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¡Hola mochileros! ¿Qué tal fue el invierno? Os escribo desde Sungai Siput (Malaysia) a un día de Ipoh, de camino a Kuala Lumpur. Por la cercanía con el Ecuador, aquí el frío es algo que no se deja notar. Temperaturas que rondan los 40 grados durante el día con bastante humedad hacen que este año prácticamente no haya sentido el invierno. Los días más fríos fueron allá por octubre, cuando atravesaba las expuestas llanuras sin vegetación de Irán y vientos helados provenientes de Siberia y el mar Caspio, tras los montes Albors, me obligaban a caminar bien abrigado.

Ahora, si bien camino todavía con manga larga, es para cubrir mi piel de los rayos solares y evitar quemaduras y el tan temido cáncer, muchas horas/días/años expuesto a la intemperie y hay que tomar precauciones, crema del factor 50 y a veces incluso me cubro también cabeza y cuello con un pañuelo. Ropa a ser posible holgada y de algodón para eludir rozaduras, ya que suelo realizar unos 45 kilómetros diarios de media y hay zonas del cuerpo que con el sudor, el roce y la humedad corren el riesgo de irritarse, como la cara interior de los muslos o las axilas. Y, por supuesto, la máxima higiene posible, necesaria para evitar que una simple rozadura o picadura de mosquito se infecte y se conviertan en herida y una molestia. Como os podréis dar cuenta, hasta el más mínimo detalle es importante, y hay que estar atento y cuidarlo.

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La última vez que os escribí fue en Dhaka, la capital de Bangladesh, país del que me despedía con cierta morriña tras haber vivido unos días intensos y en muy buena compañía. Suele ocurrir que, cuanto más pobre es un país, los gestos de generosidad cobran una mayor dimensión y se aprecian más, es lo que llamo “compartir en la escasez”, o gente que teniendo muy poco te lo da todo. Guardo muy buenos recuerdos de mi paso por ese país y contacto con bellas personas que me abrieron las puertas de sus casas y corazones. Al estar cerradas las fronteras de ese país con Myanmar, el siguiente país en mi itinerario, a mi pesar tuve que coger un avión hasta Bangkok, la capital de Tailandia. Y la diferencia es notable, por decirlo de algún modo y salvando las diferencias, Tailandia es un país más “occidental”, cómodo, limpio y ordenado. Es fácil comprar agua o sacar dinero del banco, la comida es saludable y los precios baratos (la moneda tailandesa es el “Bath”. 1 euro = 40 baths). Además, es un importante destino turístico, avanzado tecnológicamente, con una gran influencia de China y de religión budista, lo que le confería un aire de merecidas “vacaciones” a mi larga travesía alrededor del mundo, y ya avanzando los últimos miles de kilómetros por este segundo continente: en cierta manera, iba poniendo la mente en el paso a Australia.

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En Bangkok estuve una semana conociendo la ciudad, visitando numerosos sitios como el Gran Palace, el Chao Phraya river, el Wat Saket, Chinatown… y reanudé la marcha hacia el sur del país algo presuroso, pues el visado es de 30 días y me quedaban 24 para recorrer cerca de 1000 kilómetros. A partir de ahora la trayectoria de mi ruta pasaba de ser “hacia el este” para ser eminentemente “hacia el sur”. ¿Qué significa esto?, que me va a dar el sol en la cara todo el día, desde que sale por el este hasta que se pone por el oeste. Si a esto le sumamos el calor que hace por estas latitudes y el que refracta el asfalto, tenemos que a mediodía la carretera se convierte en una auténtica plancha de freír, y mis pies son los primeros… En estos países hay dos estaciones, seca (invierno) y húmeda (monzones). Yo hice mis cálculos para llegar en la seca, ahora, estoy bebiendo cerca de 5 litros diarios de agua, es decir, que camino todo el día con una botella de agua en la mano.

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Fui avanzando hasta Cha Am, donde me reencontré de nuevo con el mar, amigo al que no veía desde Sarp, en la frontera de Turquía con Georgia, allá por el mes de agosto. Bandas de monos macaco de cola larga, plantaciones de palmeras (destinadas al famoso
aceite de palma) y de árbol de la goma (de los que recogen el látex practicándoles una incisión en el tronco), templos budistas y puestos de comida a ambos lados de la carretera son la tónica durante estos primeros días. Generalmente comen arroz, pescado y fruta. Hay una dieta rica y variada, pero “chilly”, es decir, picante. A mí me gusta el picante, pero poco, que me deje saborear la comida. Por el contrario, muchas veces acababa con la boca ardiendo y bebiéndome una botella de agua ya para desayunar des par de mañana. Frutos como el mango, la papaya, la piña, la sandía y el famoso y maloliente durian son fáciles de conseguir.

Proseguí hacia el sur tratando de aprender alguna palabra de tailandés y de esta nueva cultura, mientras Myanmar quedaba a mi derecha, al otro lado de las montañas. Comencé de nuevo a acampar (pues ni en India, Nepal ni Bangladesh lo hice) lo que dio pie a varios episodios curiosos. Un día, al caer la tarde, puse la tienda en las famosas plantaciones del árbol de la goma. Era la primera vez que acampaba en Tailandia. Mosquitos, serpientes, oía ruidos que no sabes si pertenecen a aves o a monos, además, con la oscuridad la imaginación se exacerba. Bien, resulta que es por la noche cuando vienen los operarios a practicar esa incisión en el tronco del árbol y a recoger el látex con potentes linternas, pero yo no lo sabía. Así que hacia las 3 de la mañana me despierto con varios focos apuntando a mi tienda y hablándome en un idioma que no entiendo: la policía con varios de los operarios. Les explico qué hago ahí acampado y me dejan seguir durmiendo, cosa que ya no hice mucho más, pues a las 6 amanece, recojo el campamento y me pongo en marcha.

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Otra noche se me llenó la tienda de hormigas y me desperté en mitad de la madrugada por el cosquilleo y el picor. Se colaron por un pequeño agujero en el suelo de la tienda y me tocó “barrerlas” hacia un rincón, ir aplastándolas y tirarlas en montoncitos fuera, operación que repetí varias veces y con la que, aún así, no conseguí eliminarlas a todas. Esa noche tampoco dormí mucho. Como os podréis imaginar ni el descanso es “flex”, ni la alimentación es “como en casa”, ni la higiene es la idónea. No queda más remedio que ir acostumbrándose y adaptándose a las circunstancias, te vas endureciendo y te sorprendes de lo que puedes rendir a pesar de estar alejado de las comodidades. Las ¾ partes de la humanidad viven en la pobreza y realizan trabajos muy duros con una alimentación y un descanso muy justos.

Cedric

Cedric

Como destino turístico que es, coincidí en sus carreteras con varios viajeros cruzando el país en bicicleta, incluso hasta uno andando, Cêdric, un francés que quiere ir caminando de Singapur a Francia. Siempre alegra encontrarte viajeros fuera de los cauces normales, te hacen sentir un poco menos solo y compartes con ellos por unos momentos penurias, alegrías e información que puede ser útil. De hecho, hacia Chumphon, Tha Chana y Lamae iba pensando por qué lugar cruzaría la frontera con Malaysia. Pero el saber que en las provincias del sureste del país hay grupos de islamistas radicales reivindicando la independencia mediante bombas, atentados y violencia, junto con el hecho de que en esas fechas recibí la invitación de un español en Langkawi a pasar varios días en la isla, hizo que definitivamente me fuera orientando hacia el oeste. Y así fui recorriendo los últimos kilómetros de mi travesía por Tailandia por Thung Song, Trang, Palian y La Ngu hasta Satun y el puerto de Tammalang, donde el 6 de febrero, el último día de mi visado, cogí un ferry y atravesé por mar la frontera entre Tailandia y Malaysia rumbo al archipiélago de Langkawi, un precioso conjunto de 99 islas de gente encantadora y naturaleza exuberante. Pero esa es otra historia, y os la contaré en la próxima crónica.

Un abrazo fuerte, disfruten de los suyos y sean felices.

Nacho Dean

the author

Malagueño de 32 años, diplomado en Publicidad y RR.PP por la Universidad Complutense de Madrid y Técnico en Medio Ambiente. En marzo de 2013 partió desde Madrid a dar la vuelta al mundo. Su proyecto Earth Wide Walk consiste en una vuelta al mundo a pie y en solitario que cruzará durante los próximos 5 años los cinco continentes (Europa, Asia, Australia, América y África), y que lleva asociado un mensaje de amor y respeto por la naturaleza y el planeta Tierra.

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