Centro de Bogotá

El camino a través de Colombia se está desarrollando sin problema ni susto alguno. El temor a sufrir un asalto por parte de la guerrilla apenas es un murmullo en mi interior. Llegué a la terminal de buses de Bogotá procedente de Medellín sobre las seis y media de la mañana. 18 horas de viaje en un bus cama en el que medianamente pude descansar. Desde allí se puede tomar un taxi concertado -el precio te lo cobran en la misma estación- al hostal Platypus, que previamente había consultado en la guía Lonely Planet. Como estaba completo, preguntamos en un alojamiento aledaño, el Hostal Sue, lugar que resultó ser excelente. Desde el mismo hostal se podían apreciar las altas montañas que delimitan la ciudad de Bogotá. Una de ellas es el Cerro de Monserrate, santuario de peregrinación de millones de colombianos y viajeros desde su fundación en el año 1640, se alza por encima de Bogotá hasta los 3152 metros de altura. Fue Don Juan de Borja, presidente del Nuevo Reino, quien autorizó la construcción de esta capilla dedicada a la Virgen Morena de Monserrat, cuyo santuario principal se encuentra ubicado en Barcelona (España).

Para ascender a la cima decarté hacerlo andando principalmente por dos razones de peso: Pereza y atendiendo la recomendación de no hacerlo para evitar posibles robos. El ascenso se puede hacer cómodamente en un moderno funicular cuya construcción inicial se terminó en el año 1929. Desde hace cuatro años sus coches se han renovado con un diseño más moderno para ofrecer al turista vista extraordinarias gracias al techo de cristal que permite no perder detalle de los bosques circundantes, contemplar la completa panorámica de la ciudad o quedarse impresionado en su recorrido nocturno con bellos atardeceres.

Ascendiendo al Cerro de Monserrate

Desde la inauguración del Santuario de Monserrate -así le llaman en Colombia frente al vocablo original catalán Montserrat-, miles de creyentes han subido con devoción los cientos de escalones como acto de penitencia. Otros se lo toman como un reto deportivo y lo suben corriendo, saltando o haciendo el pino.

Santuario de Monserrate

Como habéis podido comprobar, la vista que se aprecia desde lo alto del cerro es una experiencia única. Arriba uno se da cuenta de las extraordinarias dimensiones que ocupa la capital de Colombia, incluyendo su centro financiero y el vasto extrarradio. Mientras que el ascenso al Cerro de Monserrate lo hicimos en funicular, el descenso fue en teleférico. Eso me hizo recordar aquellos maravillosos años de mi infacia cuando subí en uno parecido en los Picos de Europa. Este curioso medio de transporte lleva funcionando en Bogotá desde 1955. El teleférico tardar en descender de los 3152 metros a 2600, altura de la capital colombiana, tan sólo 4 minutos.

Descendiendo en teleférico

Es curioso que después de pasar por varias etapas y colores en su diseño, el teleférico haya terminado vistiendo los colores del Cerro de Monserrate: naranja como los atardeceres que desde allí se aprecian, verde como la gran vegetación que lo adorna y azul como el cielo que tiene de fondo permanentemente.

MIGUEL ÁNGEL ROJAS: ARTE CON COCA

Este artista colombiano nacido en Bogotá en el año 1946 lleva plasmando en su obra desde hace más de 30 años la dicotomía entre el consumo y la producción de coca en el mundo. Cuenta el crítico Carlos Barreiro Ortíz que Rojas ha tenido una «azarosa trayectoria -aunque coherente- como dibujante, grabador, pintor y, en última instancia, videoartista y minucioso constructor de instalaciones». Precisamente una de éstas últimas titulada «Broadway» (caminito hecho con trocitos de hojas de coca que hace referencia al tráfico) y «Medellín – New York» (díptico en el que las letras de la ciudad colombiana están hechas con círculos obtenidos perforando billetes de dólar y la Gran Manzana a través de círculos sacados de hojas de coca) llaman la atención por una aparente simplicidad tras la cual se agazapa un mazo que golpea el intelecto del espectador. Rojas se formó en la Universidad Nacional y en su juventud dedicó parte de sus esfuerzos creativos a la fotografía en blanco y negro de larga exposición. En los últimos años se ha metido de lleno en temas de contenido político en donde las hojas de coca se emplean como puntos reducidos con los cuales dibuja en la pared textos e imágenes y que remiten a los minúsculos fotomontajes.

Entre ellos llaman la atención una serie de vaqueros cinematográficos de la década de 1970, se convierte ahora en testimonio de la presión ejercida por los consumidores de droga en Norteamérica que el artista bautiza con ironía como «Narcowboys». «Quiero mostrar al mundo la violencia que afrontamos a diario como resultado de las drogas», me comenta Miguel Ángel en su estudio/taller de Bogotá. Su trabajo analiza la responsabilidad compartida de los productores y consumidores de drogas. En «Go On», Rojas realiza un dibujo que visto desde la distancia recuerda una ilustración tomada de un libro sobre el Lejano Oeste; una mirada cercana hace evidente que ha sido construído pacientemente con «puntos» de color verde, que en realidad han sido realizados con la ayuda de una perforadora a partir de hojas de coca. Aludiendo a la conquista de territorios a sangre y fuego -convertida por Hollywood en una saga mítica- Rojas inscribe su obra en el actual escenario político. La actual ‘narcotización de las relaciones entre Colombia y los Estados Unidos es evidencia de que el fondo del problema no es esencialmente político: se trata de un problema de mercado’.

En la página web de Alcuadrado de Bogotá puedes contemplar algunas de sus mejores obras así como su cronología creativa. La galería Alcuadrado es un espacio para el arte contemporáneo y para la proyección de sus artistas en el exterior. La obra que ves a la derecha, titulada «David», tiene un trasfondo profundo. Este ex soldado del ejército colombiano que posa subido a un pedestal como el David de Miguel Ángel perdió la mitad de la pierna izquierda al pisar una mina mientras hacían un batida por la selva erradicando cultivos de coca.

Sin intención de que esta crónica resulte pesada no puedo obviar reproducir parte del interesantísimo artículo publicado por el curador y crítico de arte colombiano, José Roca, en la «Columna de Arena». Roca maneja desde 1994 las exposiciones temporales de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, lugar en el que tuve el honor de conversar con él sobre el papel del arte colombiano frente al conflicto con la guerrilla y el narcotráfico. Dice José Roca que «a principios de los años ochenta, Miguel Ángel Rojas realizó una serie de obras con fotografías porno de tamanos minúsculos, logradas con una perforadora de papel. Con estas imágenes mínimas Rojas componía dibujos en las paredes basándose en dibujos infantiles. Estos dibujos murales guardaban relación con trabajos fotográficos anteriores realizados subrepticiamente en cines porno en el centro de Bogotá, muchos de los cuales se han convertido en sitios de encuentros gay. En una sociedad conservadora e intolerante, la obra de Rojas lograba develar la violencia social que supone la exclusión de los grupos marginales y de las minorías (Rojas hablaba desde su homosexualidad y sus raíces indígenas), poniendo al espectador en la incómoda posición de ser mirado mirando, cómplice en tanto voyeur de actos que la sociedad usualmente reprime violentamente».

José Roca continua analizando en su columna: «En una versión posterior de esta obra, el título de uno de los íconos del Pop (la conocida obra de Richard Hamilton ¿Que Es Lo Que Hace A Los Hogares De Hoy Tan Diferentes, Tan Atractivos?) es realizado con puntos de hoja de coca en una tipografía futurista. El comentario irónico alude a la doble moral de la comunidad internacional respecto al problema de la droga. Al tiempo que se estigmatiza a Colombia como el principal productor, el consumo de la droga en los países industrializados no solamente no esta acompañado de este estigma, sino que en ocasiones esta asociado con un cierto estilo de vida lleno de glamour, el medio de los ejecutivos, los corredores de bolsa, los artistas. Evidentemente, en términos morales el consumo de drogas es un asunto estrictamente personal, y en una sociedad democrática la decisión de consumir o no se desprende del derecho al libre desarrollo de la personalidad. Pero la criminalización genera el escenario actual en el cual el negocio prospera, los grandes dividendos se quedan en los países consumidores y en el que Colombia es la que pone los muertos».

«PALOMITAAAAAA….»

Santa Fe de Bogotá tiene más de 8 millones de habitantes. Su nombre, cuenta Wikipedia, tiene origen en la palabra indígena Bacatá, nombre de la capital de la confederación del Zipa en la antigua civilización muisca, la cual significa «cercado fuera de la labranza» o «territorio del cercado de la frontera». Esmeraldas, piezas de orfebrería, artesanías de todo el país, antiguedades, ropa y confecciones, joyería, reproducciones precolombinas, calzado y artículos en cuero, obras de arte, libros, música, rosarios e iconografía religiosa son algunos de los productos que se pueden adquirir en los alrededores de la Plaza de Bolívar, punto neurálgico de la ciudad.

Plaza de Bolívar

Los que me conocen saben que soy un gran amante de los animales. Nunca he sabido la razón. De niño tuve un periquito, gusanos de seda y algunos peces, así que por tradición familiar no ha de ser. Curiosamente, todos murieron. ¿Puede que eso me provocase un trauma antianimales que se mueren? El caso es que entre el variado mundo animal, en mi top de bichos odiosos, obtienen el primer lugar las cucharachas. Adela, mi amiga de Costa Rica, os lo podría contar con pelos y señales. Un odio acrecentado cuando mientras me lavaba los dientes en su casa de San José me salió una de 8 centímetros desde el desagüe del lavabo justo en el momento en el que echaba los restos de pasta de dientes. En segunda posición, están las palomas o… «ratas con alas», como las denominó un amigo que responde a la inicial G. Sé de alguien, a quien todavía sigo queriendo mucho pese a la distancia y las ausencias, que me regañaría por este vengativo acto antipalomas.

Advertencia de las autoridades: Este video puede contener imágenes que hieran su sensibilidad. Por favor, presione play y no sea cagueta.

Amaestrador de palomas

¿Fácil no? ¡Quién no ha hecho esto de chaval! Se les engaña con unos cuantos granos de maíz y cereales y cuando están desprevenidas, uno se transforma en el loco de la colina agitando brazos y emitiendo sonidos guturales. Imagináos la cara de los transeuntes que pasaban a mi alrededor. Debían de pensar: «Pobre hombre, tan barbudo y tan infantil». Pasemos al clip de video número 2 con el comentario de Paco, para más señas barcelonés y gran cantaor de flamenquito. 😉

Ratas con alas

Bogotá ha resultado ser una capital para volver a visitar con más días en la agenda. Moderna, con un carácter particular, tiene una vida cultural efervescente si lo comparamos con otras urbes latinoamericanas. Algunos le dicen la Atenas suramericana y en ello tienen razón. 58 museos, 62 galerías de arte, 45 teatros, más de 160 salas de cine, 161 monumentos nacionales, 4800 parques, 28 iglesias coloniales y 33 bibliotecas por decir sólo unas pocas cosas lo confirman. Me decía el otro día una amiga argentina que la mayoría de las veces es complicado describir una experiencia de este tipo en unas pocas palabras. «Al final, los mejores momentos quedan en el corázón», me comentaba. También los malos diría yo aunque suene cenizo y pesimista. Al menos hago este ejercicio narrativo para disfrutar de vuestra compañía virtual y haceros soñar conmigo. Lo malo, el sufrimiento, la tristeza, prefiero sobrellevarlo.

Próximo destino: Quito (Ecuador).


BOGOTÁ