Con el objetivo de descansar para reponerme totalmente de la salmonella, salí desde la Marine Terminal de Belize City en un minibus de San Juan Travel rumbo a la casa de Maite, ex compañera de universidad, que vive en la Ciudad de Guatemala desde hace 6 años. Este minibus (20$ US) se dirigía primero a la ciudad de Santa Elena, en el departamento de Petén, con una parada en el puesto fronterizo de Melchor de Mencos para realizar las formalidades aduaneras. Cuando llegas a la frontera debes bajarte del autobús e ingresar en la garita de migración. Nada más descender te dan la brasa varios cambistas para que cambies los dólares beliceños que te sobran a quetzales, la moneda guatemalteca. Recomiendo llevar el dinero justo para pagar el impuesto de salida y, en caso de tener moneda beliceña sobrante, mirar en internet a cuánto está el cambio de divisas para que no te timen. Para salir de Belize hay que pagar un impuesto de 38 dólares beliceños (19$ US) y sellar posteriormente en pasaporte. Sales del edificio de migración y continúas andando hasta el puesto fronterizo guatemalteco en el que hay que pagar 4 dólares beliceños o 3$ US -que en realidad deberían de ser 2$-. Tras mucho viajar y cruzar fronteras se aprende a lidiar con los pirañas y comeorejas, fauna habitual en el límite político de dos países. Anteriormente en Belize City después de subir las maletas por la ventana -curiosa manera-, subí al vehículo y saludé al único chico que viajaba conmigo en la parte trasera.

YO: «Hola, ¿qué tal?».
EL OTRO: «Bien tío, soy de Madrid ¿y tú?»
YO: «Yo también, bueno en realidad soy de Pamplona»
EL OTRO:«Y yo, viví allí hasta los 12 años»
YO: «¿Estás de vacaciones?»
EL OTRO:«Más o menos, llegué al DF hace un mes y voy hacia Tierra de Fuego»
YO: «¿En serio? Yo también estoy haciendo el mismo recorrido pero empecé en Alaska hace 6 meses»

Sorpresas te da la vida. Justo el día en el que mi ánimo no andaba precisamente bien y no dejaba de sobrevolar por mi cabeza la idea de abandonar, se cruza en mi camino Javier Sarrasín, de 28 años, y con un mismo objetivo de viaje. Todo encaja como un puzzle sideral. Estuvimos conversando todo el trayecto sobre viajes, experiencias, la tierra que nos vió nacer, el amor… Tras 4 horas de viaje, Javier se bajó en Flores y yo continué mi camino hasta la estación de autobuses de Santa Elena donde debería esperar dos horas y media a la salida del autobús nocturno de Línea Dorada (35$ US) que llegaría a la capital de Guatemala aproximádamente en unas 8 horas. Ambos intercambiamos nuestro e-mail para volver a vernos un par de semanas más tarde y celebrar juntos las navidades. Durante la espera en Santa Elena un patojo (chavalito) de 8 años me enseñó su original choque de manos y resolvió sus dudas acerca de si en España hablábamos igual que en Guatemala.

Llegué a la Ciudad de Guatemala a las 6 de la mañana. Tomé un taxi por 60Qz (6€) hacia el chalet en el que vive Maite en las Villas de la Montaña. Tanto ella como Nacho, dueño de la casa y periodista español que lleva viviendo 8 años en Guatemala, me han hecho sentirme como en casa. No sabéis lo que se agradece después de meses ducharse en una ducha caliente a presión o poder cocinarte tu propia comida. El viernes asistí en su casa a una fiesta de cumpleaños en la que estuve hablando con gente simpática como el chileno Arturo que había estado en una fiesta con Madonna en Nueva York, Renato (un maestro de la cocina con una especialidad que me fascinó; gelatina de tequila), los antropólogos Tatiana y Luis que me llevaron a dar una vuelta por el centro de la capital el día en el que la marca Pollo Campero celebra con motivo de las navidades un festival de fuegos artificiales que paraliza completamente la ciudad. Nos tomamos una cerveza en el Tacos Tequila cercano a la catedral y luego fuimos a ver la zona 4 Grados Norte, donde está la Casa de Cultura de España, decenas de restaurantes y algunas librerías en las que aproveché para comprar «Hombres de Maíz» y «El señor Presidente» del guatemalteco y Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, «Otra vez: Diario inédito de su segundo viaje por Latinoamérica» de Ernesto Che Guevara y «Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia» de Elizabeth Burgos.

Tras unos días de descanso, antes de que llegara Edel a Guatemala para pasar una semana de vacaciones conmigo, decidí aprovechar los días que me quedaban para visitar Tikal y Livingston. Para ello debía regresar a Flores. Elegí el autobús de categoría lujo de la empresa ADN (Autobuses del Norte) que costaba unos 240Qz (unos 24€) y sale de la capital a las 21 horas. Me costó dormirme un buen rato aunque finalmente lo logré. Como ya me había advertido Maite, un par de horas antes de llegar a Flores, el autobús se detiene en un control de plagas para evitar que la mosca de la fruta de la costa entre en el Departamento del Petén. Resulta incómodo que te despierten a medio camino y te hagan bajar totalmente sobado del autobús con un frío que pela en el exterior. En Flores me alojé por 70 quetzales (7€) en el Hotel Petenchel, situado nada más cruzar el puente que separa la Isla de Flores de Santa Elena. Ese mismo día contraté un shuttle de ida y vuelta a Tikal por 50 Qz (5€) con San Juan Travel para el próximo día a las 5 de la madrugada.

TIKAL, LA CAPITAL DE LOS MAYAS

La noche anterior no pude dormirme hasta la medianoche. Me levanté a las 4:00 de la madrugada y, después de asearme, fui a desayunar algo en el Restaurante «Peche´s». Allí estaba desperezándose y reponiendo fuerzas con un sandwich de jamón y queso César Barbarin, viajero de mi tierra que venía desde Costa Rica en autobús y vive en el barrio pamplonica de la Chantrea. En este tipo de momentos viene como anillo al dedo esa expresión de «El mundo es un pañuelo». Decidimos visitar juntos las ruinas de Tikal.

Tikal se ubica en el departamento guatemalteco de El Petén a unos 63 kilómetros de Flores. Un rasgo muy llamativo de esta inmensa ciudad maya en comparación con lugares como Palenque, Chichén Itzá o Copán es que aún conserva el entorno selvático tal y como lo encontraron los conquistadores españoles al arribar al Nuevo Mundo. En esta selva conviven todo tipo de felinos como pumas y jaguares, tucanes, loros, pizotes y monos que saltan chillando de rama en rama. ¡Ah! y miles de mosquitos ávidos de sangre. La superficie de selva es tan extensa (576 kms2) y rica en vegetación se la denomina el tercer pulmón del mundo. El nombre «Tikal» significa «Lugar de las Voces» o «Lugar de las Lenguas» en maya, aunque los jeroglíficos usualmente se refieren a ésta como Mutal o Yax Mutal.

Para visitar la ciudad hay que llevar un calzado cómodo, provisiones de agua, algo de comida, repelente de mosquitos y un paraguas o chubasquero por si llueve. Los senderos son extensos y la posibilidad de ver animales muy alta si uno camina en silencio y está muy atento. La Gran Plaza es el corazón de esta antigua ciudad y centro de celebración de importantes acontecimientos durante cerca de un milenio. Por la embergadura de sus templos, esta metrópoli vendría a ser el Nueva York del mundo maya. El Templo del Gran Jaguar que fue construído por el rey Luna Doble Peine -¡vaya nombrecito!-.

Templo del Gran Jaguar

Frente al Templo del Gran Jaguar se alza el Templo II, conocido como de la Máscaras, que cierra la Gran Plaza por el oeste y mide 38 metros de altura. A este templo se puede subir y admirar una maravillosa vista de la Gran Plaza. Ubicado al oeste del Templo II, el Templo III, del Gran Sacerdote mide aproximadamente 50 metros y tiene un dintel tallado en madera cuyo personaje central se halla vestido con piel de Jaguar. En este mismo emplazamiento se encuentra la Acrópolis del Norte en la que me llamaron mucho la atención dos enormes máscaras recuperadas de una estructura anterior. Salvo al Templo del Gran Jaguar, está permitido subir a lo alto de casi todas las estructuras, la mayoría de ellas no aptas para gente con vértigo.

Panorámica desde el Templo V

La vista que acabáis de contemplar se ve desde el Templo V, ubicado al sur de la Acrópolis Central y que mide 57 metros de altura. Para acceder a la cima los arqueólogos construyeron unas empinadas escaleras de madera. Antes de subir uno ha de pensárselo dos veces. Continuamos la visita paseando por la Acrópolis Central, la Plaza Oeste, la Plaza de los Siete Templos, divisando por el camino árboles gigantes hasta llegar a la Pirámide del Mundo Perdido. En una de las praderas de esta zona nos topamos con una manada de extraños animales que no había visto nunca y no paraban de husmear y escarvar en el suelo: Los coatíes o pizotes.

Coatíes husmeando

Por alguna razón que a día de hoy se desconoce, la civilización maya entró repentinamente en declive y los habitantes abandonaron la ciudad para nunca volver. Dejaron sus casas y templos, emigraron a las montañas y la selva se tragó todo vestigio maya con su frondoso manto. Una de las curiosidades de este lugar es que Tikal fue usado como escenario de la base rebelde en la película Star Wars.

Pirámide del Mundo Perdido

El más alejado de la entrada principal del complejo arqueológico es el Templo IV, de las Inscripciones, que se halla ubicado al extremo sur de la calzada Méndez. Todavía en fase de excavación, en su crestería se encuentra el texto jeroglífico más largo de Tikal y una de las vistas más impactantes de toda la visita. Mide 65 metros de altura y es la estructura más alta de Tikal. Es el único lugar en el que encuentras un puestecito con refrescos y bolsas de patatas.

Templo IV

8 horas de visita, varios kilómetros recorridos y ni una gota de lluvia. Justo cuando nos íbamos comenzó a caer la gran tromba. Después de regresar agotados a Flores de nuestra visita, ambos necesitábamos sacar dinero de un cajero automático en Santa Elena así como comprar el billete de autobús para el día siguiente. Yo me dirigía a Río Dulce y César continuaba su viaje hacia Belize City. Aunque Flores y Santa Elena se encuentran muy cerca -menos de 3 kilómetros-, como estaba lloviendo tomamos un TukTuk -los llaman así, imagino, por el ruido que hace su motor-, vehículo muy popular en Guatemala y otros países latinoamericanos. Esta especie de mototaxi de tres ruedas, con asientos traseros cubiertos por una capota, es habitual en Santa Elena y Flores (Petén) así como, entre otras partes del país, en la zona del Altiplano guatemalteco.

TukTuk

César y yo cenamos juntos en un restaurante que tenía terraza con vistas a la laguna Petén Itzá y nos despedimos con un abrazo hasta la próxima vez que nos veamos en Navarra. Próximo destino: el remoto pueblo garífuna de Livingston, con escala en Río Dulce.


Fotos TIKAL