Minas de Potosí

Sin duda alguna Bolivia es un país que me ha sorprendido gratamente. En esta parte final de mi aventura en la que el presupuesto está muy mermado, decidí descender hacia el sur por aquí en lugar de por Chile ya que me iba a resultar más barato el alojamiento, comidas y transporte. Sin embargo, la decisión ha sido todo un acierto. He descubierto algunos lugares espectaculares: La Paz, el lado boliviano del Lago Titicaca, la carretera de la Muerte… y todavía me queda por descubrir el Salar de Uyuni. El camino entre La Paz y Potosí lo recorrí en un autobús de línea regular. Me intrigaba cómo sería la que han denominado como la ciudad más alta del mundo, y es que Potosí está situada a 4824 metros de altura sobre el nivel del mar. Se dice pronto. Esta ciudad boliviana fue declarada patrimonio mundial de la humanidad por la UNESCO en el año 1987. La zona protegida incluye los monumentos industriales del Cerro Rico, montaña de la que se extraía la plata -y todavía se sigue extrayendo- en la época de la conquista y que luego se llevaba a España para financiar las guerras y la vida de la corona. También destacan la ciudad colonial, la iglesia de San Lorenzo y algunas casas que quedan en pie de esta época. Potosí fue fundada en el año 1546 y llegó a tener más de 200.000 habitantes, siendo una de las ciudades más importantes de América del Sur en el siglo XVI.

LA DURA VIDA DEL MINERO

Una de las atracciones turísticas de la ciudad, sin contar el atractivo que supone decir he estado en «la ciudad más alta del mundo», son las miles de galerías subterráneas que se encuentran bajo la montaña denominada como Cerro Rico. Su nombre original, Sumaj Orko, significa cerro magnífico y alude a la abundancia de plata que poseía este monte-mina. Algunas agencias de Potosí ofrecen excursiones para poder visitar la ancestral mina in situ. Y no me refiero a deambular por sus alrededores sino a adentrarse hacia las entrañas de este cerro por sus galerías. Cerro Rico fue un centro industrial puntero hasta principios del siglo XIX cuando la producción de plata entro en declive frente a la demanda de estaño. La ciudad sigue viviendo mayoritariamente de la minería extrayendo plata a muy pequeña escala y dedicando su esfuerzo a la obtención de estaño y arsénico. De hecho, hoy en día, se siguen utilizando las bocas de las minas y las galerías del siglo XVI y XVII y, a partir de estas, se abren nuevas. En la actualidad existen cerca de 5000 bocaminas en su interior. A pesar de los casi cinco siglos de existencia de la mina y la evolución que se supone deberían haber experimentado las condiciones laborales en las que trabajan los mineros, éstas siguen siendo pésimas. Falta de seguridad, herramientas de trabajo rudimentarias en muchas ocasiones, escasa ventilación… Eso sucede en las conocidas como «minas cooperativas», que son las más abundantes y a donde no ha llegado la tecnología. Aquí cada minero extrae a mano el mineral con herramientas muy rudimentarias.

Los mineros son, por llamarlo de alguna manera autónomos, es decir, que tienen permiso para realizar excavar y vender todo el mineral que sea capaz de obtener a la empresa que tiene la concesión del terreno. La tasación del mineral generalmente suele ser muy baja por lo que cada minero se ve obligado a trabajar 12 horas diarias, 6 días a la semana si quiere conseguir en torno a 1000-1800 bolivianos (uno 120 euros). Este sueldo apenas sirve para llegar a fin de mes a una familia potosina media que suelen tener de media entre ocho y nueve hijos. A eso hemos de añadirle el hecho de que todo el material que el minero emplea en su actividad diaria debe comprarlo él mismo: Detonadores, dinamita, carretilla, equipo de trabajo, lámparas de iluminación, etc. Tan sólo el camión que espera fuera de la bocamina para llevar el mineral a tasar pertenece a la concesión de la explotación. En su gran mayoría los trabajadores en el interior de las minas son hombres aunque se pueden ver niños de poco más de 10 años ayudando a sus padres en diversas tareas. El motivo por el cual hay tantos menores trabajando en las minas es porque suelen realizar algunos trabajos que por la estrechez de la mina a sus padres les resulta imposible. Los niños se encargan en ocasiones de poner las detonaciones (barrenos y dinamita para abrir nuevos huecos en la roca potencialmente explotables.

Por otra parte, cuando se visita la mina estatal, el contraste es abismal. En esta mina se extrae la materia prima de forma moderna y con tecnología. Tienen lámparas eléctricas, perforadoras, ascensores, supervisión médica y los mineros poseen sueldos decentes así como seguro médico. En Potosí también trabajan en la mina las esposas de los mineros aunque con un papel secundario. Generalmente se dedican a separar los minerales de los escombros del exterior puesto que tienen vetado el acceso a la mina ya que consideran su presencia impura.

DESCENSO A LAS PROFUNDIDADES

Provistos de una mascarilla, casco con foco de luz, botas y un mono de trabajo, seguimos a nuestra guía a lo largo de una galería escasamente iluminada. El aire poco a poco comienza a hacerse más escaso. En la agencia nadie nos había explicado en qué consistía la excursión. Inicialmente pensé que iba a ser una visita por las instalaciones y un breve acceso al interior de la mina pero resultaron ser casi dos horas de recorrido bajo tierra más de 70 metros. Las condiciones de seguridad dejaban mucho que desear. Íbamos únicamente con un solo guía, cosa que me pareció un error ya que en el caso de presentarse algún problema como un ataque de pánico o claustrofobia el grupo entero tendría que salir.

El modo anticuado de explotar las galerías hace que el aspecto interior sea laberíntico y muy sinuoso. En el interior pudimos comprobar el aspecto de la roca, diferentes vetas de mineral así como el duro esfuerzo que realizan los mineros arrastrando una vagoneta a mano que debía de pesar media tonelada por lo menos. Para soportar este esfuerzo titánico, los trabajadores suelen consumir hojas de coca. Bajo uno de sus mofletes ocultan una inmensa bola de esta sustancia energizante que les ayuda a soportar largas horas de trabajo físico.

Antes de llegar a la mina nos detuvimos en una pequeña tiendecita de comestibles para comprar algunos regalos para los mineros que íbamos a visitar. Generalmente se les suele llevar botellas de refresco, bolsitas de hojas de coca y, atención, cartuchos de dinamita y sus detonadores. Has leído bien. Sin necesidad de ningún permiso especial ni carnet de manipulación de explosivos allí podías adquirir dinamita y llevártela a casa como si nada. Un par de semanas más tarde, conocería el caso de unos turistas ingleses bastante estúpidos a los que no se les ocurrió otra cosa que llevarse un cartucho de dinamita y explotarlo dentro del hostal al llegar de borrachera. Alguno de ellos terminó herido leve y hubo bastantes desperfectos materiales. Debieron de tener suerte porque se escabulleron de un posible juicio por la explosión que provocaron.

El paseo hacia el interior de la mina se hacía cada vez más pesado. Nos adentramos tanto que apenas se podía respirar. Cuando llegamos a un espacio un poco más amplio, allí estaba trabajando un chico menor de 20 años que nos confirmó que llevaba trabajando desde los 15 años en la mina. Normalmente su esperanza de vida es muy corta ya que terminan enfermando años después de silicosis u otras enfermedades. A pesar de todo, ahí continúan ganándose la vida puesto que el sueldo de la mina es infinitamente mejor que el de cualquier otro trabajo en la ciudad. Sin darme cuenta, al mirar el reloj me percaté de que llevaba más de una hora dentro de la mina. Llegamos al final de un galería sobre la cual estaban trabajando en un hueco angosto con el martillo neumático. Para poder verlo teníamos que trepar por una rampa de arena y polvo. Una vez escalado el desnivel continuamos por la galería semiagachados. En medio del camino había un agujero con una profundidad de unos 5 metros donde estaban trabajando otros mineros. Llegamos hasta el fondo y comprobamos como trabajaban los mineros extrayendo el mineral. Cuando me disponía a regresar sobre mis pasos olvidé que estaba el hueco en el suelo y caí dentro de él. Por fortuna quedé encajado con los codos a ambos lados aunque me hice un leve esguince. Todavía sigo rezando por la buena suerte que tuve ya que podía haberme partido las dos piernas.

EL TÍO, AMO Y SEÑOR DE LAS MINAS

Algunos dicen que es pequeño, casi un enano, y que sus ojos rojos brillan en la oscuridad como los de un gato. Otros creen que su tez y barba es blanca, mucho más parecido a los rasgos físicos de un europeo que a un cholo (indígena andino). Los mineros cuentan que tiene cuernos y que los usa para excavar el socavón en busca de mineral, del que es dueño absoluto y celoso guardián. Por otro lado, cuentan que viste de minero y que posee todas sus herramientas (casco, sandalias, martillo) hechas completamente de oro. En ocasiones puede adoptar el aspecto de un hombre corriente, mezclándose con el resto de los trabajadores, pasando desapercibido; y en no pocas versiones, se aduce que puede convertirse en animal: sapo, víbora o perro negro. Este diablo no es otro que EL TÍO, rey y señor protector de la mina. Forma parte de la iconografía minera de Bolivia y su aspecto es muy parecido a la imagen tradicional que tenemos en occidente de Satanás: Figura humana, color rojo, cuernos en la frente, grandes ojos y perilla negra en el mentón. Su pene, de enorme dimensiones, es otro de sus atributos; inclinando su personalidad hacia hábitos libidinosos y lúbricos, muy propios de la tradición europea sobre el Diablo. Los mineros visitan al TÍO de vez en cuando para ofrecerle regalos a cambio de su protección. Bajo su imagen dejan tabaco y todo tipo de ofrendas.

Todavía con el susto en el cuerpo, un poco magullado y cojeando salí finalmente de la mina con una sensación de alivio y tristeza por las duras condiciones de vida de estos mineros bolivianos. Sinceramente, en Europa nos quejamos de vicio.

Exterior de la mina

Próximo destino en la ruta panamericana: Salar de Uyuni.


POTOSÍ

Fuentes: Fernando Jorge Soto Roland / Arqweb