La noche anterior antes de abandonar la ciudad de León fui con Arik, Paco e Iván al cine para ver la película Dejà Vu. Llevaba varios meses sin pisar un cine y la sensación que tuve después de salir de la sala fue realmente extraña. Me había metido tanto en la película que al salir por la puerta tenía la sensación de estar saliendo por los cines madrileños de La Vaguada. A la mañana siguiente, todavía con signos de la resaca posterior a la tarde de domingo que pasamos apostando en una pelea de gallos, salimos por la mañana desde León en un colectivo hacia Managua por un precio irrisorio -no más de 2 dólares-. Allí conectamos con otra combi que iba hacia Granada. Nos alojamos en el hostal The Bearded Monkey por 100 córdobas. Ofrece servicio de internet gratis -muy lento-, ponen un par de películas en DVD diariamente, tiene buena comida y muy buen ambiente de viajeros provenientes de todas partes. Allí me pasó una cosa muy sorprendente. Estábamos comiendo en el patio cuando se me acercó un chico mexicano y me pregunta: «Perdona, ¿eres tú el chico que está haciendo la panamericana de Alaska a la Patagonia?». Se llamaba Jorge y era de Guadalajara (México). Iba acompañado por Andrés, un argentino de Mar del Plata. Al parecer Jorge había entrado en mi blog unas semanas antes buscando la manera de cruzar de Panamá a Colombia. Desde ese momento tengo entre mis compañeros de viaje la categoría de Feimus (Famoso en inglés cutre).

Granada es la ciudad colonial más antigua fundada en Centroamérica. Se sitúa a orillas del Lago Nicaragua y fue en el pasado un punto estratégico de comercio debido a los escasos 18 kilómetros que separan el lago del Mar Caribe. La ciudad fue fundada por el conquistador español Don Francisco Hernández de Córdoba en 1524. Dimos un paseo por el centro de la ciudad que está atestado de pequeñas salas de juego y decenas de farmacias por metro cuadrado. Es curioso como en toda Centroamérica este tipo de comercio se reproduce como setas en las calles de pueblos y ciudades.

De camino hacia el muelle del ferry que conecta Granada con Altagracia, una de las poblaciones importantes de la isla, nos topamos con la hierática y descolorida Iglesia de Guadalupe. El precio del billete de ida en segunda clase es de 25 córdobas mientras que el pasaje de primera cuesta 63. La verdad es que teniendo en cuenta la diferencia de precio entre una y otra clase -1 dólar y medio- merece la pena ir en primera. Se tardan cerca de cuatro horas -sale a las 15:00 horas- en cubrir los aproximadamente 65 kilómetros que separan Granada de la Isla de Ometepe. Al regresar hacia el hostal entablamos conversación con un señor español de unos 70 años que nos soltó una larga retahíla acerca de la historia de la ciudad y las aventuras de los conquistadores españoles.

Alrededor del Parque Central, en el que todavía permanecía un gran pino de Navidad, se apostan la catedral construida a principios del siglo XX, el Palacio Episcopal de corte neoclásico y a una cuadra y media por la derecha, en la calla Cervantes, aparece sorpresivamente el azulado Convento e Iglesia de San Francisco cuya estructura quemó a mediados del siglo XIX el infame Walker. Cuatro cuadras más allá del Parque Central sobresale la torre de la Iglesia de La Merced que sufrió en el pasado el asedio de piratas y del ejército leonés.


Isla Ometepe

El viaje en ferry resultó ser un poco pesado. El interior de la segunda clase consistía en un salón de bancas, sin apenas ventilación y atestado de gente. Nadie dijo que viajar fuera fácil y cómodo. Durante el viaje conocimos a Iván, un hombre que rondaba la treintena que nos ofreció alojamiento en el Hostal Ortíz de Altagracia. El precio de 3 dólares era muy tentador y el flyer dibujado a mano en el que entre otras virtudes ofrecían un ambiente muy familiar nos terminó por convencer. Al llegar pasamos sin mayor problema un control de policía atendido por un soldado graciosillo que había tomado más de una cerveza. Pasamos tres días atendidos como si fuéramos familiares cercanos de Mario Ortíz, propietario del hostal, y su hijo Aquiles, todo un pieza (me reservo los detalles).

La historia que circunda a la Isla de Ometepe es realmente interesante. Cristobal Colón llegó a las costas del caribe nicaragüense en el año 1502 en su cuarto y último viaje. Veinte años más tarde, el explorador español Gil González Dávila cruzó por tierra de Panamá hasta las orillas del Lago Nicaragua donde conocí al famoso cacique local Nicarao. Los indígenas Nicarao eran gente pacífica y la tierra que cultivaban muy fértil. Tanto el cacique Nicarao como Dávila pasaron un montón de días enzarzados en largas conversaciones filosóficas conducidas por un traductor. El cacique finalmente aceptó convertirse al cristianismo junto con más de 19.000 nativos. Según Mario Ortíz, propietario del hostal en el que me alojé y ex alcalde de Altagracia, el cacique Nicarao -más gay que Elton John- quedó prendado por la belleza de Gil González lo que ayudó muy mucho a que la cristianización de su tribu fuese inmediata. Dávila tiempo más tarde fue expulsado de esta región por el aguerrido jefe Diriangen, cuyas tropas diezmaron al pequeño ejército del explorador español e hicieron que se retirase hacia Panamá. Sin embargo, un año más tarde desde la Corte Española en sus ansias por conquistar terreno envió a un nutrido ejército comandado por Francisco Hernández de Córdoba para conquistar las ciudades de Granada y León.

Mientras Paco, Arik e Iván decidieron recorrer parte de la isla en bicicleta, yo -muy huevón por cierto- me fui con Scott (autraliano) y Katterina (británica) en un chicken bus por caminos de cabras hasta la playa de Santo Domingo. Lo más reseñable de este lugar es el placer de bañarte en una playa de agua dulce sin temor de ser devorado por un tiburón -que los hay aunque quedan muy pocos-.

Playa de Santo Domingo

En Ometepe hay gente para todo: Músicos, compositores, historiadores, charlatanes… Los isleños tienen gran afición a contar cuentos y leyendas que entretejen en sus cabezas. Debe ser que el silencio y la calma de este lugar ejercita la creatividad. Poseen una imaginación ilimitada; todos tienen historias para contar. Desde la playa de Santo Domingo fuimos andando hasta Ojo de Agua, una piscina natural muy refrescante rodeada de vegetación y árboles muy altos. Allí me dijo un lugareño que si uno se baña a medianoche en la poza conocerá a una chica/o de la isla y no se marchará de ella. Por si las moscas, no lo intenté. En Ojo de Agua me refresqué del calor tirándome a lo tarzán desde un árbol. Como váis a poder apreciar la caída es un tanto lamentable. Los intentos posteriores fueron más estéticos.

Ojo de Agua

La misteriosa isla de Ometepe guarda otras leyendas locales como la de «Chico Largo» y el «Encanto del Charco Verde». Charco Verde es una laguna situda muy cerca de Hacienda Venecia, a unos dos kilómetros de un pueblo llamado San José del Sur. Este mágico lugar está situado al sur de Ometepe, pasando antes por las comunidades Esquipulas, Los Ángeles y San José del Sur. Según cuenta la dueña del Hotel Ometepetl, doña Nora Gómez en el artículo escrito por Angélica Martínez en El Nuevo Diario, «hace tiempo un hombre llamado Francisco Rodríguez, conocido como Chico Largo, fue la persona más temida de la isla. Era descendiente de los brujos que se fugaron de Rivas al llegar Gil González Dávila». Según la leyenda, bajo la laguna yace una ciudad poblada por todas aquellas personas que llegaban al Charco Verde y cortaban alguna fruta o elemento de la naturaleza. También algunos cazadores que perseguían a sus presas y otras personas a quienes se les había cumplido el plazo tras haber pactado con Chico Largo, eran llevados a este lugar y convertidos en vacas, toros, cerdos, lagartos o tortugas. Cuentan algunos carniceros de los pueblos colindantes que «han matado novillos y vacas que tenían dientes de oro porque antes de ser animales eran personas que habían hecho un pacto con Chico Largo».

ISLA DE LEYENDA

Esta ínsula es la más grande del mundo situada dentro de un lago de agua dulce, el Cocibolca o Lago de Nicaragua. Sus cerca de 40.000 habitantes decienden de indígenas Toltecas, Mayas, Aztecas, Nahuales, Olmecas, Chibchas, Nicaraguas, Mangues y Tiwanacos. Al llegar a la isla los conquistadores españoles, los nativos se refugiaron en las cumbres de los dos volcanes, el Concepción y el Maderas, que sobresalen de Ometepe formando una hermosa silueta. Al huir dejaron entre otros restos unos bellos petroglifos que sus antepasados habían grabado inspirándose en unos enigmáticos dioses. Igualmente, el nombre de la isla de Ometepe tiene su propia leyenda basada en el amor entre la princesa Ometepetl y el príncipe Nagrando.

Siglos antes de existir la Isla de Ometepe sobre este mismo lugar se tumbaba un inmenso valle habitado por tribus de chorotegas, chontales, niquiranos y nagrandanos. En una de las tribu niquiranas vivía la hermosa Ometepetl, hija del cacique. Muy cerca de allí, en la tribu vecina de nagrandanos, el apuesto joven Nagrando robaba el corazón de las muchachas de su clan. Ambas familias estaban peleadas por disputas de poder. Además, una ley decretada por los teytes (ancianos), prohibía la unión entre jóvenes de tribus rivales. Nagrando y Ometepetl se conocieron por azar una tarde y se enamoraron locamente. Ambos se juraron amor eterno ante dos de sus Dioses, Tamagastad y Cipaltomal. Su amor se mantuvo vivo entre encuentros furtivos secretos hasta que un día fueron vistos por los heraldos del teyte niquirano.

El padre Ometepetl, al conocer la noticia enfureció y envió a un grupo de guerreros para cautivar a su hija y matar a Nagrando. Al enterarse de que eran perseguidos pidieron ayuda a los dioses quienes los guiaron hasta un lugar seguro. Sabían que la persecución no terminaría nunca por lo que decidieron quitarse la vida cortándose las venas. En ese instante, el cielo se oscureció, cayeron rayos, meteoros y estrellas fugaces mientras llovían sobre los dos enamorados que yacían en el suelo separados por unos metros. La Diosa Cipaltomal, conmovida con lo acaecido, tomó su prendedor y se lo puso en el pecho a Ometepetl, donde instantáneamente comenzaron a formarse los dos volcanes: Concepción y Maderas. Nagrando se transformó en la Isla Zapatera mientras el valle se inundaba. Los dioses castigaron a sus perseguidores convirtiéndolos en las isletas de Granada y Solentiname.

ANIMADOR SOCIOCULTURAL Y JUGADOR DE POKER

El resto del tiempo lo dedicamos a pasear por Altagracia, alimentarnos a base de arroz, carne y banano en lugares como el Hotel Kenko y tomar algunas cervezas de más. Un día intentamos ir a visitar la cascada de San Ramón pero fueron todo complicaciones. Tardamos más de cuatro horas para llegar al camino desde el cual hay que andar dos horas hasta la base de la cascada. El motor del chicken bus en el viajábamos se averió a mitad de trayecto por una pista de tierra tremenda. Cuando por fin llegamos nos dimos cuenta de que no nos daba tiempo a subir y bajar desde la cascada para tomar a tiempo el último bus de regreso a Altagracia. En un principio teníamos pensado dormir una noche en una finca ecológica llamada Zopilote pero finalmente optamos por quedarnos en Altagracia. Si tienes oportunidad de hacerlo no dudes en visitarla, nos la recomendaron varias personas.

El último día en la Isla de Ometepe desarrollé dos facetas de mi personalidad bien distintas. Por un lado, mi oculta identidad como tahur y por otro, mis aptitudes como animador sociocultural. Me explico. Por la noche, nos encontrábamos meciéndonos en las mecedoras del hostal mientras yo tocaba la guitarra cuando se aproximaron un par de chiquillas. Comenzamos a jugar al corre, corre que te pillo y empezaron a aparecer cada vez más niños gritando y vacilándonos para que les persiguiéramos. Después de dejarme literalmente los pulmones y capturar con Paco a un chavalillo a quien amenazamos con meter en un pocito de agua, la chavalería volvió a acercarse para incitarnos a seguir jugando. Decidí cambiar las carreras por canciones. Así les enseñé canciones como «Hola Don Pepito…» o «Pintar, pintar, pintar sin parar…» con todo un coro de niños repitiendo mis frases al unísono. Luego nosotros nos aprendimos algunas de las canciones que cantan ellos en la escuela. En contraposición a mi labor como educador, decidí sumarme a la partida de póker y ron Flor de Caña de nuestra última velada en Ometepe. Perdí. No podía ser de otra manera.

Próximo destino: San José, la capital de Costa Rica.


Fotos GRANADA


Fotos OMETEPE