pobreza y realizan trabajos muy duros con una alimentación y un descanso muy justos.

Cedric
Cedric

Como destino turístico que es, coincidí en sus carreteras con varios viajeros cruzando el país en bicicleta, incluso hasta uno andando, Cêdric, un francés que quiere ir caminando de Singapur a Francia. Siempre alegra encontrarte viajeros fuera de los cauces normales, te hacen sentir un poco menos solo y compartes con ellos por unos momentos penurias, alegrías e información que puede ser útil. De hecho, hacia Chumphon, Tha Chana y Lamae iba pensando por qué lugar cruzaría la frontera con Malaysia. Pero el saber que en las provincias del sureste del país hay grupos de islamistas radicales reivindicando la independencia mediante bombas, atentados y violencia, junto con el hecho de que en esas fechas recibí la invitación de un español en Langkawi a pasar varios días en la isla, hizo que definitivamente me fuera orientando hacia el oeste. Y así fui recorriendo los últimos kilómetros de mi travesía por Tailandia por Thung Song, Trang, Palian y La Ngu hasta Satun y el puerto de Tammalang, donde el 6 de febrero, el último día de mi visado, cogí un ferry y atravesé por mar la frontera entre Tailandia y Malaysia rumbo al archipiélago de Langkawi, un precioso conjunto de 99 islas de gente encantadora y naturaleza exuberante. Pero esa es otra historia, y os la contaré en la próxima crónica.

Un abrazo fuerte, disfruten de los suyos y sean felices.

Nacho Dean

Malasia, un año dando la vuelta al mundo a pie

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¡Hola mochileros! Un nuevo texto de mi pluma, un nuevo país bajo mis pies y muchas anécdotas, aventuras y personas nuevas en mi corazón, en lo que ha sido ya mi decimosexto país: Malaysia. Entré un 7 de febrero proveniente de Tailandia a través del Tammalang Pier, en Satún, rumbo al archipiélago de Langkawi, precioso conjunto de 104 islas situadas en el estrecho de Malacca y bañadas por el mar de Andamán en el que pasé una semana. Recibí la invitación por internet de un chico llamado René, y estuve alojado en su barco, un velero blanco llamado “Little Do” fondeado en el puerto del Royal Yacht Club, acostumbrándome a lo que es vivir en una casa que se mueve. Mientras tanto, de la mano de Vijay, uno de los mejores guías turísticos de la zona, pude conocer los rincones más bonitos e interesantes de Langkawi, así como aprender de su cultura, historia y costumbres.

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Visité el Cable Car y pude disfrutar de las maravillosas vistas desde uno de los puntos más altos de la isla. Conocí el Under Water World, un centro con miles de especies marinas. Me bañé en el lago interior de la isla Dayang Bunting Marble. Di de comer a las águilas marinas. Comí la sabrosa barracuda preparada con salsa de pimienta y el rico Nasi Lemak envuelto en hoja de plátano, tome agua de coco viendo atardecer desde la playa de Pantai Cenang, me picó un jelly fish bañándome de noche en el mar a la luz de la luna, realicé entrevistas para el periódico Harian Metro y la cadena de televisión RTM1, conocí gente estupenda y poco me faltó para volar como el águila roja, símbolo de la isla como reza la tradición (Lang=águila, Kawi=roja) si hubiera tenido alas. Un lindo rincón del mundo, que está perdiendo su riqueza natural por culpa de un turismo cada vez mayor. Era mi merecido descanso para ir finalizando un largo y difícil continente, pero todo lo bueno se acaba y tenía que ponerme en marcha.

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El 15 de febrero volví a la península de Malaysia y retomé la marcha rumbo hacia el sur. Nada más abandonar Kuala Perlis, en uno de los ribazos de la carretera, vi un animal grande arrastrándose entre la maleza y desapareciendo. Me pareció un cocodrilo, y me preocupó cuando llegara la hora de acampar. Pero no era un cocodrilo, hablando con la gente local me dijeron que eran varanos, que había muchos en esta zona y pueden llegar a medir dos metros de longitud. Bueno, me tranquilizó algo, pero no mucho, sólo cambiaba de nombre el animalito. Y así, a través de Alor Star, Bedong y Butterworth llegué a Penang. Etapas de 50 kilómetros con mucho calor y bebiendo cerca de 5 litros diarios de agua. Algunas noches las pasé preguntando en las casas si me dejaban a campar en su jardín, teniendo la suerte de recibir una acogida calurosa, familias que me acababan invitando a cenar y desayunar.

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Cuando llegué a la altura de Penang tenía dudas sobre si detenerme y visitar esta ciudad, o continuar la marcha rumbo a Kuala Lumpur. Recuerdo que ese día cambié varias veces de opinión sobre la marcha, varias personas me habían recomendado conocerla, así que finalmente tomé la decisión de desviarme un poco y pasar en ella un par de días. Ciudad de gran historia e influencia inglesa al haber sido colonia durante largo tiempo. Casas coloniales, templos hindúes y budistas, iglesias cristianas, mezquitas árabes, el barrio chino…conforman la arquitectura variada de esta bonita ciudad. Además, pinturas callejeras de Ernst Zacharevic y una rica gastronomía pusieron la guinda a unos fantásticos y breves días en Penang. Por suerte, pude realizar también una entrevista para el periódico malayo en inglés de mayor tirada: The Star, por lo que mucha gente ya empezaba a conocerme y a saludarme desde los coches queriéndose hacer fotos conmigo.

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Proseguí hacia el sur atravesando las pequeñas poblaciones de Bagan Serai, Taiping y Sungai Siput hasta Ipoh. Al poco de pasar Ipoh, en Kampar más concretamente, pregunté en la iglesia si me dejaban acampar en el jardín y, tras asistir a misa, me invitaron a cenar, a hablar a un grupo de universitarios sobre mi viaje y me dejaron un lugar a cubierto donde dormir. De hecho, al día siguiente, dos de esos estudiantes, Leon y Jude me acompañaron durante 20kms bajo el sol abrasador como dos valientes, detalle que me hizo mucha ilusión y agradecí enormemente. Después vendrían Bidor, Slim River y Kuala Kubu Bharu hasta Kuala Lumpur a través de la carretera antigua Trunk Road 1, pues siempre atraviesa pequeños poblados y es más fácil proveerse de agua y comida y buscar un lugar donde pernoctar al caer la noche.

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En Kuala Lumpur me esperaba una persona importante: Javier, un español que contactó conmigo hace tiempo, afincado en Malaysia desde hace 20 años y gracias al cual mi paso por este país ha sido un verdadero placer. De hecho, fue él quien me presentó a Vijay en Langkawi. Y quien me cuidó durante mi estancia en la capital estando prácticamente a mi disposición para todo lo que necesitara. Y fue mediante él que el hotel Meliá me ofreció varias noches gratis. Y mediante quien conocí a Rosa, otra española que me acogió varios días en su casa. Y con quien volví a comer una tortilla de patata, una paella, unas albóndigas y un vino rioja como dios manda, preparadas por nuestro también buen amigo Pedro. Y muchos otros detalles de esos que te hacen sentir afortunado y agradecido con el mundo. Estuve tan a gusto que tuve que cambiar mi billete a Darwin (Australia), pues lo tenía el 16 y por mucho que corriera llegaba muy justo. Así que aproveché la ocasión para reorganizar mi itinerario y decidí recorrer también parte de Indonesia previo salto a Australia: el 24 de marzo volaría de Singapur a Jakarta (Java).

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Reanudé la marcha y abandoné Kuala Lumpur, tras una semana parado descansando, en compañía de Rahim, amigo iraní que conocí estos días y que quiso acompañarme hasta Singapur, es decir, lo que restaba de Malaysia. Pusimos rumbo a Malacca, ciudad a la que llegamos tras varios días acampando y caminando unos 35 kms diarios de media bajo el sol abrasador. Sin embargo, a pesar de haber disminuido el ritmo, la falta de costumbre hizo que mi amigo tuviera que abandonar la marcha al llegar a Malacca por culpa de las ampollas. Es más, cuando te salen ampollas tiendes a pisar mal para evitar el dolor, por lo que acaban molestándote también los tobillos y las articulaciones. Lo mejor en estos casos es parar, cosa que hizo Rahim. Fue un placer caminar con él, cada persona encierra enseñanzas, y me demostró ser todo un ejemplo de coraje, no sé quejó ni una vez de unas ampollas que a más de uno le habrían hecho parar el primer día. Yo me quedé un par de días conociendo la ciudad de Malacca, también con gran influencia inglesa, por lo que puedes encontrar iglesias como la de san Javier y casas de estilo colonial.

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Resulta que en este país he caminado más acompañado que en ningún otro. Así pues, una vez marchado Rahim, dio la tremenda casualidad de que estaba esos días por Malacca de nuevo mi amigo René de Langkawi. Quedamos en vernos y decidimos que vendría conmigo, esta vez patinando. Así, yo iba caminando y René patinando, curiosa pareja, llegamos en varios días de caminata hasta Johor Bahru, última población al sur de Malaysia y frontera con Singapur. Durante estos días volvió a llover, cosa que llevaba varios meses sin hacer provocando incendios, que las plantas amarilleasen y que llegaran incluso a cortar el agua en la capital. Es un país donde llueve mucho y no están preparados para la falta de agua, es decir, no han construido embalses ni pantanos donde almacenar el agua de lluvia. Sin embargo, estos días volvió a llover con abundancia hacia las 2 del mediodía, con rayos y truenos, obligándonos bien a protegernos, bien a caminar empapados bajo la lluvia.

Llevaba varias semanas tratando de allanar mi entrada en Singapur, pues hay que cruzar un puente que conduce a la isla pero está sólo habilitado para vehículos, no para el tránsito de peatones. No recibía noticias buenas por parte de la embajada de España, donde un tal Ivo estaba tratando de conseguir sendas cartas de las embajadas de Malaysia y Singapur permitiendo mi paso. Yo sabía de buena tinta que varios viajeros habían cruzado ese puente caminando, que incluso hay gente local que lo hace a diario, así que decidí hablar directamente con la policía de la frontera cuando llegué al lugar y, explicándoles en qué consistía mi viaje y enseñándoles recortes de entrevistas para la prensa, no sólo me dejaron pasar de muy buen grado, sino que acabamos haciéndonos unas fotos para el recuerdo.

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Crucé el puente ya bastante avanzado el día, repleto de coches por cierto, por lo que al otro lado, en Singapur, ya de noche tuve que acabar durmiendo en un parque. Es una ciudad bastante grande y desde el puente hasta el centro hay unos 30 kilómetros. Si le sumamos que ese día ya llevaba 60 caminados, se convertían en 90, distancia que ni me planteé recorrer. Eran ya cerca de la 1 de la madrugada y decidí pasar la noche como un vagabundo. Mañana sería otro día.

Desde entonces, es decir, desde hace 3 días, han venido a verme de nuevo amigos de Kuala Lumpur y estoy ocupado preparando mi paso a Indonesia, en concreto, a las islas de Java y Bali por las que voy a caminar antes de adentrarme en tierras australianas. Además, así le doy tiempo a que se vaya el verano austral, pues el 50% del territorio australiano es desértico y en verano hace mucho calor.

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Tengo ganas de conocer Indonesia, no tenía muy claro si la recorrería (llevo un itinerario abierto en función de las circunstancias) y sobre la marcha he decidido aventurarme. Una región del planeta muy interesante y desconocida por la distancia que nos queda desde España , pero aprovechando que me encuentro por estas latitudes y que no sé cuándo lo volveré a estar, voy a dejarme llevar y perderme en su encanto. Son ya 17 países caminando, más de 14.000kms y, lo mejor de todo, hace unos días esta Gran Caminata alrededor del mundo cumplía su primer año de vida: 21 de marzo de 2013-21 de marzo de 2014. Y la aventura continúa…

Nacho Dean

De Singapur a Australia, dos continentes en la mochila

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¡Hola mochileros! ¿Qué tal el verano?, supongo que unos a punto de tomar vacaciones y otros ya de vuelta seguro que con algo de pereza y muchas historias que contar. Mi camino, que no entiende de vacaciones, me lleva a recorrer en estas fechas las tierras de Chile, mi primer país en América, el que ya es mi cuarto continente en esta Gran Caminata alrededor del mundo. Pero vayamos por partes…

El 21 de marzo de 2014, justo en el primer aniversario de la Earth Wide Walk, llegaba a Singapur recorriendo a pie el puente que une este pequeño país con Malasia. Fue una decisión de última hora, pues no tenía muy claro si recorrer Indonesia o volar directamente a Darwin y continuar mi periplo por Australia. Sin embargo, el hecho de que la mitad del territorio australiano es desértico y que en los meses de marzo y abril todavía hace mucho calor en el hemisferio sur (las estaciones van al revés que en el hemisferio norte) me aconsejaron recorrer unas islas de Indonesia antes de adentrarme en la tierra de los canguros y los aborígenes.

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Así pues, con un visado de un mes llegaba a Jakarta, la capital de Java, y emprendía la marcha rumbo a Bali. Un volcán en erupción en la isla de Sumatra con el aire cargado de ceniza y polvo fue la razón por la que dejé esta isla atrás sin pisar. Indonesia son las indias del este, y esa fue la primera sensación que me invadió al pasear por las calles de Jakarta. Mucho tráfico y ruido, pero de un modo más suave que cuando estuve en India.

De religión musulmana e hindú, comida barata y rica y afluencia turística, fue un verdadero placer poder conocer su cultura y gentes. Transité por la costa norte de la isla, itinerario más corto que el del sur, pegado a la costa pudiendo disfrutar de los pueblos pesqueros y el pescado frito en la parrilla (Akan bakar). Mucho calor, pero la abundante población así como la frecuencia de tiendas y puestos callejeros para poder tomar un zumo de aguacate hicieron que no fuera excesivamente difícil la caminata por esta isla. Únicamente el siempre presente y molesto tráfico. Es uno de los mayores problemas en Asia, y en el mundo entero, un mundo construido y pensado para los coches, no para los peatones. Reivindico mi derecho a salir a la calle y no tener que respirar el humo de los coches.

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Para pasar de Java a Bali cogí un ferry en Ketampeng y llegué a Gilimanusk, directamente cargado en la bodega junto a los coches. Pude contarles acerca de mi viaje a la tripulación del ferry, que no daba crédito a lo que les estaba contando. Ya en Bali cogí una carreterita estrecha entre árboles y me fui adentrando en la isla, pudiendo comprobar la clara influencia del hinduismo en los templos de la isla con esculturas con cabeza de dragón y los guardianes a la entrada y salida de los puentes.

Recuerdo los chaparrones que caían a mediodía, momento en el que corrías a refugiarte bajo uno de los múltiples tejadillos que pueblan los bordes de la carretera y en los que te juntabas durante media hora con un grupito de personas, todos a resguardo de la lluvia, mantenías un poco de conversación y, al rato cuando escampaba, cada uno reanudaba su camino y seguía por su lado. Cuando me ha caído alguna lluvia posteriormente me acordaba de esos benditos tejados, inexistentes en Australia, donde no quedaba más remedio que mojarse.

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Mucho turismo, sobre todo en la capital, hacía que pudiera ver australianos, surfistas portando sus tablas en motos y gente de todas partes buscando un destino exótico y lindo donde relajarse y poder disfrutar de la hospitalidad de sus gentes, la buena comida y los precios baratos. De hecho, parte de los habitantes de las islas colindantes han ido a vivir a Bali por ser una isla más abierta social y religiosamente que sus vecinas musulmanas.

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Alcanzaba Denpasar con el tiempo justo, por exigencias del visado, para trabajar un poco en la web, las redes sociales, hacer entrevistas y preparar mi equipaje para pasar, esta vez sí, a Australia.

Nacho Dean

20.000 kilómetros y 19 países en la vuelta al mundo a pie

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¡Hola mochileros!, en el último texto que os escribí os narraba mi paso por Singapur y las islas de Indonesia: Java y Bali. El 22 de abril, un año y un mes después de haber salido de Madrid, caía en Darwin, al norte de Australia y me plantaba a las puertas del que iba a ser ya mi tercer continente. Atrás quedaba Asia, el segundo continente, el que había sido la prueba de fuego. Nada más llegar al aeropuerto recuerdo que abrieron mi equipaje buscando restos de barro y semillas enganchadas en mi tienda de campaña, pues son muy estrictos en materia medioambiental y no quieren que se introduzca accidentalmente ninguna especia extranjera que pueda suponer una plaga en su ecosistema. Así que ya monté el carro y me fui andando hasta Darwin.

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Recuerdo muchos cambios respecto al continente anterior y por el que llevaba ya nueve meses caminando. En primer lugar, silencio y limpieza en las calles, gran contraste con el bullicio y la suciedad de las calles asiáticas. Luego, precios muy elevados en contraste también con la barata Asia. Y una gente que en principio me pareció más seca y formal en comparación con la relajada Asia. Tras dos días en Darwin comprando una sim australiana, un mapa del país, trabajando en la web y las redes sociales y comprándome un par de zapatillas nuevas, me puse en marcha el 24 de abril.

Tenía un visado de turista, esto significa que en menos de tres meses estaba obligado a recorrer los más de 4.000 kilómetros que distaban de Sidney, por lo que estuve haciendo etapas de 50 kms todos los días y sin descanso. En el Northern Territory todavía hacía mucho calor en esas fechas, más de 40 grados de día, con lo que estuve bebiendo 5-6 litros diarios de agua. Unas poblaciones cada vez más distanciadas obligaron a tener que llevar encima hasta 75 kgs de peso con agua y comida que debía racionar para llegar al siguiente asentamiento y poder aprovisionarme de nuevo.

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Conforme iba avanzando hacia el sur iba desapareciendo la vegetación y el calor, pero hizo acto de presencia un viento fuerte en contra que dificultó mucho mi marcha. A esto hay que sumarle una peligrosa fauna salvaje, desde cocodrilos a serpientes venenosas, dingos y moscas. Fueron varias las noches que tuve dingos aullando alrededor de mi tienda al olor de la comida. A partir de Three Ways desaparece la vegetación y aparecen miles de moscas lo que obliga a caminar con una tela mosquitera alrededor de la cabeza. El espíritu en la carretera es estupendo pues se sabe que es muy difícil cruzar Australia incluso en coche. Una vez dejado atrás el Northern territory me adentré en la región de Queensland.

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Tras unos primeros cientos de kilómetros también con poblaciones distanciadas, paulatinamente va decreciendo la distancia, por lo que ya no me será necesario portar una mochila extra además del carro con agua y comida como anteriormente. Todas las noches dormí en mi tienda de campaña, la verdad que en Australia es sumamente fácil acampar, llegué a acampar en el parque de algún pueblo, es un país muy libre y salvaje en ese sentido. Sin embargo alguna tarde no acabas de hacerlo muy confiado al ver
deslizarse entre los arbustos alguna serpiente de extraños colores.

Me fui encontrando con muchos viajeros en caravana, en moto y en bicicleta. Sin embargo, sólo di con un caminante japonés que iba de Brisbane a Perth. No es un medio de transporte muy frecuentado el caminar solo apto para valientes.

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A través de Queensland pude ir viendo canguros, camellos, águilas, cacatúas, pelícanos y una fauna salvaje muy rica. Es uno de los privilegios de pasar tantas horas a la intemperie, uno se va fundiendo con la naturaleza y es testigo de la vida diaria de los animales, de sol a sol, pues de día viven unos mientras que de noche lo hacen otros.

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Además de dingos, pude oír la berrea de algún ciervo o, al menos, eso creí identificar pues la noche que oí ese sonido fue como el grito de un enajenado en mitad del bosque. Al cabo de dos meses alcancé la región de New South Wales, mucho más poblada y ya con la mente puesta en Sidney, ciudad a la que quería llegar unos días antes de que caducara mi visado para preparar el salto a América y trabajar en la web, pues había estado mucho tiempo desaparecido del mapa. La culpa: la falta de cobertura y wifi en prácticamente todo el territorio australiano, es decir, que compré una tarjeta sim de la compañía Telstra (la que opera con mayor cobertura en Australia) prácticamente para nada, tan sólo le di uso al final acercándome a Sidney.

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Rebasé las Blue mountains con una corta pero empinada pendiente en Mt. Victory y, a través de una carretera a más de mil metros de altitud fui acercándome a la costa. Australia es tan sumamente plana que a una ligera ondulación la llaman montaña. El 17 de julio alcancé la población de Sidney, como todo un explorador, acababa de cruzar caminando, en solitario y en apenas 86 días Australia, en toda una demostración de fortaleza y resistencia. Mis amigos Gorka, Wendy y Regina acogerían al caminante fatigado y me harían sentir como en casa, paseando por la ciudad y visitando el barrio de Newtown o el Gure Txoko donde me trataron como a un rey.

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Tras apenas tres días en la ciudad, el 21 de julio (justo al año y cuatro meses de salir de
Madrid) volé a Santiago de Chile despidiéndome de Australia, de sus águilas, estrellas y
canguros, de sus carreteras infinitas, los aborígenes y la soledad, de la escasez de agua,
las moscas y el viento en contra, la aventura libre y salvaje que yo esperaba de este
viaje.

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Son ya tres continentes en mis piernas, cerca de 20.000 kilómetros y 19 países en la libreta. He rebasado el ecuador del viaje, como quien dice, ya comienza la vuelta a casa. Sin embargo, todavía me queda un mundo por delante, América y ÁÁfrica, un millón de historias, experiencias y anécdotas que iré cada día escribiendo en mi diario y que poco a poco y más adelante os seguiré contando.

Seguiremos caminando, paso a paso, luchando por materializar nuestros sueños. Pues sólo atravesar a pie y en solitario Asia, Europa o Australia son retos aislados dignos de admiración. Imagínense entonces unirlos todos juntos, uno detrás de otro a pie, en solitario y sin descanso, haciendo una media de 45 kilómetros diarios, con una alimentación y un descanso muy justos, atravesando bosques, junglas, desiertos, montañas y ciudades ya de medio mundo y sin más compañía que la de un simple carro… realmente difícil de imaginar.

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La aventura continúa, este canto a la vida y a la libertad sigue surcando vientos y mares con un propósito: trabajar por un mundo más lindo y lanzar un mensaje de amor y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra, nuestra hermosa casa y a la que entre todos tenemos que cuidar.

Un abrazo fuerte, sean felices y disfruten en compañía de los suyos.

Nacho Dean

22 países en la vuelta al mundo caminando

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Hola Mochileros. Os escribo desde Copacabana (Bolivia), una pequeña y linda población a orillas del lago Titicaca, el lago navegable a mayor altitud del planeta (más de 3800 metros sobre el nivel del mar) y a escasos kilómetros de la frontera con Perú, el que ya será mi país número 22 en esta Gran Caminata alrededor del mundo por la naturaleza y el planeta Tierra… se dice pronto.

Bien, la última crónica que os escribí fue sobre la travesía libre y salvaje por territorios australianos. El 21 de julio le decía así adiós a la tierra de los aborígenes, los canguros, las serpientes y las estrellas y ponía por primera vez mi pie en Santiago de Chile para comenzar el itinerario por el que ya es mi cuarto continente: América, que voy a recorrer de sur a norte hasta Estados Unidos. A la vista tenía uno de los retos más duros y en el que tenía puesta la mirada desde que salí de España, atravesar a pie y en solitario el desierto más árido del mundo: el desierto de Atacama.

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Tras descansar apenas cuatro días en la capital de Chile, reanudaba la marcha hacia el norte. Unos primeros 700 kilómetros a través de la costa y poblaciones como Valparaíso, Viña del Mar, Coquimbo, La Serena… van entonando al caminante y familiarizándolo con este nuevo país. Chile es el primer país desde que salí de España en el que vuelvo a hablar español. Sin embargo, manejamos vocabulario diferente y he de aprender nuevas palabras, como las “prietas” (morcillas), “polola” (novia), “polerone” (jersey), “porotos” (judías)… el peligroso “terremoto”, bebida alcohólica preparada a base de vino blanco y helado de piña si no recuerdo mal, y su hermana pequeña la “réplica”.

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La nueva moneda (1 euro = 750 pesos chilenos), lo cual no hace que Chile sea un país especialmente barato, las posadas de carretera en las que es posible almorzar y los frecuentes temblores de tierra: Chile está ubicado en zona sísmica, choque de las placas tectónicas continental y oceánica, por lo que temblores de grado 4 y 5 en la escala Richter son frecuentes y la población los tiene integrados como normales. No es raro ver carteles junto a la costa indicando las vías de evacuación en caso de tsunami. Un par de noches estaba yo durmiendo en mi tienda de campaña, tumbado sobre mi esterilla dentro del saco, y en mitad de la madrugada pude sentir cómo la tierra se movía debajo de mí, era como si a la tierra le rugieran las tripas, una sensación difícil de explicar, sin embargo yo poco podía hacer pues ya estaba al aire libre en mitad de la intemperie, no tenía nada de lo que protegerme, así que prácticamente lo integraba en sueños y seguía durmiendo.

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A partir de Vallenar comienza el desierto propiamente dicho, unos 1400 kilómetros que resolví alternando tramos por la costa y tramos por el interior. Las principales dificultades a las que me enfrentaba son la fuerte radiación solar (en esta parte del globo la atmósfera no tiene ozono, a lo que se suma el hecho de que al avanzar desde el sur hacia el norte en el hemisferio sur el sol te pega de frente todo el día), las grandes oscilaciones térmicas entre el día y la noche (que en la zona interior del altiplano pueden oscilar entre los 50º de día y los -25º de noche), las largas distancias entre poblaciones y, por tanto, entre avituallamientos de agua y comida, y los grandes desniveles (a la ya conocida cordillera de los Andes hay que sumar otra cadena montañosa, la cordillera de la Costa que supera los 2000 metros de altitud y obliga a subir largas cuestas de hasta 30 kilómetros). Por la costa hay más avituallamientos y bella fauna (pelícanos, cormoranes, lobos marinos, delfines, pingüinos de Humboldt…) así como la temperatura es más suave, mientras que por el interior las condiciones son más duras y los cielos nocturnos son preciosos. Yo nunca había visto unos cielos tan estrellados como en el desierto de Atacama. Muestra de ello son la diversidad de observatorios que hay repartidos por la geografía chilena, entre los que destaca el del Paranal.

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Gracias a todos los amigos que hice en Chile pude ir parando cada cierto tiempo en poblaciones como Coquimbo, Bahía Inglesa, Taltal, Iquique y Arica y descansar unos días de la difícil tarea de ir atravesando este desierto, así como de la fatiga acumulada que traía de Australia. En Iquique pude disfrutar de las fiestas patrias (las fiestas de la chilenidad, 18 de septiembre, en las que Chile celebra su independencia). En Arica me detuve tres días mientras que decidía qué hacer. Tenía dos opciones, la primera y “fácil”, seguir hacia el norte y entrar a Perú a través de Tacna. La segunda, difícil, desviarme hacia el este y entrar a Bolivia atravesando la cordillera de los Andes por un punto a casi 5000 metros de altitud… fue la opción que escogí. Un nuevo reto por delante y la oportunidad de conocer este rincón del planeta, así como de poder difundir más mi mensaje de cuidado de la naturaleza fueron las razones que me impulsaron a tomar esta decisión.

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El 29 de septiembre abandonaba Arica y comenzaba la subida hacia el punto Chungará/Tambo Quemado, casi 200 kilómetros de ascensión, no acababa de salir de una y ya estaba metiéndome en otro gran reto, caminando y en solitario. En apenas un día y medio alcanzaba los 3100 metros de altitud en el pueblo de Mallku, donde habita la bonita familia de Alexis y Andrea. Al día siguiente, y casi sorprendido por la tormenta, alcanzaba la población indígena aymara de Putre, tras superar los 4000 metros de altitud. Mi cuerpo reaccionaba bien a la altitud, sin embargo, el cielo comenzaba a llenarse de unas sospechosas nubes negras que no me gustaban nada.

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En el hemisferio sur las estaciones van al revés que en el norte, es decir, de junio a septiembre acá es invierno. Sin embargo, a partir de los 3000 metros de altitud y de noviembre a febrero se da lo que se denomina “invierno altiplánico”, con lluvias fuertes y constantes. Es por ello que yo decidí atravesar Bolivia en octubre. Sin embargo, todo parecía indicar que el invierno altiplánico se estaba adelantando, y las lluvias a 4000 metros de altura no tienen nada que ver con las de la costa. Tenía la sensación de estar adentrándome en la boca del lobo. Pero decidí seguir adelante en las condiciones que fuera y hacerles frente. Alcancé Chucuyo, a 4400 m.s.n.m el 4 de octubre y dormí frente a las bellas cumbres nevadas de los volcanes Pomerape y Parinacota. Al día siguiente atravesaba el parque natural del Lauca, reserva de la biosfera, y cruzaba la frontera con Bolivia a más de 4700 metros de altitud. Tras dos meses y medio recorriendo Chile, superando el desierto de Atacama y la cordillera de los Andes, me adentraba en Bolivia.

Pero eso es otra historia, y os la contaré en la próxima crónica.

Después de 23.500 kms es hora del descanso del guerrero

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Hola mochileros, os escribo desde Lima, capital de Perú, ciudad a la que llegué hace ya unos días y en la que tengo pensado quedarme unas semanas, puede que incluso las navidades, disfrutando de los amigos, conociendo la ciudad y tomándome un merecido descanso, el descanso del guerrero, tras un año y ocho meses caminando, 22 países y 23.500 kilómetros aproximadamente en mis piernas.

La última vez que os escribí fue desde Copacabana, un lindo pueblito junto al lago Titicaca desde donde os narraba mi travesía por Chile y el desierto de Atacama. Bien, el pasado 5 de octubre cruzaba la frontera entre Chile y Bolivia a través del punto fronterizo Chungará-Tambo Quemado, situado en la cordillera de los Andes a más de 4.800 metros de altitud sobre el nivel del mar, y me adentraba en el altiplano boliviano.

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De Chile a La Paz

Por delante, 300 kilómetros hasta la ciudad de La Paz que resolví en seis días a buen ritmo.Recuerdo el mal tiempo que hacía, caminaba con la sensación de estar adentrándome en la boca del lobo. En el altiplano, a partir del mes de diciembre y hasta febrero se da el llamado invierno altiplánico, sin embargo, se estaba adelantando y ya por estas fechas hacía mal tiempo. Nubes de evolución diurna que, mientras amanecía despejado, hacían que con el paso de las horas el cielo se fuera cubriendo de nubes y a mediodía rompiera a llover con la intensidad y el peligro característico de la montaña, acompañado de rayos y granizo. Varios días, incluso una noche, tuve que correr a refugiarme en casas de los pastores de llamas y alpacas.

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Los primeros 200 kilómetros apenas tienen poblaciones. Casas de adobe, mujeres con los niños colgados de la espalda con una tela de colores, dientes de oro, charki, caldos de res y cordero, el parque natural del volcán Sajama van quedando atrás… Cosapa, Curahuara y Calteca hasta Patacamaya. Y la altitud va dejando de ser un problema mientras mi organismo se va adaptando progresivamente a caminar a más de 4000 m.s.n.m. Sin embargo, me cuesta cantar mientras camino, o inflar mi esterilla con la máxima presión cada noche al acabar el día para dormir. De ahí, los últimos 100 kilómetros por una carretera más confluida hasta llegar a la capital.

Por fin La Paz

Recuerdo la sensación al llegar a La Paz. Una enorme cascada de casas, como ríos de ladrillos cayendo por las laderas de las montañas hacia el valle donde se asienta la ciudad, y la emoción de haber llegado hasta allá caminando, con la sola ayuda de mis pies. Bajé desde el Alto hasta el centro de la ciudad donde había quedado con unos amigos, y me quedé seis días en la ciudad descansando, trabajando, haciendo algo de turismo con el que conocí, entre otras cosas, las ruinas de Tihuanaco, y preparando el itinerario que tenía por delante.

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Abandoné La Paz dirección a Patamanta entre el tráfico, pero al día siguiente ya cerca de Huatajata el jaleo disminuye y mis ojos posaban la vista por primera vez en el mítico lago Titicaca. Estaba ilusionado, contento, de estar allí y ver el lago navegable a mayor altitud del planeta. Lo fui rodeando, y tuve la suerte de conocer a Paulino, un indio aymara fabricante de las famosas balsas kon-tiki hechas de pergamino y totora con las que los indios cruzaron el océano hace cientos de años llegando a las islas del Pacífico.

Al día siguiente crucé el estrecho de Tiquina que une como dos hermanos los lagos menor y el mayor del Titicaca rumbo a la población de Copacabana que alcancé ya de noche en mitad de una tormenta y corriendo para no ser alcanzado por un rayo. Es la
última población “grande” antes de entrar en Perú y, tras descansar un día, crucé la frontera con el que ya es mi país número 22 a través del punto Kasani-Yunguyo.

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Cruce de frontera

Las fronteras es mejor cruzarlas a primera hora de la mañana, así tiene uno todo el día para alejarse de ellas y adentrarse en el nuevo país, y así hice también esta vez. Si bien al pasar de Chile a Bolivia pude percibir un cambio, no fue así al pasar de Bolivia a Perú, países prácticamente iguales en la zona de la sierra. Poblaciones indígenas donde las mujeres visten con poleras, sombrero y la manta a la espalda para cargar peso o a su hijo, paisaje de montaña, caldos de cordero, queso de res… y un cielo nublado amenazante con lluvia y rayos que hacía que no supiera qué camino coger. Tenía dos opciones, bien ir hacia Cuzco, o bajar a Arequipa y la costa.

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Una vez en Puno, ya en Perú, resolví ir perdiendo altura rumbo a Arequipa para evitar estas tormentas de montaña. Sin embargo, todavía hay que ascender hasta los 4530 metros de altitud de nuevo en el camino, a la altura de Lagunillas y el Crucero Alto. Atraviesas el parque nacional de Salinas Aguada Blanca, la pampa blanca, y vas bordeando el volcán Misti hasta llegar a la bella ciudad de Arequipa. Construida con sillares blancos de la ceniza del Misti, la catedral de la plaza de Armas, el monasterio de Santa Catalina y la multitud de iglesias que siembran la arquitectura del centro hacen que la ciudad cobre un atractivo especial.

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Pacífico

El pasado 5 de noviembre alcancé de nuevo la costa del océano Pacífico. El último lugar en el que lo vi fue en Arica, al norte de Chile, antes de acometer el asalto a los Andes para pasar a Bolivia. Desde Camaná fui ascendiendo hacia el norte junto a la costa pasando por las poblaciones de Atico, Chala, Yauca hasta Nazca. Pude ver algunas de las líneas de la cultura Nazca desde un mirador que hay junto a la panamericana, y aproximándome desde los cerros colindantes.

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Proseguí por Ica y Pisco atravesando el desierto hasta llegar a Lima el 28 de noviembre, capital de Perú a la que tenía muchas ganas de llegar. Desde entonces estoy disfrutando de la ciudad, visitando la plaza de Armas, el cerro de San Cristóbal, mirador desde el que se divisa la ciudad, la plaza de San Martín, el barrio de Barranco, el puerto del Callao y las casas de colores de Chucuito. Probablemente me quede en esta ciudad a pasar las navidades. Las últimas las pasé en Bangladesh, país musulmán donde apenas se celebran, con la diferencia de que en el hemisferio sur ahora hace calor, van a ser las primeras navidades en mi vida en verano.

Os mando un abrazo, y os deseo felices fiestas.

Nacho Dean

Nacho Dean cumple su reto: más de tres años dando la vuelta al mundo a pie

Nacho Dean en su vuelta al mundo a pie

Nacho se planteó el reto de dar la vuelta al mundo a pie en solitario y lo bautizó como “Earth Wide Walk”. Lo conocí semanas antes de emprender su aventura junto a su amiga Paz en un restaurante asiático de Madrid. Quedamos para charlar sobre su proyecto, para compartir consejos e ideas de lo que parecía una aventura imposible que hoy ya podemos decir que se convirtió en una realidad patente.

Comenzó el 21 de marzo de 2013 en el kilómetro 0 de la puerta del Sol de Madrid y durante tres años ha atravesado cuatro continentes: Europa, Asia, Oceanía y América. Han sido 31 países, 33.000 kilómetros y 12 pares de zapatillas. Con este viaje, Nacho ha sido el primer español en la historia en dar la vuelta al mundo a pie. Y en Mochileros TV tuvimos el inmerso honor de publicar durante su travesía estas crónicas de sus peripecias por el mundo.

Por si dar la vuelta al mundo a pie fuera poco, su viaje ha estado lleno de anécdotas. Estuvo frente a un rinoceronte en las junglas de Nepal, ha tenido dingos aullando alrededor de su tienda de campaña en Australia, presenció un atentado terrorista en Bangladesh, le persiguieron con machetes en México…

Nacho Dean contó los detalles de su odisea dando la vuelta al mundo a pie el domingo 1 de mayo de 2016 en las IV Jornadas IATI de Grandes Viajes de ‪‎Barcelona‬ (30 de abril y 1 de Mayo de 2016). ¿No pudiste acudir al evento? Suscríbete al canal de Youtube de Mochileros TV y las puedes ver gratis en diferido. Esta es la última entrevista que hicimos con Nacho Dean.

Nombre, apellidos, profesión -conocida 😉 a qué dedicas el tiempo cuando no viajas-.

Soy Ignacio Dean. Técnico en Medio Ambiente. Dar conferencias, practicar deporte, escribir, planear la siguiente aventura…

Nacho Dean vuelta al mundo a pie

¿Qué te llevó a decidir dejar todo atrás para iniciar tu gran viaje?

Era un sueño, mi canto a la vida y la libertad, es un milagro estar vivos y no quería dejar pasar la oportunidad de apostar por ello. Un día venimos al mundo y otro nos vamos, creo que el sentido de la vida es luchar por tus sueños.

Estuve en un atentado terrorista en Dhaka (Bangladesh), me atracaron en Lima, me intentaron asaltar en El Salvador y México varios tipos armados con machete…

¿Recuerdas tu primer viaje?

He viajado toda la vida desde muy pequeño, he vivido en más de 40 lugares diferentes, eso hace que viajar para mí sea fácil y casi una necesidad. Con 4 años me fui de Málaga, mi ciudad natal, a vivir a Asturias.

¿Qué ha cambiado en tu yo interior después de este gran viaje?

Soy una persona mucho más consciente de quién soy, del lugar en el que está, de lo que quiere. Por supuesto, agradecido con la vida y la gente, y con el gran bagaje de un viaje único como esta vuelta al mundo a pie, un tesoro que no aprendes en ninguna universidad.

Nacho Dean vuelta al mundo a pie

5 cosas que nunca faltan en tu mochila.

Agua, cuchillo, cámara de fotos, bolígrafo y cuaderno.

¿El momento más extremo/peligroso/extraño/paranormal que hayas vivido en tu gran viaje?

Estuve en un atentado terrorista en Dhaka (Bangladesh), me atracaron en Lima, me intentaron asaltar en El Salvador y México varios tipos armados con machete…

¿Algunos momentos que recuerdes de felicidad extrema? Esos puntos álgidos de alegría en los que uno se dice a sí mismo: «por momentos así merece la pena seguir en el camino».

Estuve frente a un rinoceronte en las junglas de Nepal a escasos 20 metros, dormir bajo los cielos estrellados en el desierto de Atacama, en las selvas de Ecuador… en general, todos los momentos en conexión con la naturaleza.

Nacho Dean vuelta al mundo a pie

¿Qué sentimientos/reacciones ha despertado tu viaje en otros viajeros o locales con los que te has cruzado?

Admiración, incredulidad, asombro, inspiración, envidia (de la sana). Animar a la gente a cuidar la naturaleza y a perseguir sus sueños.

Hay un proverbio árabe que dice: «Quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra una excusa». Es un milagro estar vivo.

Tres personas anónimas que te hayan marcado en el camino.

Mis amigos Simon (de Siria), Javier (de Malaysia) y Sarah (Suiza).

Una vez uno se embarca en un tipo de vivencia así queda infectado por el virus del viajero. ¿Qué sensaciones has tenido a tu regreso al llegar a los que consideres tu hogar? ¿uno termina convirtiéndose en nómada para el resto de su vida?

Al principio un poco triste por ver que mi aventura se terminaba. Sin embargo, luego sólo te queda un sentimiento de agradecimiento y fortuna por haber completado vivo y de una pieza de un reto de esta envergadura. Feliz y satisfecho, a pesar de que al principio te sientes un poco descolocado al ver que nada ha cambiado en tu país.

Nacho Dean vuelta al mundo a pie

Muchos se preguntan… ¿y el amor? ¿cómo es la vida sentimental de los viajeros?

En esta aventura, con la guardia alta para no dejarme cazar. Difícil es llegar a los sitios, pero a veces es más difícil marcharse.

Si eres soltero/a: ¿encontraste a alguien en el camino que te hizo replantearte tu plan de viaje? ¿es posible enamorarse de viaje?

Es posible enamorarse, pero no encontré a nadie que me hiciera replantearme el viaje.

Hay cientos de personas que no se han animado a viajar por multitud de dudas, miedos, inseguridades, presiones familiares, sociales… ¿Qué les dirías a esos soñadores que viendo tu vuelta al mundo a pie piensan que no son capaces de hacerlo o que eres un superhéroe?

Hay un proverbio árabe que dice «Quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra una excusa». Es un milagro estar vivo, «si hay alguien capaz de hacerlo ese eres tú, así que sal ahí fuera y demuéstranos de qué estás hecho».

DATOS CURIOSOS>

Nacho Dean vuelta al mundo a pie

Ubicación actual: Madrid (España) FIN DE LA EARTHWIDEWALK
Distancia recorrida en la vuelta al mundo a pie: 33.000 kilómetros = 20.625 millas
Tiempo empleado: 3 años (21/3/2013 – 20/03/2016)

Países recorridos: 31 (España, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bulgaria, Turquía, Georgia, Armenia, Irán, India, Nepal, Bangladesh, Tailandia, Malaysia, Singapur, Indonesia, Australia, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, México, Estados Unidos y Portugal)

Altitud máxima: 4800 metros sobre el nivel del mar (cordillera de los Andes).
Temperatura máxima: 50º (Australia)
Temperatura mínima: -13º (cordillera de los Andes y en Estados Unidos)

Días seguidos caminando sin descanso: 86 (4100 kms. en Australia)
Máxima distancia en un solo día: 85 kilómetros
Máximo tiempo detenido en un mismo lugar: 57 días en DF (México)

Litros máximos de agua bebidos en un día: 7 (Tailandia, Malaysia, Australia)
Zapatillas gastadas: 12 pares
Cubiertas de las ruedas del carro: 8 traseras y 4 delanteras

Mordeduras de perro: 1 (en Honduras)
Enfermedades: fiebre chikungunya en Chiapas (México)

Nacho Dean vuelta al mundo a pie

Mochileros, ¡nos vemos en algún lugar del mundo!

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