El miércoles 13 de diciembre tomé a las 9:30 el autobús de Línea Dorada en dirección a Río Dulce. A mi lado se sentó una familia compuesta por la abuela, padre, dos niños de unos 12 años y una niña petarda de unos 4 años. Y digo lo de petarda porque se pasó todo el viaje gritando a mi oreja cosas del tipo: «¡Pa!, ¡ta!, ¡ah!»… No le valió con no dejar dormir al personal. Tanto esfuerzo gutural, un constante chupar de bolsas de patatas y moverse más que un epiléptico tuvo como colofón una olorosa vomitona. Aquella situación me recordó al señor que se literalmente se cagó en el asiento del autobús cuando viajaba por Baja California (México). Al llegar a Río Dulce, cuando desciendes del bus, te asedian varios pesados ofreciéndote el oro y el moro en alojamientos y lanchas para Livingston. Lo mejor, como es habitual en estos casos, pasar de ellos y dirigirse al muelle. Línea Dorada hace su parada en Río Dulce frente a una farmacia. El muelle desde donde se toman las lanchas hacia Livingston queda bajando por la callecita que está justo enfrente de la farmacia. El precio que tuve que pagar por el trayecto de ida fueron 100 Qz.

NAVEGANDO RÍO ARRIBA

Este caudaloso río tiene una longitud de 42 kilómetros y sigue su curso desde el Lago Izabal por el cañon formado en la sierra de Santa Cruz hasta desembocar en el Mar Caribe. una especie de tour con paradas en los puntos más interesantes del trayecto. Después de llenar la lancha con pasajeros en diferentes embarcaderos del pueblo, nos dirigimos a ver el Castillo de San Felipe, fortaleza construída por los españoles para proteger la entrada por el Río Dulce de la piratería marítima. Los continuos ataques en el Golfo de México y las incursiones a Guatemala por esta entrada fluvial, hizo necesaria la defensa de este paso hacia el Lago de Izabal donde se encontraban las bodegas de almacenamiento de mercancías que llegaban y salían para España. Durante el siglo XVII el castillo sufrió intensos ataques de algunos famosos piratas como Diego el «Mulato», lugarteniente de Pata de Palo.

Más adelante el curso fluvial se ensancha en un lugar al que llaman El Golfete, un lago de menor tamaño que el Lago Izabal. A lo largo de todo el trayecto los márgenes están cubiertos por una vegetación frondosa entre la que surgen de vez en cuando algunas cabañas de madera construídas sobre el manglar. Por un angosto canalito entre nenúfares disfruto de la Laguna de las Flores donde se refugian pequeñas aves y alguna tortuguita. A medio camino en la margen izquierda se aprecia La Pintada, una espectacular pared vertical blanquecina plagada de graffitis y pinturas. Muy cerca de ahí, algunas veces las lanchas se detienen en un manantial de aguas termales con un intenso olor a azufre al costado del Río Dulce. Después de algo más de hora y media navegando entre grandiosas montañas, el cauce se ensancha finalmente cerca de 1.3 kilómetros en su desembocadura, lugar en el que está ubicado Livingston.

Navegando por el Río Dulce

LIVINGSTON, SUPONGO

Una de las características más interesantes de Livingston es que en este pequeño rincón de Guatemala conviven armoniosamente diferentes etnias: Los Garífunas que arribaron en el año 1802 procedentes de la isla de Roatán (Honduras), algunos hindúes llegados desde Belize, decenas de indígenas Q’eqchí descendientes de los Mayas y ladinos que engloban a grupos sociales con diferentes orígenes y cultura. Livingston es una pequeña localidad aislada en la costa del Caribe de Guatemala a la que únicamente se puede llegar por vía fluvial.

Originariamente Livingston se llamó Labuga, que en lengua garifuna significa La Boca. A principios del siglo XIX llegó a este emplazamiento situado en la margen oeste de la desembocadura del Río Dulce, un bergantín procedente de la isla de Roatán en Honduras, tripulado por Marcos Sánchez Díaz acompañado de una tripulación de raza negra. El 26 de noviembre de 1831 el gobierno de Guatemala decretó el cambio de nombre en honor de la memoria del legislador norteamericano, Eduardo Livingston, cuyo sistema penal se proponía adoptar el estado de Guatemala en aquel entonces. Livingston ha sido tradicionalmente una ciudad pequeña que en la actualidad vive de la pesca y el turismo.

Me alojé en el Hotel Henry Berrisford por 50Qz (5€). Otras opciones más baratas son el Hotel Caribe y El Viajero, en esta misma calle a la que se accede girando a mano izquierda nada más llegar al muelle. En Livingston algunas pequeñas agencias ofrecen la posibilidad de contratar diferentes excursiones para conocer los alrededores. Una de ellas es el restaurante Happy Fish (teléfono 947 0661) con quien contraté una excursión en bicicleta para ir a nadar a las pozas de 7 Altares. Otra opción a tener en cuenta es el tour operador Exotic Travel (exotictravelagency@hotmail.com / teléfono 947 0049) situado dentro de Restaurante Bahía Azul en la calle principal del pueblo. En ella se entremezclan puestos ambulantes, chicas negritas que hacen todo tipo de trenzas, tiendas de abarrotes, un borracho declamando o carritos de juego en los que por 1 quetzal la apuesta participas en una especie de ruleta. Muy cerca de allí abre sus puertas cada noche el Café Ubafu, con mucho ambiente, lleno de gente local y conciertos diarios de grupos locales que tocan puntarock o paranda. Paseando por el pueblo me entregaron un folleto con información sobre el SIDA en castellano y garífuna. En él encontré ejemplos de este dialecto africano como Malagurahati que significa NO DA y Alugurahati (SI DA).

7 ALTARES

Las playas cercanas a Livingston no son nada del otro mundo. En la playa principal, la mayoría de las tardes algunos niños locales acuden a volar sus cometas mientras otros nadan entre juncos. En las afueras del pueblo destacan por su extensión Playa Quehueche que se extiende varios kilómetros a lo largo del camino hacia 7 Altares y Playa Blanca a lo largo de la costa del norte. Esta costa lamentablemente está muy sucia y llena de basura. Erick, un chaval amable que rondaba los 18 años, fue mi guía durante toda la jornada. Siguiendo el camino principal que sale de Livingston, dejamos en el lado izquierdo el colorido y caótico cementerio con un inmenso árbol en el centro que extiende sus raíces sobre algunas tumbas. Diez minutos después llegamos a un puente colgante sobre el Río Quehueche que tuvimos que cruzar a pie.

Tras 5 kilómetros de recorrido llegué con Erick a las hermosas cascadas de Siete Altares. Declaradas por la Unesco, Patrimonio de la Humanidad en 1981, se componen de un sistema de siete pozas de agua dulce y cascadas que conducen su agua al Caribe. Es un área protegida que cuenta con riqueza natural variada entre flora y fauna: Cangrejos, mariposas, peces y vida silvestre exótica en un entorno precioso. Según me contó Héctor Baltazar Arzú, señor garífuna encargado de cobrar la entrada en 7 Altares, el chamán Agustín Baltazar -intuyo que sería familiar suyo- utilizaba este bello paraje como centro místico de curación.

Acceso a 7 Altares

Es muy recomendable visitar 7 Altares una vez finalizado el invierno o tras unos días de lluvias para que el nivel de agua de las pozas esté al máximo. El horario de visita es de 8 de la mañana a 16 horas. No olvides llevar calzado para el agua o chancletas para poder caminar con más libertad entre las rocas. Yo olvidé traerlas y tuve que caminar descalzo por las piedras hasta llegar a la última poza.

Séptimo altar

Es una verdadera pena que sobre algunas piedras de este paraje ciertos desalmados hayan rayado sus nombres o expresiones como «Jesus te ama«. Nunca he comprendido que ganan con semejante atentado contra una belleza natural. Habría que ir a sus casas para llenárselas de graffittis. Esta poza que acabáis de ver tiene alrededor de 8 metros de profundidad. Se puede nadar en ella, ocultarse detrás de la cascada y darse varios chapuzones desde lo alto de la cascada. Sin duda mereció la pena pedalear durante poco más de una hora para llegar a este precioso paraje.

Verano azul

La gastronomía guatemalteca es tan rica y variada como su gente. En algunos de los restaurantes de Livingston como Buga Mama se pueden probar platos típicos de la gastronomía garífuna como el Tapado, una sopa hecha de pescado, gambas y crustáceos, servidos con pan crujiente, trozos de plátano, cocinados en leche de coco y adornado con coriandro. Otras delicias de la cocina garífuna son el casabe ereba, una especie de galleta elaborada con yuca o el rice and beans (arroz con frijol preparado con aceite de coco). Si acompañamos cualquier de estos platos con la cerveza nacional Gallo, cuyo slogan reza: «Tradición y orgullo de Guatemala», el placer de comer es irrepetible.

Tapado garífuna

El viernes 15 de diciembre tomé el autobús de Línea Dorada que llega a las 13 horas a Río Dulce para regresar a la Ciudad de Guatemala. El domingo llegará al aeropuerto internacional de La Aurora mi novia Edelweiss a la que tengo muchas ganas de ver. Con ella pasaré una semana visitando la vertiente oriental de Guatemala. Próxima parada: Antigua.


Fotos LIVINGSTON