Siguiendo la recomendación de Analeine -novia de mi amigo Javi-, decidí antes de marcharme de Chiapas visitar las ruinas mayas de Yaxchilán y Bonampak. Es cierto que Palenque se encuentra emplazado en un privilegiado entorno selvático aunque la importante afluencia de visitantes ha obligado a los encargados del recinto a despejar ciertas zonas de vegetación. En Palenque hay amplias esplanadas carentes de árboles por las que habitualmente pasan unos operarios para cortar el cesped rompiendo el encanto que posee el lugar. Diferente de lo que ocurre en Yaxchilán que, gracias a su situación geográfica, emplazado a orillas del río Usumacinta en plena selva lacandona, ha permitido que la llegada de turistas no sea tan masiva.

Para contratar esta excursión tienes infinidad de agencias en las que hacerlo. Si te alojas en El Panchán, allí mismo hay tres puestecitos en los que puedes hacerlo. En caso contrario, también puedes contratarla en Palenque por un precio que ronda los 500 pesos (40 euros). Existe la opción de quedarse a dormir una noche en unas cabañas de los lacandones -con cena y desayuno incluído- para dar al día siguiente un paseo de unas 5 horas por la selva. El precio de este tour asciende a 800 pesos (64 euros).

YAXCHILÁN, MISTERIO EN LA SELVA

A las 6 de la mañana me vino a buscar una furgoneta de la agencia en la que iban otros 9 turistas más. Dos horas más tarde nos detuvimos en un restaurante de carretera para tomar el desayuno que iba incluído en el tour. Nos dirigíamos muy cerca de la frontera con Guatemala pasando por pequeños pueblecitos como José Castillo Tielemans, Ángel Albino Corso, Busiljá o San Javier. Una vez en Crucero Corozal tomamos una larga lancha con motor fuera de borda para navegar río arriba en dirección al acceso de las ruinas de Yaxchilán. El río Usumacinta fluye veloz durante su trayecto por esta zona marcando la frontera entre México y Guatemala. En el camino hacia las ruinas vi en la orilla de la margen izquierda un puesto de control del ejército guatemalteco que consistía en una choza un tanto destartalada. Imagino que tienen que pasárselo bomba y su vida ha de ser un estrés. 😉

Navegando por el río Usumacinta

Entre el improvisado puerto de Crucero Corozal situado a orillas del río Usumacinta y las ruinas de Yaxchilán hay cerca de una hora de viaje. Las orillas a ambos lados del río están cubiertas de vegetación tropical y dicen que, con suerte, puedes ver algún que otro cocodrilo. En mi caso no la hubo. Para visitar el complejo de ruinas se accede por un sendero flanqueado por grandes árboles tropicales. Conforme uno se va introduciendo en la selva comienzan a mezclarse olores, sensaciones y ruidos de toda clase, entre los que sobresalen los producidos por los monos araña y más aún sus compañeros aulladores. Cuando emiten sus aullidos parece que un bicho gigante se está acercando para devorarte. Si a eso le sumamos el misterio que parece rodear a esta ciudad perdida, uno se acojona rápidamente. Compartí mi visita por Yaxchilán con un par de alemanes, Marcus y Johan, que se mostraron muy interesados en los detalles logísticos de mi aventura.

Una de las primeras estructuras que te encuentras es El Laberinto, decenas de pasadizos oscuros dispuestos en dos niveles y llenos de murciélagos que yo no pensaba descubrir. Desde ahí se llega a la Gran Plaza en la que se encuentran diversos edificios entre los que destacan el juego de pelota, lo que debió de ser una sauna maya -hace falta valor para meterse en una sauna teniendo en cuenta el calor pegajoso de la selva-, varios templos y una importante cantidad de estelas.

Yaxchilán, civilización en medio de la selva

Yaxchilán, cuyo nombre significa «piedras verdes», fue descubierto hacia 1882 por el arqueólogo inglés Alfred Maudslay, y sus primeros planos los dibujó otro arqueólogo, el francés Desiré Charnay, siguiéndoles Maler, Morley y Bolles. Se dice que los actuales guardianes son nietos de Ulises de la Cruz, el primer vigilante de las ruinas nombrado en 1931 por el gobierno mexicano. Desde la Gran Plaza se asciende por una imponente escalinata al Edificio 33, uno de los más fascinantes y mejor conservados de Yaxchilán. Subiendo hacia este templo nos sorprendió un potente aguacero tropical, muy característico de la selva, preferentemente por las tardes y cuando menos te lo esperas. Así que tuvimos que refugiarnos durante un buen rato esperando que la tormenta remitiese. Viendo que no tenía visos de parar decidimos regresar al embarcadero. Como uno es precavido, me había llevado paraguas y chubasquero por si las moscas.

Tormenta tropical

BONAMPAK, TERRITORIO LACANDÓN

Para visitar las ruinas de Bonampak hay que deshacer el camino andado. Primero tomamos de nuevo la lancha descendiendo en sentido contrario el río Usumacinta hasta llegar a orillas de Crucero Corozal, allí comimos en un restaurante concertado por la agencia y al terminar nos montamos de nuevo en la furgoneta que habíamos venido hasta llegar a una desviación. En ella se cambia de furgoneta, a una operada por los lacandones, para recorrer los kilómetros de pista de tierra que restan hasta llegar a la entrada del recinto arqueológico. El motivo de este cambio es que de esta manera la comunidad lacandona recauda dinero para la comunidad basando su sustento actual más en el turismo que en su tradición ganadera y agrícola.

Este pueblo indígena mexicano se llama a sí mismo hach winik, que significa «verdaderos hombres». En tiempos de la conquista, esta comunidad habitaba en una pequeña isla del río Lacantún, en el extremo sur de la selva. En su dialecto chortí, Lacantún significa «gran peñón» o «piedra erecta», vocablo que en la época de la conquista se transformó en lacandón.

Los lacandones viven en el estado de Chiapas, concretamente en los terrenos que abarca la densa selva lacandona y se dividen en dos grupos: los del norte, que habitan en las localidades de Nahá y Metzaboc, y los del sur, ubicados en la localidad de Lacan ha Chan Sayab. En la actualidad hablan el maya yucateco y como podéis apreciar en las fotografías tienen un tipo de vestimenta muy particular que diferencia a hombres y mujeres.

Dejando a un lado consideraciones antropológicas, Bonampak significa en lengua maya «muros pintados». Estas ruinas se ubican cerca del río Lacanjá, a escasos 30 km de la frontera con Guatemala. Estos impresionantes frescos hechos sobre estuco datan del año 790 y han conservador los colores hasta la actualidad gracias a que la filtración de agua de lluvia formó una capa de carbonato de calcio que evitó el desgaste. Una imagen vale más que mil palabras.

Templo de las Pinturas

Rodeada de selva por todas partes, en su interior dicen que todavía hay ejemplares de jaguar, animal sagrado y símbolo de poder entre los olmecas y los mayas. Paseando por lo que queda en pie de estas ruinas mayas se respira una extremada quietud perturbada de vez en cuando por comentarios en voz alta de algún turista impertinente. La vista desde la parte más alta de la acrópolis es preciosa.

Vista panorámica

Es curioso saber que hace unos años, cuando no existía la actual carretera que une Palenque con Frontera Corozal, tan sólo se podía llegar a las ruinas de Yaxchilán y Bonampak a través del río o con una avioneta. Poco después de traspasar la entrada de Bonampak, a medio camino te encuentras de sopetón con una pista de aterrizaje improvisada en medio de la selva. Los últimos rayos de sol nos avisaban de que era momento de regresar a la furgoneta y emprender el camino de vuelta hacia Palenque. El balance de la jornada: Excelente.

DOBLE RACIÓN DE PIRIX

Los que hayáis leído mi crónica de San Cristobal de Las Casas recordaréis a Pirix Nohox, un músico errante que conocí en el Hotel Casa Margarita. Casualidades de la vida, yo me dirigía a Palenque después de haber pasado unos días fantásticos en San Cristobal y él tenía concertadas unas actuaciones en El Panchán de Palenque ese mismo día. así que nuestros caminos se volvieron a cruzar. Pirix es todo un showman. En cada una de sus actuaciones levanta en alto su copa de ron con coca cola y brinda por la salud de todos en más de 28 idiomas: «Salud, osasuna, cheers…». Su repertorio abarca cientos de versiones de los artistas y estilos más diversos: Bob Marley, Rolling Stones, Bob Dylan, rancheras, folclore mexicano… así como canciones en italiano, alemán o francés, un enganche perfecto para meterse a los turistas de estos países en el bolsillo.

Pirix Nohox manucheando

Mi última noche en Palenque tuvo un colofón final grandioso. Cenar en el Restaurante «El Mono Blanco» acompañado de alguna que otra cerveza Sol mientras disfrutaba de una actuación de Pirix acompañado a la percusión de Cristina, su simpática mujer. Tan pronto te sorprende con su particular visión del Akuna Matata del Rey León como, ante la ausencia de una banda de metales, se pone a tocar el trombón cual ventrílocuo gracias a su alter ego al que llama Pupa.

Trombón bucal

Para sí mismo guarda un buen puñado de canciones propias, compuestas a través de los caminos de toda la República mexicana, que algún día quizás vean la luz en boca de algún cantante. Suerte Pirix.

Puedo deciros sin dudar que el Estado de Chiapas es uno de los que más me han llamado la atención de México. Diversidad, naturaleza, historia, gastronomía, población indígena, tradiciones… Mañana continuaré mi viaje hacia la península de Yucatán. Próximo destino: Mérida.


Fotos YAXCHILÁN Y BONAMPAK