El cantante español Nino Bravo se refiere en el tema «América, América» a este vasto continente como el lugar «donde brilla el tibio sol con un nuevo fulgor dorando las arenas. Donde el aire es limpio aún bajo la suave luz de las estrellas. Donde el fuego se hace amor, el río es hablador y el monte selva». Apreciaciones para nada desacertadas de este continente que se extiende en gran parte del Hemisferio Occidental de la Tierra abarcando desde el Océano Glacial Ártico por el norte hasta el Cabo de Hornos por el sur, en la confluencia de los océanos Atlántico y Pacífico. El primer tercio de este viaje que llevaba planeando toda la vida, embarcándome sin apenas maletas con intención de llevar mi corazón por los senderos del sentir, me hizo atravesar las gélidas tierras de Alaska, conocida como la última frontera de América, hasta el inicio de mi ruta en Deadhorse, junto a la bahía de Prudhoe. De allí en un descenso atravesando las amplias llanuras verdosas de los estados canadienses de Yukon y British Columbia donde uno se siente parte minúscula frente a la grandeza de la naturaleza. Estados Unidos muestra su cara más europea en San Francisco, la decadencia del experimento humano que supone pasar tres días en Las Vegas o el sol eterno de las playas de California compartiendo estancia con mis amigos Belén y Nacho en Los Ángeles.

Las fronteras de aquí en adelante, líneas dibujadas en el suelo por políticos que separan personas y dividen corazones, marcan a fuego las diferencias entre la gran potencia del continente y el resto de países latinoamericanos. Tijuana es la puerta extremadamente vigilada por el Tío Sam que se permite el desagradable lujo de clavar una valla fronteriza hasta en medio de una playa. Menos mal que nuestros hermanos mexicanos se las pelean con los gringos ganando la partida en hospitalidad germinada al calor del tequila, las rancheras y narcocorridos frenéticos. Tonalli, Tonatiuh y Dania me abren las puertas a la ciudad fronteriza con mayor tránsito de vehículos y personas de América. El descenso por Baja California aparece salteado por desiertos, misiones y oasis inverosímiles con sorpresa final: El azote de los poderosos vientos del Huracán John sobre La Paz. El árido norte de México pierde su nota descolorida en la verdosa Sierra Tarahumara mientras el Chepe (tren Chihuahua-Pacífico) hormiguea adentrándose en la Barranca del Cobre.

La inmensidad del gigante mexica muestra una nutrida paleta de colores, paisajes, tendencias, sonidos y restos de historia azteca, maya y teotihuacana en sus más de 4000 kilómetros de verticalidad. La amistad de Patricia Ávila en Morelia, las conversaciones regadas de tequila reposado en el DF con Marcela Fuentes o las charlas políticas con Pirix en San Cristobal de las Casas (Chiapas) se suman a los gratos recuerdos guardados en el saco de la memoria de más de dos meses vagamundeando por México lindo. Manoseando el tópico que dice eso de «más vale una imagen que mil palabras», el videoclip que sigue a estas líneas reúne algunos -no todos- de los instantes capturados con la cámara de fotos en el deambular solitario por esta ruta panamericana que atraviesa Norteamérica y que será inolvidable el resto de días de mi vida.

Ruta Panamericana: Norteamérica
Música: Antonio Orozco – «El viaje»

El resto del viaje se extiende por Centroamérica y América del Sur camino de mi destino final: Ushuaia, la ciudad más austral del planeta tierra. No te pierdas los detalles de mi aventuras por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.


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